Al término del rezo del Rosario por la Paz celebrado este sábado en los Jardines Vaticanos con motivo del final del mes de mayo, el Papa León XIV dirigió un mensaje centrado en la necesidad de convertirse en auténticos constructores de paz en medio de las tensiones y conflictos que sacuden el mundo.
Durante su intervención, el Pontífice recordó que la paz no es una teoría ni una utopía, sino un don de Dios que exige un compromiso cotidiano basado en la justicia, la verdad y el amor. León XIV hizo además una referencia explícita a la responsabilidad de los cristianos en el uso de las redes sociales, invitando a abstenerse de toda forma de violencia verbal y física. El Papa subrayó que la paz auténtica tiene el rostro de Jesucristo y exhortó a los fieles a responder con hechos, y no solo con palabras, a la llamada de Dios para ser artesanos de reconciliación.

A continuación, el texto íntegro del discurso pronunciado por el Santo Padre:
«Escucharé lo que dice Dios, el Señor: él anuncia la paz para su pueblo, para sus fieles, para quienes vuelven a él con confianza» (Sal 85,9).
Las palabras del Salmo acompañan bien nuestra oración del Rosario esta tarde, porque expresan la esperanza que tanto necesitamos, especialmente ante las dificultades y las violencias del tiempo presente.
Dispongamos, por tanto, nuestro corazón para escuchar la Palabra de Dios, de modo que, en la oración, podamos comprender el sentido de lo que sucede en la historia, reconociendo la providencia de Dios, que siempre la guía y nos socorre. La Virgen María es modelo del creyente que presta el oído del corazón para escuchar «qué dice Dios». Ella nos da ejemplo con su obediencia, que acoge la encarnación del Hijo de Dios en su seno.
Contemplar con María los misterios del Rosario nos conduce a reconocer en Jesucristo la única Palabra definitiva que el Padre ha pronunciado, Palabra de paz para todos aquellos que vuelven a Él con corazón arrepentido. El Señor nunca nos abandona; incluso cuando nosotros lo olvidamos, incluso cuando perdemos el camino, Él viene a buscarnos y se acerca a nosotros con su amor de siempre. Como recuerda el profeta Isaías: «Yo pondré en sus labios: paz, paz para los lejanos y para los cercanos» (Is 57,19). Quien confía en Dios comprende este anuncio de paz y se convierte en su artífice, construyéndola con sus propias manos (cf. Mt 5,9).
La paz, en efecto, no es una teoría que deba verificarse en un laboratorio, ni una ingenua ilusión, ni un asunto que se gestione por interés. Cuando se busca con corazón sincero, es más bien un compromiso cotidiano de nuestra vida: brota de la justicia y del amor, como una armonía que une a las personas, las familias, las comunidades y los pueblos. También en este tiempo de tensiones y conflictos, la paz se vuelve posible cuando se quiere escuchar el grito de quienes se ven privados de ella: niños inocentes, madres y padres angustiados, prisioneros maltratados, refugiados y personas que sufren de toda edad. Todos ellos tienen una sola palabra en los labios: paz.
Nosotros lo sabemos: la paz es siempre posible porque es un don de Dios. Esta paz, su paz, tiene el rostro de Jesucristo, el Hijo de Dios, que en su vida entregada por nosotros reconcilió el cielo y la tierra. Como escribe el apóstol san Pablo: «Él es nuestra paz» (Ef 2,14), Aquel que derriba los muros de la enemistad, vence la arrogancia con la humildad y rescata del pecado a toda la creación.
Cuando el Señor Jesús está con nosotros y nos comportamos como verdaderos discípulos de su amor, entonces el Espíritu Santo puede realizar aquello que humanamente parece imposible. Cuando, por el contrario, nos alejamos de Dios, nos alejamos también del hombre, de nuestro prójimo, permaneciendo indiferentes a su dolor. Cada vez que volvemos al Señor, su paz se convierte en nuestro compromiso, según las tareas y responsabilidades de cada uno.
Nuestra oración se convierte así en misión y profecía: no deberá haber más llanto de inocentes en nuestras ciudades; nadie deberá huir de su hogar por la amenaza de las bombas; la ambición de poder y la violencia de las palabras dejarán paso a la sed de justicia y de verdad. Pero cada uno puede y debe hacer su parte, comenzando por cosas pequeñas pero importantes, absteniéndose de toda violencia verbal o física, en la vida cotidiana y también en las redes sociales.
Queridos hermanos y hermanas, la verdadera paz comienza en un corazón que ama; se testimonia con labios que pronuncian palabras de reconciliación; se refleja en ojos que miran al mundo con mansedumbre y sabiduría. Esta es la verdadera fuerza: la fuerza de la verdad y del amor.
¡Dios busca constructores de paz! Que nuestra Santísima Madre nos ayude a responderle cada día nuestro «aquí estoy», no con palabras, sino con hechos.