Una Iglesia sin lengua: cada vez más cardenales ya no dominan el idioma de la Iglesia

Una Iglesia sin lengua: cada vez más cardenales ya no dominan el idioma de la Iglesia

Reproducimos por su interés este artículo de David Berger, publicado originalmente en alemán en el blog Philosophia Perennis, en el que el teólogo alemán reflexiona sobre las consecuencias de un dato revelador: según una investigación del vaticanista Francesco Capozza, más de dos tercios de los cardenales apenas dominan ya el latín, la lengua oficial de la Iglesia. Traducción de InfoVaticana.

Más de dos tercios de los cardenales apenas dominarían ya el latín. Lo que a primera vista suena a nota marginal para filólogos clásicos podría revelar, en realidad, una de las crisis más profundas de la Iglesia católica. Porque quien pierde la lengua en la que durante siglos se formularon la fe, la liturgia y el derecho canónico, acaba perdiendo también el acceso inmediato a su propia tradición.

El vaticanista italiano del diario Il Tempo, Francesco Capozza, ha llegado, tras meses de investigación, a la conclusión de que más del 65 por ciento del actual Colegio Cardenalicio carece de conocimientos apreciables de latín. Quien conoce a Capozza sabe que no acostumbra a lanzar afirmaciones espectaculares a la ligera. Desde hace muchos años está considerado uno de los observadores del Vaticano mejor informados de Italia, cuyas valoraciones no pocas veces acaban confirmándose. Su diagnóstico apunta a un problema que lleva décadas gestándose en la Iglesia y cuyas consecuencias resultan ya difíciles de ignorar.

No se trata en absoluto de nostalgia romántica por un pasado supuestamente glorioso, ni de la preferencia de los amantes de la liturgia clásica. Se trata de una cuestión mucho más fundamental: ¿puede una Iglesia conservar su unidad cuando sus máximos representantes ya no dominan la lengua en la que su teología, su derecho canónico y su magisterio fueron formulados durante siglos?

Una verdad inmutable protegida por una lengua inmutable

El latín nunca ha sido para la Iglesia católica una mera reliquia histórica. Es, propiamente, su lengua oficial. Desde hace casi dos mil años, los textos legislativos pontificios, el derecho canónico y numerosos documentos magisteriales se promulgan en su forma vinculante en latín. Y ello por una buena razón: una lengua que ya no cambia preserva la precisión de los conceptos teológicos mejor que cualquier lengua vehicular moderna. Sus palabras no están sometidas a los desplazamientos ideológicos y sociales a los que las lenguas vivas se ven expuestas constantemente. Precisamente por eso el latín resulta especialmente apto para expresar las verdades con precisión y de forma duradera.

El Papa Juan XXIII lo formuló con notable claridad en su Constitución Apostólica Veterum Sapientia. El latín, decía, es una lengua que por su dignidad, estabilidad y universalidad resulta particularmente adecuada para hacer visible la unidad de la Iglesia. Pertenece, por así decirlo, a la esencia misma de una Iglesia universal, porque no privilegia a ninguna nación y está igualmente abierta a todos los fieles. Es notable, además, que esta convicción no fuera en absoluto derogada por el Concilio Vaticano II. Todo lo contrario. En la constitución sobre la liturgia, Sacrosanctum Concilium, se dice expresamente que debe conservarse el uso de la lengua latina en los ritos latinos. Al mismo tiempo, el Concilio exigía que los clérigos fueran capacitados para comprender bien los textos latinos y utilizarlos adecuadamente. Los padres conciliares, por tanto, no pensaban en desterrar el latín de la vida de la Iglesia. Más bien daban por supuesto que todo sacerdote y todo obispo dominaría esta lengua.

