Toda una galería de políticos y opinadores que llevan décadas trabajando contra Cristo y su Iglesia se han descubierto hoy como paladines del papado. Gente que legisla contra la ley natural, que inyecta la ideología de género en las escuelas, que persigue a los objetores de conciencia y ridiculiza a los católicos a la menor oportunidad, de pronto anda muy preocupada por la dignidad del Santo Padre.
Pero hay que decirlo claro: son anticristos. No en el sentido apocalíptico del término (aunque a veces lo parezca), sino en el más llano y cotidiano: gente que vive, legisla y gobierna contra Cristo. Odian lo que Cristo enseña. Trabajan de manera incansable para borrar Su huella de la vida pública. Hoy, porque les viene bien darle una colleja a Trump, se envuelven en la bandera del papa como quien se pone un disfraz para carnaval. Pero no defienden al papa; le utilizan.
Junto a ellos han aparecido los savonarolas de guardia. Meapilas que han visto el meme y han proclamado que Trump ha cometido una «blasfemia escandalosa».
Cálmense. Abran el Catecismo y busquen las condiciones del pecado mortal: materia grave, pleno conocimiento y pleno consentimiento. La intención blasfema, ese acto deliberado de odio o desprecio a Dios que constituye la blasfemia en sentido propio, no se ve por ninguna parte. La grosería no es blasfemia. La estupidez no es blasfemia. Hace falta dirigir contra Dios un acto de la voluntad que exige, como mínimo, saber lo que uno está haciendo. Trump no se estaba pronunciando sobre Dios. Estaba haciendo una broma, que es muy distinto.
Lo blasfemo no es un meme borrado. Lo blasfemo es ponerse literalmente en el lugar de Dios, no en una imagen creada con un inteligencia artificial, sino en la legislación, en el discurso, en la pretensión demencial de rediseñar la naturaleza humana. Cuando prometen «salvar el planeta». Cuando se arrogan la potestad de decidir qué es un hombre y qué es una mujer. Cuando legislan como si no existiese ley alguna por encima del Boletín Oficial del Estado. Ahí sí se está intentando usurpar el trono de Dios. Y eso lo hacen todos esos nuevos defensores del papa todos los días. Con pleno conocimiento, pleno consentimiento y materia gravísima.
En cuanto a la discusión política, hay una regla sencilla. Al papa hay que hacerle caso en lo doctrinal: cuando enseña sobre fe y moral, cuando transmite lo que la Iglesia ha enseñado siempre y cuando habla como sucesor de Pedro. A los anticristos no hay que hacerles caso nunca. Ni cuando atacan al papa ni cuando le defienden. Especialmente cuando le defienden. Porque cuando un personaje como Pedro Sánchez sale en defensa del Vicario de Cristo, la pregunta no es qué ha hecho Trump. La pregunta es qué están tramando ellos.
Artículo publicado originalmente en Fruslerías.