Este martes, pasadas las 21:45 y habiendo concluido la Santa Misa, ya con la última luz del día, el Santo Padre salió a la explanada de la fachada del Nacimiento —la única que Gaudí vio levantarse, iniciada en 1891— para bendecir la Torre de Jesucristo. El simbolismo era perfecto: desde lo que el arquitecto pudo contemplar en vida se bendecía lo que solo pudo soñar.
Los datos hablan por sí solos. Con 172,5 metros, la torre convierte la Sagrada Familia en el templo cristiano más alto del mundo: medio metro menos que Montjuïc, porque Gaudí no quiso que la obra del hombre superase a la obra de Dios. Es la decimoctava torre del conjunto —doce dedicadas a los apóstoles, de las que faltan cuatro por construir; cuatro a los evangelistas; una a María— y se alza sobre el crucero, sostenida por los árboles de columnas de la nave central. La corona una cruz blanca de cuatro brazos de 17 metros, el equivalente a un edificio de cinco plantas, concebida para dibujar siempre una cruz se mire desde donde se mire. Acristalada y visitable, no se abrirá al público hasta 2028, cuando se complete el ascensor interior; el último tramo habrá que subirlo a pie, para que «quienes lleguen a la luz deban hacer un esfuerzo final».
La inauguración culminó ya de noche con un espectáculo de luz y música creado para la ocasión —jugando con el elemento gaudiniano por excelencia— y un dibujo del rostro de Gaudí trazado por drones sobre el cielo de Barcelona, ante otros 4.000 asistentes en el exterior.
León XIV es ya el tercer Papa que visita el ícono de Barcelona, tras Juan Pablo II y la consagración del templo como basílica por Benedicto XVI en 2010. Completada la torre central, la Junta Constructora encara ahora la última gran etapa: la fachada de la Gloria, que espera culminar en una década. Cuando le preguntaban por la lentitud de las obras, Gaudí respondía con aquella sorna santa: «Mi cliente no tiene prisa». Cien años después de su muerte, su cliente ha enviado a su Vicario a bendecir la torre que lleva su nombre.