Indignidad de la Compañía de Jesús con Franco

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Se la recuerda Juan Chicharro. Para vergüenza de los jesuitas de hoy que hacen irrisión de solemnes actos pasados de la Compañía:

En mayo de 1938, en plena guerra, Franco derogó el decreto de 1932, devolvió a la Compañía todas las propiedades incautadas por la República y parte del patrimonio incautado por Carlos III en 1772. En señal de agradecimiento, el entonces general de la Compañía, el P.Ledochowski, añadió el nombre del Generalísimo al de los fundadores y grandes benefactores de la Compañía y, posteriormente, en 1943, el P.Magni, vicario general, hizo llegar al Generalísimo un documento por el que la Compañía le agradecía el inmenso beneficio de la devolución de todos los bienes que la revolución le había arrebatado. En dicho documento -conocido como «Carta de hermandad»- se le comunica que se le hacía «participante de todas las misas, oraciones, penitencias y obras de celo que por la gracia de Dios se hacen y en adelante se harán en nuestras provincias de España». Con tan alta y excepcionalísima distinción, la Compañía cumplía con lo previsto en el capítulo I de la IV Parte de sus Constituciones, «De la memoria a los fundadores y bienhechores», afirmando que «es muy debido corresponder de nuestra parte a la devoción y beneficiencia que usan con la Compañía». 

Pues ya se ve el valor que hoy los jesuitas dan a una Carta de Hermandad otorgada solemnemente por la Compañía de Jesús. Para hermanos así, como Caín o los de José, más vale no tenerlos. Y queda también cumplido testimonio de lo que valen las cartas de hermandad. Para…

Negar una misa en la parroquia del domicilio donde vivió su familia tras la muerte de Franco, celebrada por el eterno descanso del alma de un católico es un acto más grave en sí, aunque micho menos mediático, que trasladar sus restos mortales. El lugar donde esté enterrado Franco no lo impone la religión, las oraciones y sufragios por los difuntos, sí. Cierto que la religión quiere un respeto a los restos de los fallecidos Con Franco tiene además la Iglesia una enorme deuda de gratitud. Pero el lugar donde esté enterrado Francisco Franco no es cuestión esencial para la Iglesia. Los sufragios por los difuntos, lo son. O lo eran hasta hoy.

Hemos pasado del palio al desenterramiento. ¿No será demasiado cambio en los mismos semovientes?

 

 

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