Oración preparatoria
Padre eterno, fuente sin fuente de toda vida y de todo amor, que en la plenitud de los tiempos nos entregaste a tu Hijo unigénito para que el mundo tuviera vida por Él, concédenos penetrar durante estos días en el misterio inefable de su Sagrado Corazón.
Espíritu Santo, Amor subsistente del Padre y del Hijo, fuego divino que escrutas las profundidades de Dios, abre los ojos de nuestra alma para que podamos contemplar las riquezas insondables encerradas en el Corazón de Jesucristo. Llévanos a aquella fuente de donde brotan la gracia, la misericordia, el perdón y la vida. Haznos entrar no sólo en el conocimiento, sino en la intimidad de ese Corazón bendito; no sólo en su contemplación, sino en su amistad; no sólo en su admiración, sino en su amor. Introdúcenos en el santuario ardiente del Corazón de Jesús, para que aprendamos a vivir, a sufrir, a esperar y a amar con Él.
Amén.
Oración al Corazón de Jesús, Rey y centro de las familias
Corazón de mi Jesús, al contemplarte en este día de la novena quiero presentarte nuestros hogares, porque pocas realidades humanas ocupan un lugar tan importante en Tu Evangelio. Tú quisiste nacer en el seno de una familia. Quisiste crecer bajo la mirada de una Madre y la protección de un padre virginal. Santificaste la vida doméstica con Tu presencia silenciosa y llenaste de una dignidad nueva las alegrías y las fatigas de cada hogar.
A veces se habla de la familia como si fuera simplemente una institución humana, una organización práctica para convivir o una estructura social necesaria para el funcionamiento de la sociedad. Sin embargo, cuando la contemplamos a la luz de la fe descubrimos algo mucho más profundo. La familia es el lugar donde aprendemos a amar y a ser amados: allí pronunciamos nuestras primeras palabras, damos nuestros primeros pasos y recibimos las primeras lecciones sobre la confianza, el sacrificio, el perdón y la fidelidad.
Por eso el enemigo sabe muy bien dónde dirigir sus ataques. Cuando se hiere a la familia, se hiere también a la sociedad entera. Cuando se debilitan los vínculos familiares, el hombre queda más expuesto a la soledad, al desarraigo y a la desesperanza. Y cuando desaparece la referencia a Dios en la vida del hogar, incluso las relaciones más nobles terminan resintiéndose.
Tu Corazón conoce bien las alegrías y las dificultades de las familias. Conoces la ilusión de unos esposos que comienzan juntos una nueva vida, el cansancio de quienes trabajan para sacar adelante a sus hijos, las preocupaciones de las madres, los silencios de los padres, las lágrimas escondidas de los ancianos y las incertidumbres de los jóvenes. Nada de cuanto sucede entre las paredes de una casa escapa a Tu mirada.
Por eso acudo hoy a Ti llevando en mi corazón tantos nombres concretos. Te presento a quienes viven matrimonios felices y a quienes atraviesan momentos difíciles, a los padres que rezan por sus hijos y a los hijos que sufren por sus padres, a los enfermos, a los ancianos, a quienes se sienten solos, a quienes lloran una ausencia y a quienes luchan por mantener la paz en medio de circunstancias complejas.
Hay hogares donde reina la armonía y otros donde la convivencia se ha vuelto difícil. Hay familias profundamente unidas y otras marcadas por heridas antiguas que parecen no terminar de cicatrizar. Existen mesas alrededor de las cuales todavía se comparte la conversación y la alegría, mientras que en otras pesa el silencio de la distancia, del resentimiento o de la incomprensión. Tu Corazón tiene espacio para todas ellas. Ninguna situación humana es tan complicada que quede fuera del alcance de Tu gracia. Ninguna historia está definitivamente cerrada mientras Tú sigas llamando a la puerta. Ninguna herida es tan profunda que Tu misericordia no pueda sanarla.
Por eso te pido algo que quizá resulte más difícil que resolver muchos problemas materiales: derrama en nuestros hogares el espíritu del perdón. Hay palabras que nunca debieron pronunciarse y palabras que debieron pronunciarse hace mucho tiempo. Hay orgullos que se enquistan durante años y pequeños gestos de reconciliación que podrían devolver la paz a una familia entera. Muchas veces el sufrimiento no proviene de grandes tragedias, sino de pequeñas durezas repetidas día tras día.
Haz que aprendamos a mirarnos con más benevolencia. Que sepamos reconocer el bien que existe en quienes conviven con nosotros. Que no demos por supuesto el cariño de quienes nos aman. Que no reservemos nuestra mejor educación para los extraños mientras descargamos nuestro mal humor sobre los más cercanos.
Enséñanos a agradecer. La gratitud embellece la vida familiar. Quien agradece descubre continuamente motivos para la alegría. Quien sólo exige termina convirtiendo la convivencia en una carga pesada. Tú mismo pasaste largos años en Nazaret, compartiendo la sencillez de la vida cotidiana y enseñándonos que la santidad suele florecer precisamente allí donde se realizan con amor las tareas más ordinarias.
Quisiera pedirte también por tantos hogares donde ya no se reza. Hay casas llenas de comodidades y, sin embargo, profundamente vacías. Hay habitaciones iluminadas por toda clase de pantallas donde apenas queda espacio para el silencio, para la conversación serena o para la presencia de Dios. Sin Ti, incluso la abundancia puede terminar generando una extraña pobreza.
Vuelve a ocupar Tu lugar en nuestras familias. Siéntate de nuevo a nuestras mesas. Preside nuestras alegrías y acompaña nuestras pruebas. Haz que los esposos descubran la grandeza de su vocación, que los hijos aprendan a honrar a sus padres y que los mayores encuentren respeto, cariño y gratitud en los últimos años de su vida.
Y cuando lleguen los inevitables momentos de dolor, cuando la enfermedad visite una casa, cuando la muerte deje una silla vacía o cuando las lágrimas parezcan más abundantes que las palabras, permite que la familia encuentre refugio en Tu Corazón abierto. Allí comprenderá que el amor verdadero no desaparece, que la esperanza no defrauda y que la última palabra sobre nuestra historia no la tienen la separación ni la muerte, sino la promesa de la vida eterna.
Sagrado Corazón de Jesús, reina en nuestras familias, en nuestros hogares y en nuestros corazones.
¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!
Oración al Inmaculado Corazón de María
Inmaculado Corazón de María, obra maestra del Espíritu Santo y reflejo purísimo del Corazón de tu Hijo, llévanos a Jesús.
Tú que guardabas todas sus palabras en tu corazón, enséñanos a escucharle. Tú que permaneciste junto a la Cruz cuando muchos huyeron, enséñanos a permanecer fieles. Tú que conociste como nadie las alegrías, los silencios, los sufrimientos y los secretos del Corazón de Cristo, introdúcenos en su intimidad.
Que durante esta novena aprendamos a amarle con algo de tu pureza, a servirle con algo de tu humildad, a seguirle con algo de tu fidelidad. Y cuando termine nuestra peregrinación terrena, condúcenos hasta aquel Corazón abierto que será para siempre nuestra patria, nuestro descanso y nuestra bienaventuranza.
Amén.