
No voy a comenzar esto con lo de ¿Quién eres tú para juzgar? que ya es osadía proclamarlo cuando se pasa la vida juzgando. Pues acaba de escribirnos una carta al Pueblo de Dios en la que juzga una vez más muchísimo.
No le critico que juzgue porque hacerlo es inherente a la condición humana y sobre todo en algunos. Los Papas ciertamente. Pero ante este horror eclesial que le ha estallado en las narices, que da la impresión de que no sabe como resolver y que puede acabar hundiendo en un total descrédito un pontificado que quiso que fuera glorioso y que va a ser necesario remontarse siglos para encontrar uno peor, no sirven sermoncitos sino que se precisa bisturí. Y da la impresión que para sajar lo que era más próximo al Papa. Vamos, que lo que más le gustaba era lo más podrido o lo que más encubría lo podrido.
La carta del Papa, que sólo ella no resuelve nada si no toma otras medidas, tampoco es entusiasmante. También Cupich, Wuerl y varios más se han rasgado las vestiduras. Entre la carta de Francisco y la del arzobispo de Los Ángeles me gusta más la del último.
¿Y se puede escribir un texto, que no es breve, sin mencionar en esta gravísima crisis la homosexualidad? ¿Es que no está presente en un tanto por ciento elevadísimo de los casos? Muchísimos de los pederastas o de los abusadores de jóvenes no eran abusadores o pederastas sino pederastas o abusadores maricones. Y eso hay que decirlo si no se quiere faltar a la verdad. Y yo no uso ese calificativo para homosexuales, que sin duda serán la mayoría, que ni son pederastas ni abusadores.
La carta del Papa no va a resolver nada y la inmensa mayoría de los católicos no va ni a leerla. Se precisan hechos. Y contundentes. Con los miserables pederastas y con quienes no cortaron de raíz esa vergüenza que vaya si conocieron. Aunque caigan unos cuantos amigos del Papa. Porque en otro caso no faltará quien le tache a él de encubridor. Y hasta es posible que una juez, argentina o no, en busca de notoriedad, emita un mandamiento de busca y captura.