El Papa León XIV invitó este domingo a mantener el diálogo con Dios incluso cuando sus caminos resultan difíciles de comprender y advirtió contra la tentación de juzgar su voluntad según las propias expectativas. Durante el rezo del Ángelus en Castel Gandolfo, el Pontífice tomó como punto de partida la reacción de san Pedro ante el anuncio de la Pasión de Cristo.
Ante los fieles reunidos en la plaza de la Libertad, León XIV destacó dos enseñanzas de Pedro: hablar con sinceridad al Señor cuando no se comprende lo que pide y, al mismo tiempo, mantener la humildad y la docilidad para aceptar su voluntad. Tras la oración mariana, el Papa recordó además a las víctimas de la violencia en Haití, pidió la liberación de los secuestrados, rezó por los afectados por las inundaciones en Nepal y el Tíbet y renovó su llamamiento por la paz.
A continuación, las palabras íntegras del Papa:
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y feliz domingo:
Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, que revela a sus discípulos el Misterio de su Pascua inminente: el Mesías —dice— deberá «ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; luego ser condenado a muerte y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).
Lo que afirma está muy lejos de sus expectativas de un Mesías triunfador y poderoso, con cuya ayuda derrotar y pisotear a los enemigos (cf. Sal 108,14). Ya habían tenido ocasión, durante el tiempo transcurrido con Él, de asombrarse ante muchos de sus gestos y palabras. Este último mensaje, sin embargo, supera realmente cualquier previsión. En particular, Pedro manifiesta su desacuerdo y reprende a Jesús, diciéndole: «“Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”» (v. 22).
Poco antes lo había reconocido como «el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (v. 16). Ahora, en cambio, sorprendido y quizá decepcionado por lo que escucha, en contraste con la bellísima profesión de fe que acaba de hacer, lo reprende. Parece decirle: «Sí, creo que tú eres el Mesías, pero no es así como se salva el mundo». Su reacción es un impulso de celo, ciertamente animado por un amor sincero, y, sin embargo, nos invita a reflexionar.
También para nosotros, en efecto, no es siempre fácil comprender y aceptar los caminos de Dios, especialmente cuando están muy lejos de los nuestros. Entonces, la tentación es pensar, contra toda lógica de fe, que es el Señor quien se equivoca, o peor aún, que no nos escucha o que no se interesa por nosotros. Ante esta incertidumbre, Pedro, aun con su impulsividad, nos enseña dos cosas importantes.
La primera es no interrumpir nunca, ni siquiera en esos momentos, el diálogo con el Señor; al contrario, manifestarle con confianza también nuestra dificultad para comprender lo que nos pide.
La segunda, sin embargo, es no juzgar nunca el obrar de Dios, sino más bien disponernos a escuchar, con humildad, en la oración, lo que nos está revelando mediante su acción, incluso cuando no corresponde a nuestras expectativas.
Y también en esto se manifiesta la grandeza del Primero de los Apóstoles.
Jesús le responde: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» (v. 23), y le explica a él y a los demás discípulos que, para seguir sus pasos, deberán renunciar a sí mismos, tomar su cruz y seguirlo (cf. v. 24). Pedro lo hará: después de escucharlo, aceptará el desafío y permanecerá fiel a las palabras de Cristo, a quien reconoció como su Redentor, durante toda su existencia, hasta el martirio.
Pidamos entonces al Señor que también nosotros tengamos, en nuestra vida de fe y en nuestra oración, la misma sinceridad de Pedro, diciéndole humildemente lo que realmente sentimos, incluso cuando el corazón está confundido, y al mismo tiempo sepamos cultivar su misma docilidad, aceptando lo que nos pide más allá de nuestras expectativas.
Que nos ayude María, que fue obediente a los designios de Dios hasta permanecer al pie de la Cruz de su Hijo Jesús.
Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Desde Haití llegan noticias dramáticas de la grave masacre perpetrada en Kenscoff, en la que numerosas personas han perdido la vida mientras otras permanecen secuestradas. Expreso mi cercanía en la oración a las víctimas y a sus familiares y pido que todos los rehenes sean liberados sin demora. Dirijo un sentido llamamiento a todos los responsables para que se comprometan concretamente a garantizar la seguridad de la población y a poner fin a toda forma de violencia.
Aseguro mi oración por los afectados por la terrible inundación que se ha producido en Nepal y el Tíbet. Recemos por quienes han perdido la vida, por los heridos y desaparecidos, por las familias y por los equipos de rescate. Que la solicitud de todos contribuya a aliviar los sufrimientos y a hacer llegar la ayuda necesaria a la población.
Sigamos rezando por la paz. San Agustín, cuya memoria hemos celebrado en estos días, decía que «la paz […] es semejante al pan del milagro que crecía en las manos de los discípulos mientras lo partían y distribuían» (Sermo 357, 2). Que aumente en el mundo el número de quienes, con valentía, parten y distribuyen el pan de la paz, superando las divisiones, promoviendo la justicia y practicando el perdón, por el bien de todos.
El martes celebramos la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. Con ella comienza el «Tiempo de la Creación» —celebrado por cristianos de diversas confesiones—, cuyo tema este año es «Agua viva». Como recordé en el Mensaje para esta Jornada, el cuidado de nuestra «casa común» requiere una conversión del corazón, para que aquello que se ha utilizado para provocar destrucción pueda orientarse, en cambio, hacia la vida. Invito a todos a unirse, en la oración y en la acción, para que podamos convertirnos en canales del agua viva de la paz de Dios, que da alivio a nuestro mundo herido.
¡Saludo a todos vosotros, fieles de Castel Gandolfo y peregrinos de diversos países! En particular, doy la bienvenida a los participantes en la iniciativa benéfica Run to Rome, a los jóvenes que han realizado el camino itinerante de la Via Lucis, al grupo de Devotos de la Virgen de los Milagros de Corbetta y a los motociclistas presentes para su tradicional encuentro anual.
Agradezco a las Fuerzas del Orden y a cuantos han contribuido a mi estancia estival aquí, en Castel Gandolfo, así como al servicio de seguridad durante los encuentros con los peregrinos. ¡Muchas gracias!
Envío mi cordial saludo a los fieles que siguen el Ángelus desde la plaza de San Pedro.
¡Y a todos os deseo un feliz domingo!