Día 9: Novena al Sagrado Corazón de Jesús

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Día 9: Novena al Sagrado Corazón de Jesús

Oración preparatoria

Padre eterno, fuente sin fuente de toda vida y de todo amor, que en la plenitud de los tiempos nos entregaste a tu Hijo unigénito para que el mundo tuviera vida por Él, concédenos penetrar durante estos días en el misterio inefable de su Sagrado Corazón.

Espíritu Santo, Amor subsistente del Padre y del Hijo, fuego divino que escrutas las profundidades de Dios, abre los ojos de nuestra alma para que podamos contemplar las riquezas insondables encerradas en el Corazón de Jesucristo. Llévanos a aquella fuente de donde brotan la gracia, la misericordia, el perdón y la vida. Haznos entrar no sólo en el conocimiento, sino en la intimidad de ese Corazón bendito; no sólo en su contemplación, sino en su amistad; no sólo en su admiración, sino en su amor. Introdúcenos en el santuario ardiente del Corazón de Jesús, para que aprendamos a vivir, a sufrir, a esperar y a amar con Él.

Amén.

Oración al Corazón sacerdotal de Cristo

Corazón de mi Jesús, al acabar esta novena deseo contemplarte como Sacerdote. No como uno más entre muchos, sino como el único y eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, aquel en quien encontraron cumplimiento todas las figuras, todos los sacrificios y todas las esperanzas de la antigua Ley. Antes de que existieran los templos de piedra, antes de que ardiera el incienso sobre los altares de Jerusalén, antes incluso de que Abraham levantara su mano sobre Isaac en el monte de la obediencia, ya estaba presente en los designios del Padre el sacrificio perfecto que un día habría de ofrecer Tu Corazón.

Toda Tu vida fue sacerdotal: lo fue el silencio de Belén, la obediencia escondida de Nazaret, las jornadas de predicación y de fatiga por los caminos de Palestina, la soledad de Getsemaní. Lo fue, de manera suprema y definitiva, la entrega consumada sobre el altar de la Cruz.

Porque el sacerdote es aquel que une lo que estaba separado. Tiende un puente entre Dios y los hombres. Lleva hasta el cielo las súplicas de la tierra y hace descender sobre la tierra las bendiciones del cielo. Todo eso lo realizaste Tú de una manera infinitamente más perfecta de lo que jamás hubiera podido hacerlo criatura alguna.

Tu sacerdocio no consistió solamente en ofrecer algo: consistió en ofrecerte. El altar fue la Cruz; la víctima, Tú mismo; el fuego del sacrificio fue el amor. Y el templo donde todo se realizó fue Tu propio Corazón.
Por eso, cuando contemplo el misterio de Tu sacerdocio, descubro que la historia entera de la salvación puede resumirse en una sola realidad: el amor obediente del Hijo al Padre por la redención del mundo.

Nada hubo en Ti de búsqueda personal, de ambición o de interés propio. Todo estaba orientado a la gloria del Padre y a la salvación de los hombres. Cada palabra, cada milagro, cada paso y cada sufrimiento formaban parte de esa gran ofrenda que iba creciendo silenciosamente hasta alcanzar su plenitud en el Calvario.

Qué lejos se encuentra esa lógica divina de la mentalidad con que tantas veces vivimos. Buscamos poseer cuando Tú enseñas a entregarse, afirmarnos cuando Tú enseñas a servir, conservar cuando Tú enseñas a darse. Sin embargo, cuanto más se contempla Tu Corazón sacerdotal, más evidente resulta que la verdadera plenitud no consiste en acumular, sino en ofrecer.

La vida alcanza toda su fecundidad cuando deja de girar sobre sí misma. Por eso quisiera aprender de Ti el arte de la oblación. No me pides grandes gestos heroicos. La mayor parte de las veces la ofrenda se realiza en lo pequeño: en el deber cumplido con fidelidad, en una contrariedad aceptada serenamente, en una palabra prudente que evita una herida, en una oración mantenida cuando el alma atraviesa la sequedad, en la paciencia ejercida cuando nadie la ve. Todo puede convertirse en materia de sacrificio cuando se une a Tu sacrificio, todo puede adquirir valor eterno cuando se deposita dentro de Tu Corazón.

Pienso también hoy en los sacerdotes que continúan haciendo visible Tu presencia en medio del mundo. Cada vez que celebran la Santa Misa, cada vez que absuelven los pecados, cada vez que anuncian el Evangelio o acompañan a un moribundo, prolongan misteriosamente Tu propia acción sacerdotal. Conoces sus alegrías y sus luchas, la generosidad escondida de tantos que entregan la vida silenciosamente sin esperar reconocimiento alguno, las horas de cansancio, las decepciones, las soledades y las pruebas que acompañan con frecuencia al ministerio sacerdotal. Guárdalos dentro de Tu Corazón. Hazlos santos. Protégelos de la tibieza, del desaliento y de la mediocridad. Que nunca olviden que antes de ser administradores de Tus misterios están llamados a ser amigos de Tu Corazón.
Y concede a Tu Iglesia abundantes y santas vocaciones. Que no falten jóvenes capaces de escuchar Tu llamada y responder con generosidad; que en medio de un mundo ruidoso siga resonando aquella voz suave y exigente que invitó a los primeros discípulos a dejarlo todo para seguirte.

Al contemplar Tu sacerdocio eterno descubro una verdad llena de consuelo: mi salvación no depende únicamente de mi fragilidad ni de mis esfuerzos. Existe en el cielo un Sacerdote que intercede continuamente por mí. Existe un Corazón glorioso que presenta ante el Padre mis necesidades, mis combates y mis pobres intentos de fidelidad. Mientras ese Corazón siga latiendo de amor por los hombres —y latirá eternamente— siempre habrá esperanza porque siempre habrá misericordia. Siempre habrá un camino de regreso porque siempre habrá gracia suficiente para recomenzar.

Por eso deposito hoy mi vida, mis trabajos, mis alegrías, mis sufrimientos y mi futuro dentro de Tu Corazón sacerdotal. Allí todo encuentra sentido. Allí todo queda purificado. Allí todo puede transformarse en ofrenda agradable al Padre.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!

Oración al Inmaculado Corazón de María

Inmaculado Corazón de María, obra maestra del Espíritu Santo y reflejo purísimo del Corazón de tu Hijo, llévanos a Jesús.

Tú que guardabas todas sus palabras en tu corazón, enséñanos a escucharle. Tú que permaneciste junto a la Cruz cuando muchos huyeron, enséñanos a permanecer fieles. Tú que conociste como nadie las alegrías, los silencios, los sufrimientos y los secretos del Corazón de Cristo, introdúcenos en su intimidad.

Que durante esta novena aprendamos a amarle con algo de tu pureza, a servirle con algo de tu humildad, a seguirle con algo de tu fidelidad. Y cuando termine nuestra peregrinación terrena, condúcenos hasta aquel Corazón abierto que será para siempre nuestra patria, nuestro descanso y nuestra bienaventuranza.

Amén.

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