El Papa pide una alianza entre la Iglesia y los artistas «para custodiar lo humano»

El Papa pide una alianza entre la Iglesia y los artistas «para custodiar lo humano»

León XIV recibió este viernes 2 de octubre, en el Palacio Apostólico Vaticano, a los artistas y comisarios participantes en el encuentro El arte de la posibilidad: tejer juntos, promovido por el Dicasterio para la Cultura y la Educación.

En su discurso, el Papa reclamó renovar la alianza entre la Iglesia, los artistas y las instituciones culturales «para custodiar lo humano», especialmente en un contexto marcado por el desarrollo de la inteligencia artificial y por lo que definió como el riesgo del «aplanamiento» cultural.

León XIV subrayó que existe «una diferencia ontológica, antes incluso que estética» entre el arte humano y aquello que puede generar una máquina mediante cálculos estadísticos. «A los algoritmos les falta la chispa de lo humano», afirmó, al tiempo que reivindicó el arte como un espacio capaz de expresar las grandes preguntas, heridas y aspiraciones del hombre.

El Pontífice insistió además en que la Iglesia nunca ha considerado el arte como un elemento accesorio, sino como «un lugar fundamental de escucha», y recordó las palabras dirigidas por san Pablo VI a los artistas en 1964: «Nosotros tenemos necesidad de vosotros».

A continuación, ofrecemos el discurso íntegro del Santo Padre:

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La paz esté con vosotros.

Buenos días a todos y bienvenidos.

Eminencia, Excelencias, queridos hermanos y hermanas:

La primera palabra que deseo deciros es «gracias». Gracias por la colaboración que durante los últimos años habéis prestado a la Santa Sede, en particular por la preparación del Pabellón de la Bienal de Venecia y por los proyectos de arte contemporáneo promovidos por el Dicasterio para la Cultura y la Educación. Gracias por la confianza con la que habéis aceptado caminar junto a la Iglesia, también por caminos nuevos.

Pienso, por ejemplo, en el Pabellón instalado en la prisión femenina de la isla de la Giudecca, visitado por el Papa Francisco. Quien lo atravesó sabe que no se trataba de llevar el arte a la cárcel, sino de dejar que la cárcel, con su verdad tantas veces ocultada, enseñara algo al arte y a todos nosotros. Porque «la persona humana es “digna” por el simple hecho de existir y de tener como fin la eternidad» (Encuentro en el Accueil Notre-Dame, Lourdes, 27 de septiembre de 2026), y es siempre más grande que su fragilidad o sus errores.

También me ha impresionado el lema, inspirado en santa Hildegarda de Bingen, del Pabellón veneciano de este año: «The Ear is the Eye of the Soul» —«El oído es el ojo del alma»—. En efecto, el arte, como una antena, capta las grandes preguntas del corazón humano —a veces semejantes a un grito, más a menudo a un susurro— y las hace audibles, visibles, compartibles.

San Agustín nos dejó un testimonio inmortal de la inquietud del corazón humano en busca de la verdad. El arte, cuando es auténtico, está animado por esta inquietud. Por ello, la Iglesia nunca ha considerado el arte como un accesorio. Para la Iglesia, el arte es un lugar fundamental de escucha, donde dejarse instruir sobre las aspiraciones y las heridas de la humanidad, sobre su sed de belleza, de justicia y de paz, sobre su búsqueda de sentido.

Vivimos en la época de los motores de búsqueda, que en un segundo nos ofrecen miles de respuestas. Pero estos, por poderosos que sean, devuelven lo que ya existe y tienden a darnos lo que ya queremos. En la era de la técnica y del consumo, el gran peligro ya no es solamente la censura, sino el aplanamiento; no solo el silencio impuesto, sino el ruido que hace imposible escuchar. El arte es otro tipo de «motor de búsqueda». No procede mediante indexación, sino mediante interrogación. Su pregunta es una atención tensa, que no se conforma con la mera suma de los hechos, porque no deja de excavar más profundamente, buscando la trama que los une. Vuestro arte, cuando resiste al aplanamiento, cuando ralentiza la mirada, cuando obliga a detenerse ante aquello que no se deja consumir, es una forma de regeneración cultural y espiritual.

San Pablo VI pronunció unas palabras que siguen siendo un hito para la relación de la Iglesia con los artistas: «Nosotros tenemos necesidad de vosotros —dijo—. Nuestro ministerio necesita vuestra colaboración. Porque, como sabéis, nuestro ministerio consiste en predicar y hacer accesible y comprensible, más aún, conmovedor, el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, de Dios. Y en esta operación, que traslada el mundo invisible a fórmulas accesibles e inteligibles, vosotros sois maestros» (Homilía en la Misa con los artistas, 7 de mayo de 1964).

También yo os digo hoy: la Iglesia tiene necesidad de vosotros. De manera particular en esta era de la inteligencia artificial, en la que se vuelve urgente distinguir el arte humano de aquello que es producido por las máquinas. Hay una diferencia ontológica, antes incluso que estética, entre el arte y aquello que una máquina puede generar mediante cálculo estadístico a partir de millones de imágenes ajenas. A los algoritmos les falta la chispa de lo humano. «La cultura y el arte, cuando son auténticos, custodian esta chispa» (Enc. Magnifica humanitas, 122).

Por todo esto, la Iglesia desea renovar con los artistas y con las instituciones culturales una alianza: una alianza para custodiar lo humano. Como tuve ocasión de decir durante mi reciente visita a la UNESCO: «Promover la educación, las ciencias y la cultura es imposible sin promover la vida del hombre y de la mujer, que son sus protagonistas» (Discurso a la UNESCO, París, 25 de septiembre de 2026).

Queridos artistas, queridos comisarios, sabed que la Iglesia os mira con estima, con gratitud y con esperanza, que tiene necesidad de vosotros y que desea caminar con vosotros, para que juntos podamos custodiar la magnífica humanidad que nos ha sido confiada.

¡Que Dios os bendiga a todos vosotros y vuestro trabajo! Gracias.

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