Las quince promesas de la Virgen a quienes rezan el Santo Rosario

Las quince promesas de la Virgen a quienes rezan el Santo Rosario

Entre las devociones que durante siglos han acompañado la vida de los católicos, pocas están tan profundamente arraigadas como el Santo Rosario. Lo han rezado santos y Papas, familias alrededor de la mesa, soldados antes de la batalla, religiosos en sus conventos y generaciones de fieles que han aprendido a acudir a la Virgen tanto en las alegrías como en las tribulaciones.

La Iglesia le dedica especialmente el mes de octubre y celebra el 7 de octubre la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, inseparable históricamente de la victoria cristiana de Lepanto. Pero la fuerza de esta oración no pertenece únicamente a los grandes acontecimientos de la Cristiandad. El Rosario es, ante todo, una escuela cotidiana de oración en la que el cristiano contempla con María los misterios de la vida de Nuestro Señor.

A esta devoción están unidas las quince promesas de la Santísima Virgen a quienes rezan fielmente el Rosario, transmitidas por la tradición dominicana y asociadas a santo Domingo de Guzmán y al beato Alano de la Roche.

1. Una especial protección de la Virgen

La primera promesa asegura gracias especiales a quienes recen devotamente el Rosario, mientras que la segunda habla de la «especialísima protección» de Nuestra Señora y de grandes beneficios para sus devotos.

No resulta difícil comprender por qué generaciones de católicos se han aferrado al Rosario en momentos de peligro.

Cada Avemaría contiene una petición que acompaña al cristiano durante toda su existencia: «Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

El fiel no se limita a recordar a María. Le pide que interceda ante su Hijo. Y lo hace con la confianza del hijo que sabe que tiene Madre.

2. Un arma contra el infierno

La tercera promesa utiliza un lenguaje que nuestra época es cada cada vez más olvidado, pero que los santos han conocido perfectamente:

«El Rosario será una poderosa armadura contra el infierno; destruirá los vicios, disminuirá el pecado y vencerá las herejías».

La vida cristiana es también combate.

San Pablo habla de luchar contra los principados y potestades y manda revestirse con la armadura de Dios. La tradición católica ha reconocido igualmente en la oración, el ayuno, los sacramentos y la intercesión de la Virgen armas para ese combate espiritual.

Por eso el Rosario no es simplemente una oración para encontrar tranquilidad. Es también una oración contra el pecado y contra las asechanzas del demonio.

Quien contempla cada día a Cristo azotado, coronado de espinas y crucificado difícilmente puede olvidar el precio de su Redención.

3. Hacer florecer las virtudes

La cuarta promesa asegura que el Rosario hará florecer la virtud y las buenas obras, alcanzará abundantes misericordias de Dios y apartará los corazones del amor del mundo y de sus vanidades para elevarlos hacia las cosas eternas.

Ahí aparece uno de los frutos fundamentales de esta devoción.

El Rosario enseña a mirar el mundo desde la eternidad.

Mientras las preocupaciones diarias ocupan la mente, sus misterios obligan al alma a regresar una y otra vez a lo esencial: la Encarnación del Verbo, la Pasión del Señor, su Resurrección y la gloria del cielo.

No extraña que tantos santos hayan encontrado en esta oración una escuela de vida interior.

4. La protección del alma

La quinta promesa afirma:

«El alma que se encomiende a mí por medio del Rosario no perecerá».

Y la sexta desarrolla esa misma esperanza, prometiendo auxilio a quien lo rece devotamente y medite sus sagrados misterios, perseverancia para el justo y ayuda para alcanzar la vida eterna.

La confianza que expresan estas palabras es inmensa.

Pero es precisamente la confianza católica en María: no porque Nuestra Señora ocupe el lugar de Cristo, sino porque todo lo recibe de Él y todo conduce hacia Él.

María no retiene para sí al alma que acude a ella. Hace lo que hizo en Caná: la conduce hacia su Hijo y le dice que haga cuanto Él mande.

5. No morir sin los sacramentos

La séptima promesa es especialmente hermosa:

«Quien tenga verdadera devoción al Rosario no morirá sin los sacramentos de la Iglesia».

Para un católico, pocas gracias pueden ser mayores que recibir una muerte verdaderamente cristiana: reconciliado con Dios, fortalecido por la gracia sacramental y preparado para comparecer ante Él.

La promesa revela también algo esencial sobre la verdadera devoción mariana.

La Virgen conduce a sus hijos hacia la Iglesia y hacia los sacramentos.

No hay oposición entre amor a María y vida sacramental. Cuanto más auténtica es la devoción a Nuestra Señora, mayor debería ser el deseo de confesarse, recibir dignamente la Eucaristía y permanecer en gracia.

6. Luz en la vida y en la hora de la muerte

La octava promesa asegura a quienes permanezcan fieles al Rosario la luz de Dios y la abundancia de sus gracias durante la vida y especialmente en la muerte.

La insistencia en esa última hora atraviesa toda esta tradición.

No debería sorprendernos.

Cada Rosario es también una preparación para morir bien.

Cincuenta veces se pide a la Madre de Dios que esté presente «en la hora de nuestra muerte». Día tras día, año tras año, el católico pone anticipadamente ese momento decisivo bajo su intercesión.

7. El auxilio de María para las almas del purgatorio

La novena promesa asegura el auxilio de Nuestra Señora a sus devotos en el purgatorio.

La tradición cristiana siempre ha mirado con especial confianza a la Virgen como consuelo de las almas que aguardan su plena purificación antes de entrar en la visión de Dios.

