¿Ha tenido que intervenir Don Carlos Osoro?

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No lo sé. Porque desconozco la página «innovadora» del Josito y no tengo tiempo para perderlo buscándola. Alguien me ha dicho que la propaganda de la conferencia de Tamayo ha desaparecido. Si fue así, que no lo sé, sólo cabe atribuirlo a una intervención.

Lógica. Normal. Porque le comprometía. Gravemente.

No podemos atribuir a los obispos todo lo que aparece en sus páginas diocesanas. Muchas «apariciones» son obra de otros sin que los últimos responsables de las diócesis se enteren de las mismas. Salvo que se las señalen. Cabe también que, enterados, las compartan mientra no les causen problemas. En cuyo caso dejan de compartirlas. O también pueden dejar con en antifonario al aire a quienes se creían respaldadísimos. Y, además, preocupadísimos, porque, sin ese respaldo, no serían nada ni nadie.

Si ha desaparecido, que no lo sé ni pienso perder el tiempo en comprobarlo, la propaganda de la conferencia de Tamayo en páginas de la archidiócesis madrileña, una vez publicado el escándalo, creo que sólo puede deberse a una intervención de la suprema autoridad de la diócesis.

Bien, molesta y sorprendida por la publicación o simplemente por no querer verse implicada  en lo que se ha destapado. Uno no puede hacerse intérprete de la conciencia del cardenal arzobispo de Madrid pero, en lo que le cabe conjeturar, no tiene a su pastor por tamayista. Estoy casi seguro, aunque la mano en el fuego no la pongo por si acaso, que él fue el primer irritado por algo que sin duda le compromete. Y si eso ha desaparecido, que ya digo que no lo sé, autorizaría mi juicio.

Aplaudiría sin reparo su decisión aunque permanecería su responsabilidad por nombramientos que le obliguen a desautorizaciones que siempre dejarán la duda de si existieron y de si fueron más voluntarias que obligadas.

Mañana, pasado y tal vez nunca, es posible que me haga eco de otra jositada,  dompablista, cuevista, chalequista torrista, con los seminaristas de Madrid este verano. ¿Le trae cuenta, Don Carlos, pasar como el avalista de lo que sólo le supone descrédito y controversia?

Eso, evidentemente, sólo puede decidirlo usted. Un fiel suyo, como lo es quien suscribe estas letras, cumple su obligación poniéndoselo de manifiesto con el respeto, y hasta con el afecto, debido. El desenlace le corresponde a usted. Su desenlace. No nuestro silencio o nuestra voz. Que eso es cosa nuestra. Y de nuestra conciencia.

Con lo de siempre. Que hoy todo termina siendo público. Y en menos de horas veinticuatro mucha veces.

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