Día 6. Subamos al monte Carmelo con María

Novena a Nª Sª del Carmen con San Juan de la Cruz en su Año Jubilar

Día 6. Subamos al monte Carmelo con María

María, Madre de la transformación en el Amado

Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre. Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón (Dichos de luz y amor, 27).

Santísima Virgen del Carmen, Esposa del Espíritu Santo, Madre del Verbo eterno hecho carne y predilecta Hija del Padre, Vos, que fuisteis desde el primer instante la criatura más perfectamente transformada por la gracia, la tierra enteramente poseída por el Cielo, el espejo limpísimo donde resplandece sin sombra la hermosura de la Santísima Trinidad, inclinad vuestra mirada sobre mi pobre alma, que desea pertenecer del todo a Jesucristo, y enseñadle el camino de la verdadera unión con el Amado.

Vos sabéis que el corazón humano se cansa de buscar fuera lo que sólo puede encontrar dentro, allí donde el Padre ha querido poner su morada con el Hijo y el Espíritu Santo. Corro tras tantas criaturas, bebo de tantas fuentes que no apagan la sed, persigo luces que terminan apagándose, mientras la Fuente viva mana silenciosamente en lo más profundo del alma, esperando únicamente que retire yo la piedra del egoísmo para inundarlo todo con su agua cristalina. Llevadme, Madre del Carmelo, hasta esa fuente escondida que mana y corre, aunque es de noche; haced que deje de vivir vuelto hacia mí mismo para comenzar a vivir vuelto hacia Dios, porque sólo quien sale de sí encuentra al Esposo que lo espera desde toda la eternidad.

Enseñadme el santo olvido de mí mismo que tanto amó vuestro hijo Juan de la Cruz. Que no busque sino mirar a Cristo; que no quiera poseer otra riqueza que hacer en todo la voluntad del Padre. Arrancad de mi corazón esa secreta inclinación a buscarme incluso en las cosas de Dios, porque mientras viva pendiente de mí mismo no podré perderme felizmente en el Amado.

Madre bendita, llevadme a la interior bodega donde el Esposo comunica sus secretos al almas; donde cesan las palabras y comienza la contemplación; donde la música callada llena de armonía cuanto el mundo no puede comprender; donde la soledad sonora está habitada por la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; donde el alma ya no vive de sus propias fuerzas, sino que respira con el aliento mismo de Dios. Que yo pueda experimentar esa paz que no nace de la ausencia de combates, sino de la certeza de saberse infinitamente amado.

Cuando el Espíritu Santo quiera purificarme con el fuego de la prueba, no permitáis que retroceda. Si el Padre poda las ramas, que no me rebele; si Jesucristo me invita a subir con Él al Calvario, no busque yo otro camino; si la noche se hace más oscura, recordadme que el alba está ya escondida en su seno. Porque toda purificación prepara una plenitud mayor, toda renuncia abre espacio al Amor y toda cruz abrazada con Cristo termina floreciendo en vida eterna.

Y cuando llegue la hora en que el Esposo salga definitivamente a mi encuentro, haced que pueda presentarme con la lámpara encendida por el Espíritu Santo, revestido de Cristo y abandonado por completo en la voluntad del Padre. Introducidme entonces en las moradas eternas, donde ya no habrá distancia entre el alma y el Amado, donde la fe dejará paso a la visión, la esperanza a la posesión y sólo permanecerá la caridad, participando para siempre del inefable Amor con que el Padre ama al Hijo y el Hijo responde al Padre en el abrazo eterno del Espíritu Santo. Allí, bajo vuestra mirada maternal, comprenderé que toda la subida del Monte Carmelo no era sino el camino para dejarme transformar plenamente en Jesucristo y vivir, por los siglos de los siglos, en el gozo inagotable de la Santísima Trinidad.

Nuestra Señora del Carmen, haced que, olvidado de mí mismo, quede yo enteramente transformado en Cristo para gloria del Padre, por el fuego del Espíritu Santo. Amén.

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