El acceso directo a las fuentes de la fe, casi imposible

Tanto más asombrosa resulta la evolución de las últimas décadas. En numerosos seminarios, el latín desempeña hoy un papel meramente marginal. Muchos candidatos al sacerdocio se encuentran con esta lengua, a lo sumo, en cursos introductorios, sin llegar jamás a adquirir la capacidad de leer los documentos eclesiásticos o a los Padres de la Iglesia en su lengua original. Con ello no solo se pierde un pedazo de formación clásica: se desvanece, sobre todo, el acceso inmediato a las fuentes de la fe católica.

Porque la teología vive de conceptos precisos. Ya santo Tomás de Aquino sabía que un pequeño desplazamiento conceptual puede tener consecuencias de largo alcance para la comprensión de una doctrina. Conceptos como gratia, persona, substantia, natura o caritas solo pueden trasladarse de forma aproximada a las lenguas modernas. Toda traducción contiene ya, necesariamente, una interpretación. Por eso la Iglesia ha redactado siempre sus textos vinculantes en una lengua cuyos significados permanecen estables a lo largo de los siglos.

La actualidad de este problema quedó patente, precisamente, con la primera encíclica del Papa León XIV. Por primera vez, un documento magisterial de esta importancia no se publicó a partir de un texto original latino, sino que apareció directamente en diversas versiones en lenguas modernas. Puede parecer práctico, pero plantea interrogantes considerables. Poco después de su publicación surgieron ya discusiones en torno a conceptos centrales, por ejemplo allí donde se habla de la «humanidad». ¿Qué se quiere decir exactamente? ¿La especie biológica? ¿La familia humana? ¿El conjunto de todos los hombres? ¿O la naturaleza humana común, sobre la que se funda el derecho natural? Las distintas versiones lingüísticas sugieren acentos diferentes. Un texto original latino vinculante habría creado, al menos, un punto de referencia hermenéutico inequívoco.

Expresión de la catolicidad de la Iglesia

Precisamente en una época en la que los conceptos antropológicos fundamentales se ven cada vez más presionados por las ideologías de género, el transhumanismo y los desarrollos tecnológicos, la precisión conceptual no es una cuestión académica secundaria. De ella depende cómo se entienden las afirmaciones de la Iglesia y qué consecuencias se derivan de ellas. El Papa Benedicto XVI insistió una y otra vez en que la Iglesia solo puede conservar su identidad si mantiene viva la memoria de su propia tradición. En su exhortación Sacramentum Caritatis recordó expresamente que sacerdotes y fieles deberían conocer también en latín los textos litúrgicos más importantes. Para Benedicto, el latín no era un fin en sí mismo, sino expresión de la catolicidad de la Iglesia, de su unidad por encima de tiempos, culturas y naciones.

Una lengua que pertenece a todos los católicos

A esta luz, las palabras de Capozza aparecen como una llamada de alarma. Una Iglesia cuyos más altos dignatarios ya no dominan su propia lengua oficial pierde un instrumento esencial de su autocomprensión teológica. Se vuelve más dependiente de las traducciones, de los ámbitos lingüísticos nacionales, de las diversas escuelas teológicas y, finalmente, también de las corrientes de cada época. Y, sin embargo, en el latín reside precisamente una libertad que hoy suele pasarse por alto. A diferencia del inglés, no es la lengua de una potencia política o económica mundial. No pertenece a ningún pueblo en exclusiva. Un obispo africano, asiático, americano o europeo se encuentra con el otro sobre el mismo suelo lingüístico. Por eso el latín nunca fue expresión de superioridad cultural, sino precisamente el vínculo de una Iglesia universal.

Quizá haya llegado el momento de releer la advertencia de Juan XXIII. Él estaba convencido de que la Iglesia no gana su futuro renunciando a sus tradiciones, sino redescubriendo su valor permanente. Eso vale también para su lengua. Porque quien pierde la lengua de la Iglesia pierde, a la larga, mucho más que vocabulario y gramática: pierde el acceso inmediato a un tesoro espiritual que ha marcado el pensamiento de Occidente durante casi dos milenios. Y una Iglesia que solo conoce sus fuentes de segunda mano corre el peligro de no poder alzar un día su propia voz de manera inconfundible.

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