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Cinco preguntas sobre el Papa Francisco

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Al echar una mirada al momento presente del nuevo Pontificado, hay que subrayar antes de nada el enorme éxito popular del Papa Francisco, que arrastra multitudes de todo tipo, día a día, en torno a su figura humilde y sencilla y a sus palabras claras y atractivas.

Y, dejando nota de esto, que por otro lado es algo patente, haré aquí una breve referencia a los siguientes cinco puntos: primero, el Espíritu Santo; segundo, quien era el Papa; tercero, quien es el Papa; cuarto, quien queremos que sea; quinto, quien va a ser.

Primero, el Espíritu Santo. Siempre hemos sabido que el Santo Espíritu -la tercera Persona de la Trinidad, la acción salvífica de Dios a través de la gracia- inspira a los cardenales en la elección de cada nuevo Papa. Y también siempre he pensado que, siendo esto verdad, lo más fácil para el Espíritu es concentrase en inspirar al elegido. Es uno solo, puesto de pronto al frente de la más alta responsabilidad imaginable, deseoso sin duda de ser inspirado, de verse ayudado, más todavía, de verse socorrido. Y tal acción del Espíritu Santo la estamos ahora presenciando cada día.

Segundo, ¿quién era el Papa Bergolio? El arzobispo de Buenos Aires, que tomaba el autobús y charlaba con todo el mundo; eso ya lo sabemos. ¿Algo más? Que decía -muchos testimonios de sus años bonaerenses lo señalan- que “no podemos ser una iglesia en pantuflas”, que hay que dejar la comodidad casera y salir a buscar a todas las almas; “que cuando la Iglesia es pobre, entonces Dios la hace rica”; que hay que fomentar las expresiones simples de la fe popular, las peregrinaciones, las devociones, las oraciones comunes, la veneración de las imágenes; que hay que huir “de la mundanidad y del clericalismo”, de una iglesia no espiritual y de una iglesia de curas y no de fieles. Un programa obvio, un propósito claro para sus diócesis de Buenos Aires. Pero ahora Dios le ha escogido para que lo proyecte sobre todo el mundo.

Tercero: ¿quién es el Papa Francisco? Lo primero que hizo, recién elegido, fue declararse Obispo de Roma. Y la Plaza de San Pedro que le escuchaba no estaba llena solamente de romanos, y le oíamos millones de personas ante miles y miles de televisores. Y a todos se nos presentó como Obispo de Roma. ¿No decimos en el Credo que la Iglesia es católica -universal-, apostólica -confiada por Jesús a los apóstoles y a sus sucesores-, y romana? Bergoglio se transformó en Francisco, y todos nosotros nos convertimos en su nueva diócesis, la Iglesia romana. Una Iglesia que él dirige ahora desde el Palacio pontificio -en el que trabaja,  recibe, estudia con sus colaboradores los problemas diarios-, mientras habita en Santa Marta, donde dice misa diariamente y se reúne a comer con los alojados allí. “No me va estar sólo”, “necesito la conversación informal”, nos asegura; no le gusta decir misa para una monja y un secretario. Cada día habla en esa misa, ¿de qué? El 12 de abril de la esperanza: empecemos por ser mujeres y hombres esperanzados; el 26 del amor: si tenemos esperanza en Dios y en los hombres les sabremos amar; el 3 de mayo de la fe: se ocupó de las tres virtudes teologales en orden inverso, esperemos, amemos, y nuestra fe tendrá sentido y no será una palabra vacía. El 10 de mayo del sí: nuestra entrega, nuestra voluntad de servicio, nuestro sí a la personal vocación de apóstol. El 24 de mayo glosó la frase “canta y camina”: dirigirnos a Dios, procurando ir siempre acompañados, lo que se consigue mejor si nuestro paso es alegre y nuestra alegría es comunicativa. El 1 de junio del “escándalo de la Encarnación”: que Dios se haga hombre es el hecho más extraordinario de la historia; la humanidad de Dios nos diviniza, nos convierte con certeza en la imagen y semejanza de Dios, nos lleva al cielo tal como somos, hombres. No solamente hombres, sino niños; el 4 de junio les dijo a los que asistían a su misa que aprendiesen el lenguaje de los niños; “si no os hacéis como niños no entrareis en el reino de los Cielos”; el niño confía, espera, ama, cree, sencillamente.

Cuarto, ¿cómo queremos que sea el Papa Francisco? Se ha creado una opinión generalizada de que el gobierno central de la Iglesia está podrido, que todo es dinero y gays, poco menos. Como si Juan Pablo II y Benedicto XVI hubieran estado en la luna, como si el último Pontífice se hubiese retirado ante el agobio de no poder limpiar tanta suciedad. Y lo que se quiere de Francisco es que arrase contra todo, lo purifique todo, lo cambie todo, estructuras, personas, todo. Que entre como un huracán y no deje títere con cabeza.

Quinto ¿cómo va a ser realmente, qué va a hacer el Papa?  De momento no parece tener prisa.  Ha mantenido en sus puestos a todos, absolutamente a todos, los colaboradores de Benedicto XVI, del cardenal Bertone, Secretario de Estado, para abajo. Ha indicado no que los confirma, sino que están todos en funciones mientras no se decida otra cosa. Y así han pasado ya cien días. No será tan urgente, no habrá tanta suciedad. Está recibiendo, poco a poco, a toda la Curia. Los va conociendo. Y ha confirmado hasta hoy solamente a uno, al Cardenal Vicario de la diócesis de Roma, que le ayuda a gobernarla; resulta además que el confirmado es quien ya desempeñaba ese cargo con el Papa anterior. Ha tomado como secretario particular a quien era segundo secretario de Benedicto XVI. Luego, dos o tres nombramientos menores; y un Consejo de ocho cardenales, escogidos en toda la geografía universal, para conocer con su ayuda los problemas de toda la Iglesia. Ya ha anunciado que los reunirá en octubre. Y ha dicho que toda reforma necesita mucho estudio y ha de tomarse su tiempo. Así va a ser el Papa Francisco, un hombre de Dios para la Iglesia, no un vendaval para satisfacer a los impacientes.

Pero resulta que el Papa, de pasada, sin darle mayor relieve, en un encuentro con la Directiva de la Confederación Latinoamericana de Religiosos, ha indicado que en el gobierno de la Iglesia  hay gente santa, y que también hay gente corrupta y gay. La propia sencillez y naturalidad de sus palabras indica que el Papa reconoce los hechos, los tiene en estudio, y no merecen ni una  declaración formal ni una intervención aclaratoria de su Oficina de Prensa. El propio Francisco ha dicho ya más de una vez que se tergiversan algunas de sus palabras y se le hace decir lo que no ha dicho. En este tema no ha dicho más, no le ha dado mayor transcendencia; no hace falta una limpieza apresurada, sino un análisis detenido y prudente.

En ello está el Papa; en ello están sus colaboradores. Habla de Dios, de la oración, de los pobres y de los necesitados. Ofrece una Iglesia apostólica y cercana. Lo demás vendrá cómo y cuándo sea conveniente que venga. Y seguirá siendo aquello que constituye el nivel central de exigencia del nombre de cristianos: Cristo.

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