La Puerta del Sol, con la inducción y complacencia del Ministerio del Interior, ha recuperado la estética de sus peores tiempos: tiendas de campaña, pancartas contra el «rentismo» y asambleas que deliberan hasta la madrugada sobre el orden de la próxima batucada. El reparto es el habitual de la extrema izquierda madrileña, con su séquito de perroflautas y su especial de La Sexta para certificar que todo ha sido muy espontáneo. Entre las tiendas, con el carné de la Juventud Obrera Cristiana en el bolsillo, aparece la joven que la Archidiócesis de Madrid eligió hace cuatro meses para hablar con el Papa.
Un espantajo muy oportuno
Pedro Sánchez lleva ocho años en La Moncloa dictando leyes de vivienda, topes al alquiler y zonas tensionadas. Si el alquiler es hoy una calamidad, el responsable tiene nombre y mayoría parlamentaria. Resulta prodigioso que la indignación juvenil haya tardado exactamente ocho años en despertar y lo haya hecho justo cuando Ceuta lleva dos meses convertida en campamento a cielo abierto, con 72.000 personas entradas desde Marruecos en dos días, con toda una población local aterrorizada. El Gobierno necesitaba otra fotografía y la izquierda se la ha fabricado en el kilómetro cero. En Sol no hay una sola consigna contra el inquilino de La Moncloa.
Tampoco la hay contra la variable que omiten. España ha recibido en pocos años varios millones de inmigrantes, el Gobierno ha regularizado a millón y medio de un plumazo y la demanda de pisos crece a un ritmo que ninguna promoción puede seguir. Más gente compitiendo por las mismas casas significa precios más altos; es la ley más antigua de la economía y la única que la acampada ha decidido derogar. Es más cómodo señalar al pensionista que alquila el piso de su madre que admitir que la política migratoria del Gobierno es el primer motor de la escasez.
Protestar para no poseer nada
Ninguna generación había acampado antes para exigir el derecho a no tener nunca casa propia. En Sol nadie reclama comprar, ahorrar ni dejar algo a los hijos. Se piden alquileres indefinidos, precios por decreto y un propietario reducido a figurante de un contrato que ya no le pertenece. Un dirigente de la JOC lo resumió allí mismo: los caseros «extraen las rentas de sus inquilinos». Quien describe el alquiler como explotación ya ha decidido la receta: que el Estado ocupe el lugar del propietario. El resultado es un casero con BOE, mucho más difícil de echar que el anterior y del que resulta imposible mudarse.
La Iglesia enseñó durante siglo y medio justo lo contrario. León XIII quería obreros propietarios; Pío XI y Juan Pablo II, difundir la propiedad entre el mayor número de familias. Una sociedad de propietarios reparte el poder; una de inquilinos perpetuos lo concentra en quien regula. Lo de Sol es la antropología del siervo agradecido, traducida al lenguaje evangélico por un movimiento que se define como cuestionador del «sistema capitalista».
Un movimiento con sello episcopal
La JOC no es un colectivo marginal que se cuele en los actos de la Iglesia por la puerta de atrás. Forma parte de la Acción Católica Especializada, cuenta con consiliarios nombrados por los obispos, figura en los organigramas de pastoral juvenil de las diócesis y se sienta en los consejos de juventud de la Conferencia Episcopal. Sus campañas se presentan en sedes eclesiásticas, sus militantes acceden a los escenarios oficiales y los medios católicos afines publican sus comunicados como si fueran pastorales. Ese respaldo institucional, que a otras sensibilidades católicas se les regatea con celo notarial, es el que convierte una militancia política en representación de «la juventud católica».
De la Plaza de Lima a la tienda de campaña
El 6 de junio, más de medio millón de jóvenes abarrotaron la Castellana para la vigilia con León XIV. Tras dos horas de música, rosario y testimonios, el Papa subió al escenario de la Plaza de Lima acompañado del cardenal Cobo y de siete jóvenes de las tres diócesis madrileñas, escogidos por la organización para plantearle sus inquietudes en nombre de todos. Uno habló del matrimonio y recibió aquel «no tengáis miedo de formar una familia» que dio la vuelta a España. A María Azargui, militante de la JOC, le correspondió el lote de la inteligencia artificial, la precariedad, la vivienda y la polarización. Ella misma explicó después que la diócesis quería reflejar «la diversidad de la juventud madrileña» y que la había considerado idónea para representarla.
Esta semana dormía en Sol, posaba con Ana Pastor y pedía que la protesta bajase a los barrios organizando «la rabia» y «la frustración». Del diálogo con el Sucesor de Pedro a la pedagogía de la rabia en un solo verano.
La diócesis de Fusara
Quien la eligió preside, por delegación, el patronato de Fusara, la fundación que en 2019 vendió por 74 millones de euros un paquete de edificios del centro de Madrid con doscientas familias dentro y que en 2025 pactó elevar el precio hasta los 99. Mientras la joven escogida por Cobo preguntaba al Papa por la vivienda digna, algunos de aquellos vecinos pedían al mismo Papa que les ayudase a no perder la suya. Para los vecinos de Fusara, abogados y comunicados sobre la naturaleza jurídica de la fundación; para el Sindicato de Inquilinas, una representante presentada ante el Papa y bendecida por los medios católicos afines. La operación resulta impecable si se entiende que el objetivo nunca fue la vivienda sino la fotografía.