Wilo Haro Rivas es un jesuita ecuatoriano con miles de seguidores en las redes sociales, donde difunde principalmente su trabajo relacionado con el bordado. Hace tres días publicó en Instagram una imagen tomada durante unos ejercicios espirituales en la que aparece celebrando la Santa Misa al aire libre, sentado con las piernas cruzadas sobre una esterilla y sosteniendo el Misal.
La escena muestra al sacerdote vestido con pantalones vaqueros y una sudadera, sobre la que lleva directamente una estola verde, sin alba ni casulla. A su lado, el cáliz y los objetos litúrgicos aparecen colocados sobre unas telas extendidas en el suelo, sin que se observe un altar propiamente dicho. La fotografía transmite una deliberada informalidad incompatible con la dignidad externa que exige la celebración del sacrificio eucarístico.

No se trata de rechazar la celebración al aire libre ni de negar el valor espiritual de unos ejercicios ignacianos. El problema es la reducción de la liturgia a una experiencia personal sometida a la creatividad del celebrante. La Misa no pertenece al sacerdote y sus normas no son elementos decorativos que puedan omitirse para reforzar una determinada estética, por muy artesanal, cercana o supuestamente pastoral que pretenda presentarse.
La imagen resume también la decadencia de una Compañía de Jesús cada vez más alejada de la disciplina, la obediencia y el sentido sobrenatural que marcaron su origen. La orden que dio a la Iglesia grandes misioneros, teólogos y mártires parece hoy identificarse con demasiada frecuencia por la experimentación, la irreverencia y la búsqueda de notoriedad. Cuando la personalidad del jesuita ocupa el lugar que corresponde al altar, la crisis deja de ser únicamente numérica y se convierte en una crisis profunda de identidad.