Día 1: Novena al Sagrado Corazón de Jesús

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Día 1: Novena al Sagrado Corazón de Jesús

Oración preparatoria

Padre eterno, fuente sin fuente de toda vida y de todo amor, que en la plenitud de los tiempos nos entregaste a tu Hijo unigénito para que el mundo tuviera vida por Él, concédenos penetrar durante estos días en el misterio inefable de su Sagrado Corazón.

Espíritu Santo, Amor subsistente del Padre y del Hijo, fuego divino que escrutas las profundidades de Dios, abre los ojos de nuestra alma para que podamos contemplar las riquezas insondables encerradas en el Corazón de Jesucristo. Llévanos a aquella fuente de donde brotan la gracia, la misericordia, el perdón y la vida. Haznos entrar no sólo en el conocimiento, sino en la intimidad de ese Corazón bendito; no sólo en su contemplación, sino en su amistad; no sólo en su admiración, sino en su amor. Introdúcenos en el santuario ardiente del Corazón de Jesús, para que aprendamos a vivir, a sufrir, a esperar y a amar con Él.

Amén.

Oración al Corazón eterno del Verbo Encarnado

Sagrado Corazón de Jesús, Corazón eterno del Verbo hecho carne, antes de latir en el silencio de Nazaret ya eras amado infinitamente por el Padre; antes de estremecerte en el pesebre de Belén ya eras el objeto de las complacencias eternas de la Trinidad; antes de derramar tu sangre sobre la Cruz ya ardías desde siempre en aquel océano de amor que es la vida íntima de Dios.

Hoy quiero acercarme a Ti con reverencia y asombro. No vengo solamente a contemplar un símbolo piadoso ni una imagen venerable heredada de mis mayores: vengo a contemplar tu Amor.

Tú eres el Corazón humano de Dios. En Ti ha latido el amor filial más perfecto que jamás ha existido. En Ti ha encontrado expresión humana la adoración infinita del Hijo hacia el Padre. En Ti se han unido, sin confundirse, la ternura de un corazón de carne y los abismos insondables de la caridad divina.

Corazón de Jesús, cuando pienso en Ti, comprendo que no soy fruto del azar ni una hoja arrastrada por los vientos de la historia: he sido pensado, querido y amado desde toda la eternidad. Antes de que mi madre pronunciara mi nombre, Tú ya lo conocías; antes de que yo pudiera buscarte, Tú ya me habías encontrado; antes de que yo te amara, Tú me habías amado primero.

Cuántas veces he buscado apoyo en corazones humanos que, siendo buenos, eran demasiado pequeños para llenar mi sed de infinito. Cuántas veces he mendigado comprensión, afecto, seguridad o consuelo allí donde todo era necesariamente frágil y pasajero. Sin embargo, desde el principio, eras Tú quien me aguardaba. Tú estabas detrás de todas mis búsquedas y todas mis nostalgias. Tú eras el secreto de toda mi hambre de felicidad. Hazme comprender, Señor, que el corazón humano sólo encuentra reposo cuando descansa en tu Corazón. Arranca de mí la ilusión de buscar fuera de Ti la plenitud que únicamente puede venir de Ti.

Que al comenzar esta novena no me quede en las orillas de la devoción, sino que me adentre en sus profundidades. Hazme descender hasta ese santuario escondido donde arde la llama eterna de tu amor.

Y cuando experimente el cansancio de mis luchas, la pobreza de mis virtudes, el peso de mis años o la tristeza de mis fracasos, recuérdame que existe un lugar donde siempre seré esperado: tu Corazón. Ese Corazón que me conocía antes de la creación del mundo, que que me amó antes de mi primer pálpito y seguirá amándome cuando el último latido de mi corazón haya callado para siempre en esta tierra.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!

Oración al Inmaculado Corazón de María

Inmaculado Corazón de María, obra maestra del Espíritu Santo y reflejo purísimo del Corazón de tu Hijo, llévanos a Jesús.

Tú que guardabas todas sus palabras en tu corazón, enséñanos a escucharle. Tú que permaneciste junto a la Cruz cuando muchos huyeron, enséñanos a permanecer fieles. Tú que conociste como nadie las alegrías, los silencios, los sufrimientos y los secretos del Corazón de Cristo, introdúcenos en su intimidad.

Que durante esta novena aprendamos a amarle con algo de tu pureza, a servirle con algo de tu humildad, a seguirle con algo de tu fidelidad. Y cuando termine nuestra peregrinación terrena, condúcenos hasta aquel Corazón abierto que será para siempre nuestra patria, nuestro descanso y nuestra bienaventuranza.

Amén.

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