El obispo benedictino Marian Eleganti, ex auxiliar de la diócesis suiza de Coira, ha ofrecido una reflexión en primera persona sobre los profundos cambios vividos en la Iglesia en las últimas décadas, desde su infancia como monaguillo hasta su ministerio episcopal.
En una entrevista concedida a AdVaticanum, Eleganti recorre su propia trayectoria vital y sacerdotal, marcada por la transición entre la liturgia tradicional y la reforma posterior al Concilio Vaticano II, así como por su experiencia pastoral en una Europa cada vez más secularizada.
De la infancia en el rito tradicional a la reforma litúrgica
Nacido en 1955, Eleganti recuerda con claridad sus primeros años sirviendo como monaguillo en la liturgia tradicional. Aquella experiencia, afirma, configuró su sensibilidad espiritual desde muy joven. El paso al nuevo rito no fue, en su caso, una cuestión abstracta, sino una transformación concreta que vivió en primera persona.
Describe ese momento como “una reconstrucción más bien violenta y provisional de la Santa Misa”, en la que —según señala— se produjeron “grandes pérdidas” en elementos como las oraciones, los gestos o la orientación hacia Dios. Esa vivencia le permite hoy comprender por qué muchos jóvenes se sienten atraídos por el rito antiguo.
“El atractivo de la liturgia antigua está en su centralidad en Dios o en Cristo, y no en la comunidad”, explica. A ello añade otros elementos que, según su experiencia, responden a una necesidad espiritual profunda: “la reverencia palpable ante el Dios trascendente”, el silencio que remite al Apocalipsis o la belleza de los signos litúrgicos, desde el canto gregoriano hasta el conjunto del santuario.
Sin embargo, lejos de caer en un reduccionismo formal, matiza con una afirmación que sintetiza su experiencia interior: “No soy devoto porque me arrodille; me arrodillo porque soy devoto”. La forma, insiste, no sustituye a la fe, pero puede ayudar a expresarla o, por el contrario, diluirla.
Una trayectoria marcada por decisiones personales
La vida de Eleganti no ha estado exenta de tensiones. Su paso por el episcopado suizo estuvo marcado por decisiones que reflejan una fidelidad a la conciencia por encima de dinámicas mayoritarias.
En 2018 renunció a su responsabilidad en la pastoral juvenil de los obispos suizos tras desacuerdos en el Sínodo de los Jóvenes. Más tarde, en 2021, presentó su dimisión como obispo auxiliar a los 65 años, una década antes de lo habitual. Estas decisiones no aparecen en la entrevista como episodios aislados, sino como parte de una coherencia vital.
Su figura se ha caracterizado precisamente por esa claridad, que le ha llevado a abordar cuestiones sensibles con franqueza, incluso a costa de tensiones dentro del propio ámbito eclesial.
La experiencia pastoral ante el declive de la fe
Desde su experiencia directa como sacerdote y obispo, Eleganti ofrece un diagnóstico sin matices sobre la situación espiritual de Europa. En el caso concreto de Suiza, habla de una fe débilmente arraigada, más cultural que vivida.
“Muchos han sido bautizados, pero nunca han llegado a ser verdaderos discípulos de Cristo”, afirma. No lo plantea como un juicio moral, sino como una constatación pastoral.
A su juicio, el problema de fondo es más profundo que cualquier reforma concreta: “El peor de los males es la irrelevancia práctica de Dios en nuestra sociedad”. Es decir, no se trata solo de una crisis de prácticas religiosas, sino de una pérdida de Dios como referencia real en la vida cotidiana.
Este vacío, advierte, ha sido ocupado por ideologías que han sustituido al cristianismo sin ofrecer una alternativa sólida, generando una transformación cultural que afecta directamente a la vida de la Iglesia.
La renovación desde lo vivido
Frente a este panorama, Eleganti no propone estrategias abstractas, sino caminos que nacen de su propia experiencia pastoral. Su propuesta es sencilla en su formulación, pero exigente en su contenido: volver al centro.
“Como párroco, comenzaría celebrando la Santa Misa lo más profundamente y bellamente posible, acompañada de una breve catequesis”, explica. A partir de ahí, describe una vida parroquial que brota de la liturgia: encuentro entre familias, amistad, formación y comunidad.
“La Iglesia comienza a renovarse cuando la Santa Misa ocupa el centro de la vida”, insiste. Y añade una imagen significativa: “Si el sacerdote es una esposa enamorada, la comunidad que se reúne a su alrededor pronto será igual”. Para Eleganti, la renovación no se impone desde estructuras, sino que nace de la vivencia auténtica de la fe.
Un testimonio que atraviesa décadas de cambios
El itinerario de Eleganti —desde monaguillo en el rito tradicional hasta obispo en una Iglesia marcada por la secularización— le permite ofrecer una mirada que integra memoria, experiencia y juicio crítico.
No habla desde la teoría, sino desde décadas de vida sacerdotal en las que ha visto transformarse la liturgia, la práctica religiosa y la cultura cristiana en Europa. Esa experiencia le lleva a una conclusión clara: sin la centralidad de Dios, sin la coherencia doctrinal y sin una vida sacramental vivida con profundidad, la Iglesia pierde su capacidad de renovar la vida de los fieles.
Su testimonio, en definitiva, no es solo una reflexión sobre el pasado, sino una advertencia sobre el presente y una llamada a recuperar lo esencial.