La corresponsal de COPE obsequia a León XIV un fragmento de cayuco

La corresponsal de COPE obsequia a León XIV un fragmento de cayuco

La escena se produjo a bordo del avión papal durante el viaje oficial a Argelia: la corresponsal de COPE, Eva Fernández, entregó al Papa León XIV un fragmento de un cayuco naufragado. El objeto, incluso decorado con ciertos motivos que lo hacen visualmente atractivo, fue presentado como un símbolo de la tragedia migratoria. La imagen, cuidadosamente construida, ha circulado como gesto de sensibilidad. Pero lo que encierra es mucho más problemático de lo que aparenta.

Ese trozo de madera no es un vestigio neutro ni una reliquia emocional. Forma parte de una infraestructura criminal. Es el resto material de una cadena organizada por redes de tráfico de personas que operan con lógica empresarial: captan, cobran, trasladan y, en demasiadas ocasiones, abandonan a quienes pagan por un trayecto que termina en el mar. Convertir ese objeto en símbolo estético implica una operación de distorsión. Se separa el fragmento de su contexto real —la explotación— y se reinterpreta bajo una narrativa que lo vuelve aceptable, incluso conmovedor.

El problema no es el objeto en sí, sino lo que se decide contar a través de él y, sobre todo, lo que se omite. No hay rastro de las mafias en ese relato, ni de su funcionamiento, ni del incentivo económico que sostiene el sistema. Tampoco aparece la dimensión coactiva, ni el engaño, ni el coste humano más allá de una abstracción difusa. El resultado es una simplificación que desactiva cualquier lectura crítica y convierte una evidencia de delito en un símbolo emocionalmente rentable.

Si se trasladara ese mismo esquema a otros contextos, la reacción sería inmediata. Nadie aceptaría como gesto humanitario un fragmento de una narcolancha o de un túnel clandestino utilizado para vulnerar fronteras. En esos casos, el vínculo con la actividad delictiva no se diluye. Aquí, en cambio, se introduce una excepción: el objeto deja de remitir a la estructura que lo produce y pasa a integrarse en un relato que lo ennoblece.

Esa transformación no es inocua. Construye un imaginario donde las rutas ilegales pierden su condición de circuito controlado por organizaciones criminales y adquieren una pátina de legitimidad moral. Ese desplazamiento conceptual tiene efectos prácticos. Refuerza la percepción de que el viaje, pese al riesgo, posee una justificación previa que lo convierte en algo más que una decisión desesperada: lo acerca a una forma de reivindicación.

Las consecuencias son conocidas y verificables. A mayor normalización simbólica de estas rutas, mayor flujo, mayor rentabilidad para las mafias y, en último término, mayor número de muertes en el mar. La estetización del objeto contribuye a ese proceso porque elimina el elemento disuasorio y lo sustituye por una narrativa emocional que simplifica el fenómeno hasta hacerlo irreconocible.

En este contexto, el papel de quien construye y difunde la escena resulta determinante. No se trata de un gesto privado, sino de una imagen proyectada desde un entorno de máxima visibilidad institucional. La elección del símbolo, el momento y la forma responden a una lógica comunicativa concreta. Y esa lógica, bajo apariencia humanitaria, evita enfrentarse al núcleo del problema: la existencia de redes organizadas que dependen precisamente de que sus métodos no sean percibidos como lo que son.

El resultado final es una narrativa eficaz en términos emocionales, pero profundamente irresponsable en términos reales. Mientras se eleva a categoría simbólica un fragmento de cayuco, se diluye la responsabilidad de quienes lo ponen en el agua. Y sin esa estructura, ese objeto no tendría ningún significado.

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