De ahí también la estrecha relación entre el Rosario y la oración por los difuntos. Rezar por quienes han muerto constituye una obra de misericordia y una de las expresiones más antiguas de la comunión de los santos.

El Rosario puede convertirse así en un acto de caridad hacia aquellos que ya no pueden merecer para sí mismos, pero pueden ser auxiliados por las oraciones y sufragios de la Iglesia.

8. Una gran gloria en el cielo

La décima promesa dirige nuevamente la mirada hacia la eternidad: los hijos fieles del Rosario alcanzarán un alto grado de gloria en el cielo.

Resulta significativo que tantas de las promesas tengan como horizonte no la prosperidad terrena, sino la vida eterna.

La finalidad de la existencia cristiana no es vivir cómodamente en este mundo.

Es llegar a Dios.

Y toda verdadera devoción debe juzgarse finalmente por su capacidad para ayudarnos a buscar ese fin.

9. Pedir por medio de María

La undécima promesa asegura:

«Obtendréis todo lo que me pidáis mediante el rezo del Rosario».

La confianza cristiana nunca significa exigir a Dios aquello que nosotros hemos decidido que nos conviene.

María misma enseña lo contrario.

En la Anunciación responde: «Hágase en mí según tu palabra». En Caná presenta la necesidad a su Hijo y después ordena a los servidores: «Haced lo que Él os diga».

Pedir por intercesión de la Virgen significa aprender también a aceptar la voluntad de Dios, incluso cuando su respuesta no coincide con nuestros deseos.

10. María ayudará a quienes propaguen el Rosario

La duodécima promesa se dirige a quienes trabajan por extender esta devoción:

«Todos aquellos que propaguen el Santo Rosario serán auxiliados por mí en sus necesidades».

Durante siglos, incontables sacerdotes, religiosos y laicos se han tomado esta misión muy en serio.

Las cofradías del Rosario lo llevaron a pueblos y ciudades; las familias lo transmitieron de padres a hijos; los misioneros enseñaron a rezarlo a los nuevos cristianos y los Papas exhortaron repetidamente a recuperarlo cuando la fe atravesaba momentos de especial dificultad.

Propagar el Rosario significa enseñar a otros a contemplar a Cristo de la mano de su Madre.

11. La intercesión de la corte celestial

La decimotercera promesa asegura a los defensores del Rosario la intercesión de la corte celestial durante su vida y en el momento de la muerte.

Es una imagen profundamente católica.

El cristiano nunca está solo.

Pertenece a una Iglesia que no termina en aquello que nuestros ojos pueden ver. Los santos que ya contemplan a Dios continúan unidos a nosotros y ruegan por la Iglesia peregrina.

La devoción mariana se vive dentro de esa gran comunión de los santos.

12. Hijos de María y hermanos de Cristo

La decimocuarta promesa llega al corazón mismo de esta devoción:

«Quienes rezan mi Rosario son mis hijos y hermanos de Jesucristo, mi Hijo unigénito».

Aquí se comprende por qué el Rosario, siendo profundamente mariano, es inseparablemente cristocéntrico.

El fiel contempla la Anunciación porque allí el Verbo se hizo carne. Contempla Belén porque allí nació el Salvador. Contempla Getsemaní, la flagelación, el Calvario y la Cruz porque allí Cristo redimió al mundo. Contempla la Resurrección porque Cristo venció a la muerte.

María acompaña al cristiano mientras este contempla a su Hijo.

San Juan Pablo II lo resumió admirablemente al enseñar que rezar el Rosario consiste en contemplar con María el rostro de Cristo.

13. Una señal de predestinación

Finalmente llega la más conocida de las promesas:

«La devoción a mi Rosario es una gran señal de predestinación».

No es una promesa pequeña.

Pero tampoco debería resultar incomprensible cuando se contempla todo el camino anterior.

Pensemos en lo que hace quien reza fielmente el Rosario durante años.

Contempla diariamente a Cristo. Recuerda su Encarnación y su sacrificio. Pide perdón como pecador. Invoca constantemente a la Madre de Dios. Recuerda cada día su propia muerte. Aprende a despreciar las vanidades del mundo. Busca los sacramentos. Pide perseverancia y dirige sus ojos hacia la eternidad.

El Rosario no sustituye la conversión.

La pide y la alimenta.

No sustituye los sacramentos.

Conduce hacia ellos.

No sustituye a Cristo.

Hace que el alma vuelva una y otra vez hacia Él.

Por eso la tradición puede contemplar la perseverancia en esta devoción como una señal consoladora de predestinación: no como un permiso para vivir de espaldas a Dios, sino como signo de un alma que permanece agarrada a la mano de su Madre mientras camina hacia Él.

«Ahora y en la hora de nuestra muerte»

Tal vez todas las promesas puedan comprenderse a partir de esas pocas palabras del Avemaría.

El católico pide a la Santísima Virgen dos cosas: que ruegue por él ahora y que no lo abandone en la hora de su muerte.

Entre ambos momentos transcurre toda una vida.

Habrá pecados que vencer, tentaciones que resistir, cruces que aceptar, sacramentos que recibir, virtudes que adquirir y caídas de las que levantarse.

Y durante todo ese camino el Rosario coloca una y otra vez al cristiano junto a María para contemplar a Jesucristo.

Por eso generaciones enteras de católicos han muerto con un rosario entre las manos.

No porque aquellas cuentas sean un amuleto.

Sino porque representan la confianza de un hijo que, llegado el momento de presentarse ante Dios, continúa pidiendo a su Madre aquello que le pidió durante toda su vida: «ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

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