María, Llama de amor viva del Espíritu Santo
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
(Llama de amor viva, 1).
Santísima Virgen del Carmen, toda abrasada por el fuego del Espíritu Santo desde el primer instante de vuestra existencia; zarza siempre encendida que jamás se consume; lámpara de oro que sostiene la luz de Cristo para alumbrar a los peregrinos del Monte santo; Madre del Amor hermoso, en cuyo Corazón el Padre encontró su complacencia, el Verbo su morada y el Espíritu Santo su templo purísimo: acercaos hoy a mi pobreza y permitid que una chispa de ese fuego divino alcance también el centro de mi alma.
No permitáis que viva satisfecho con un amor tibio, con una fe rutinaria, con una esperanza sin ardor. Vos sabéis que el Amado no quiere un corazón dividido, sino entero; no busca una entrega medida, sino una oblación sin reservas; no llama al alma para que permanezca en los atrios, sino para introducirla en la interior bodega, donde la embriaga con el vino nuevo de su caridad y la transforma lentamente en Sí mismo. Alcanzadme esa santa herida de amor que hizo cantar a vuestro hijo Juan de la Cruz; esa llaga secreta que duele porque ama y ama porque hiere; esa llama silenciosa que consume cuanto no es Dios y deja el alma limpia, transparente y dócil a todas las mociones del Espíritu.
Madre del Carmelo, enseñadme que el Espíritu Santo no desciende sólo para consolar, sino también para purificar; que su fuego ilumina, pero también quema; que acaricia transformando; que no destruye la naturaleza, sino que la eleva hasta hacerla participar de la misma vida divina. Que no tema yo, pues, cuando ese fuego consuma mis seguridades, mis afectos desordenados, mis ambiciones ocultas o mis resistencias más profundas. Si todo ello se convierte en ceniza, será para que aparezca con mayor claridad el rostro de Cristo, grabado por el Padre en el alma como una imagen viva.
Vos permanecisteis junto a la Cruz cuando el Amor parecía derrotado. Allí contemplasteis cómo el Corazón abierto de vuestro Hijo derramaba sangre y agua para dar nacimiento a la Iglesia. Allí recibisteis una nueva maternidad sobre todos los discípulos. Allí el Espíritu Santo preparaba, en el silencio del sacrificio, el gran Pentecostés que incendiaría el mundo. Haced que también yo comprenda que no existe llama de amor sin leña de sacrificio; ni resurrección sin cruz; ni unión transformante sin esa lenta purificación por la que el Padre poda la vid para que produzca fruto abundante.
Que mi oración sea fuego y adoración, no rutina; entrega, no simple cumplimiento. Que mi corazón arda al escuchar la Palabra del Verbo, se inflame al recibir su Cuerpo en la Eucaristía y permanezca largo tiempo en silencio para dejar obrar al Espíritu Santo, que ora en nosotros con gemidos inefables y nos conduce hasta el seno del Padre. Que toda mi vida llegue a ser una llama escondida que, sin hacer ruido, ilumine a quienes viven en la oscuridad, caliente a quienes tienen frío de Dios y recuerde al mundo que sólo el Amor merece ser amado.
Y cuando el fuego purificador me haya consumido y ya no busque yo otra cosa que la gloria del Padre, el rostro de Jesucristo y el soplo del Espíritu Santo, tomadme de la mano, Virgen Santísima del Carmen, e introducidme en aquella llama eterna donde las Tres divinas Personas son un solo Amor, una sola Vida y una sola Bienaventuranza. Entonces comprenderé que toda la existencia no fue sino un aprendizaje para dejarme amar por Dios y responder a ese Amor con todo el ser, hasta quedar mi alma, como deseaba el santico del Carmelo, en el Amado transformada.
Nuestra Señora del Carmen, encended en mí la llama viva del Espíritu Santo para que, purificado en Cristo, viva yo únicamente para la gloria del Padre. Amén.