El obispo emérito de Córdoba, Demetrio Fernández, ha compartido cómo está viviendo la nueva etapa abierta tras dejar el gobierno pastoral de la diócesis. Después de décadas marcadas por una intensa actividad episcopal, reconoce que ahora le corresponde otro aprendizaje: abandonar el protagonismo, aceptar el silencio y disponer de más tiempo para la oración y el encuentro con Dios.
Así lo explica en el reciente episodio de Entre Dios y Yo, dedicado al desierto espiritual, la enfermedad, la oración y el modo de vivir la fe cuando cambian las circunstancias de la vida. «Tengo que aprender a no ser. Igual que he estado tiempo y tiempo aprendiendo a ser», afirma Fernández.
«Como que se han apagado muchos pilotos»
El cambio resulta especialmente acusado después de veinte años como obispo: quince al frente de Córdoba y cinco anteriormente en la diócesis de Tarazona.
Acostumbrado a «una agenda tremenda» y a varias actividades cada día, Fernández describe la nueva situación con una imagen sencilla: «Ahora como que se han apagado muchos pilotos».
Ese proceso consiste en aprender a pasar «a segundo, tercer plano o incluso no estar en ningún plano». El obispo emérito no lo presenta como una pérdida, sino como una experiencia nueva que le permite dedicar mucho más tiempo «a la oración, a estar con el Señor».
La etapa le recuerda a la vida oculta de Cristo en Nazaret: treinta años alejados del ministerio público antes de los tres años de predicación.
«No sé yo si Dios querrá que esté treinta años ahora, lo que Él quiera», comenta, antes de hablar con naturalidad de la muerte: «Cuando Dios quiera, me tengo que ir con Él al cielo. Cosa que deseo, se lo pido, pero sin empujar».
Del bullicio al silencio
Fernández reconoce que siempre disfrutó de la actividad pastoral. Por carácter, explica, tendía a estar ocupado, atender a los demás y buscar nuevas maneras de servir.
«Siempre he estado inventando cosas para poder atender a los demás, servir a los demás», recuerda.
También admite que ese ritmo podía resultar agotador, especialmente con el paso de los años. Ahora, sin embargo, asegura estar disfrutando igualmente de «esta soledad y tranquilidad».
El contraste entre ambas etapas no supone abandonar la vocación, sino vivirla de otra manera. El servicio visible deja paso a una vida más retirada, donde el silencio y la oración ocupan un espacio que antes resultaba más difícil encontrar.
La enfermedad que marcó su vida
El actual retiro no es la primera experiencia de «desierto» que ha atravesado.
Cuando tenía 33 años, Demetrio Fernández sufrió una grave enfermedad que lo mantuvo prácticamente un año entero postrado y que llegó a hacerle pensar en una muerte próxima.
Su vida quedó reducida entonces a lo esencial. Se levantaba hacia el mediodía, reunía fuerzas para celebrar la Misa, comía con la comunidad y volvía a la cama hasta el día siguiente.
No podía estudiar ni realizar grandes esfuerzos. Pasaba las horas descansando, rezando el Rosario y, según recuerda, tratando simplemente de «sentir la presencia de Dios» en su vida.
«Fue un momento muy duro, pero lo viví con mucha paz, serenidad y siempre acompañado del Señor», explica.
«Aquello fue como un noviciado»
Fernández considera aquel año de enfermedad decisivo para el resto de su ministerio.
«Aquello fue como un noviciado que me lanzó después a la tarea pastoral con otra actitud», afirma.
Desde entonces ha conocido otros periodos de fatiga, cambios y soledad, momentos en los que «se apagan todas las luces» y desaparecen los apoyos y las seguridades habituales. Pero insiste en que nunca los vivió como una ausencia de Dios.
Esa experiencia permite entender también su actual etapa como obispo emérito. Después del bullicio de años de gobierno pastoral, el silencio no aparece como un vacío que haya que llenar, sino como otro lugar desde el que continuar respondiendo a la vocación.
Para Fernández, ese es precisamente el sentido cristiano del desierto: «No es para desconectar de Dios, sino precisamente para conectar con Dios».