Os quiero informar a todos los que tan amablemente os habéis interesado por mi salud al tiempo que os doy muy sentidas gracias.
El pasado domingo, 9 de agosto, amanecí con unos síntomas que podrían ser de Covid: dificultades de respiración, leve fiebre. Por lo que acudí a urgencias de un hospital a 50 kilómetros de mi casa de verano.
Veinticuatro horas en unas urgencias hospitalarias me han tenido alejado del Blog al que ya me reincorporé el martes 11.
He tenido ocasión de comprobar la horrible situación de los afectados por el Covid19, todos además en edades mayores. Al menos los que me acompañaron. Desaparecen. Pierden a los suyos y los suyos les pierden a ellos. Cierto que quienes saben y pueden manejar un móvil siguen de algún modo el contacto con la familia pero pude observar que son los menos.
Solo les queda la atención del personal sanitario que, por lo que vi, fue extraordinaria. Y que en esos momentos, en los que no pocos se ven en la más absoluta miseria, gestos así son importantísimos. Tenía altísimo concepto de esa clase de la sociedad pero era por testimonios ajenos. Puedo ya sumar el propio. Atentos, amables, incluso cariñosos, y en un alto nivel profesional, en el que a los que les toque, dan muchísimo más de lo que cabría esperar. Hombres y mujeres. Y son tan conscientes de su papel que se vuelcan bastante más con los enfermos que en las zonas «limpias» del hospital. Incluso con débiles barreras protectores. Mascarilla y guantes.
Me parece trágico cruzar el umbral que te adentra en la zona Covid. Has llegado a él con tu mujer, tu marido, un hijo… Y te adentras en lo desconocido en la más absoluta soledad. Parece el lasciate ogni speranza.En muchos casos los que se quedaron fuera si suoieron más del ser querido que se perdía en las sombres solo fue días o meses después un frío comunicado que anunciaba que su deudo había fallecido y que comunicarían donde se podrían recoger sus restos.
En esa situación ayuda mucho el Rosario. Pero me temo que la gran mayoría de los que entran o se quedan lo desconocen. Ellos se lo pierden.
A la ausencia de seres queridos se une una camilla rompe culos y troncha espaldas que es un claro instrumento de suplicio. Yo, en él, 24 horas. Y con un protocolo absurdo que te mantiene indisolublemente unido al órgano de tortura. Te tienen atado por cables a unos absurdos medidores de datos inútiles. Que además son ruidosos, también por la noche. La saturación de oxígeno. las pulsaciones, la tensión arterial claro que son importantes. Y también su evolución. Pero salvo casos excepcionales, que harían indicado el control permanente, la mayoría de los enfermos los tienen constantes por lo que bastaría que se los tomaran personalmente cada tres o cuatro horas. Con lo que el enfermo se podría mover con más facilidad en el potro de tortura, incluso para usar la incómoda botellita que aquí chamanlle o conexo.
Pues a eso de las 9 de la tardem el médico que me siguió en Urgencias me comunicó que de Covid nada de nada pero que iba a seguir en observación aunque ahora en la zona «limpia» del hospital. En la primera toma de contacto mandó lo procedente por la pandemia aunque con notable ojo clínico dispuso también un TAC por su hubiera algún problema en la arteria pulmonar. Y no estaba exactamente allí pero sí muy cerc. Un aneurisma en la aorta ascendente. Con lo que seguí en observación, atado a la misma camilla de tormento, sin probar bocado pero allí podían aparecer periódicamente algún familiar.
Los médicos ahora eran de cirugía cardiaca y vascular, con una atención y amabilidad extraordinarias. Nuevos TACs, encantadora la doctora del mismo, y la conclusión de que había que intervenir el aneurisma, cuanto antes mejor pero no con urgencia, ya en Madrid. La cirugía no es sangrienta sino por vena. Supongo que algo parecido a cuando me pusieron los stens silo que entonces había que ensanchar la arteria y ahora eliminar la dilatación. Dos días de hospital su todo va bien. Como debe ir pues esa intervención está ya experimentadísima.
Yo estoy con absoluta tranquilidad y, como siempre, en manos de Dios. Que ha querido ponerme de manifiesto lo que era muy peligroso que siguiera oculto.
Y a tantos amigos, conocidos y desconocidos, toda mi gratitud