El cardenal Ravasi acusa a Trump de racista, equipara sus políticas con las persecuciones en Roma y se declara progresista

El cardenal Ravasi acusa a Trump de racista, equipara sus políticas con las persecuciones en Roma y se declara progresista
Cardenal Gianfranco Ravasi

El cardenal Gianfranco Ravasi, quien fuera presidente del Pontificio Consejo de la Cultura entre 2007 y 2022 y una de las figuras intelectuales más conocidas del Vaticano en las últimas décadas, ha concedido una entrevista a La Vanguardia que ha provocado una inmediata controversia por el contenido de sus declaraciones y por el tono abiertamente político de muchas de ellas.

Durante la conversación, Ravasi se define sin rodeos en el plano ideológico. A la pregunta sobre su posición política responde de forma escueta y directa: “¿Política? Progresista”. A partir de ahí, el cardenal entra de lleno en el debate migratorio y carga contra el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con una formulación igualmente tajante: “Perseguir a inmigrantes, como hace Trump, es anticristiano”.

Ravasi refuerza esa idea con una comparación histórica especialmente llamativa. “Perseguir a personas es anticristiano, igual que lo fue perseguir a los cristianos hace dos mil años en aquella Roma”, afirma en la entrevista. Y remacha su valoración con otra frase todavía más explícita: “Una política racista, diría yo”.

La entrevista incluye además una referencia al pasado político italiano que también ha llamado la atención. Ravasi asegura: “Añoro, personalmente, la clásica democracia cristiana, una tradición italiana que era muy benéfica”. Junto a ello, resume su visión general con otra expresión significativa: “Creo en Dios, y Dios es humanista”.

Una visión política envuelta en lenguaje religioso

Las palabras de Ravasi tienen interés por sí mismas, pero todavía lo tiene más el marco mental que revelan. No se trata simplemente de un cardenal que opina sobre la actualidad. Se trata de una manera de hablar y de pensar que ha marcado durante décadas a una parte relevante de la jerarquía eclesiástica europea. Una manera de interpretar la realidad en la que las categorías políticas modernas terminan imponiéndose sobre el lenguaje propio de la fe.

En Ravasi aparece con claridad ese reflejo casi automático por el que una cuestión política compleja queda reducida a una fórmula moral inmediata. Todo se simplifica en una cadena muy reconocible: si una política migratoria se juzga severa, entonces pasa a definirse como persecución; si se la define como persecución, entonces se la presenta como anticristiana; y, a partir de ahí, la discusión desaparece porque ya no queda espacio para el análisis prudencial, sino solo para la condena.

Ese modo de razonar no distingue entre la dignidad que merece toda persona y el derecho de los Estados a controlar sus fronteras. No diferencia entre una crítica moral concreta y una descalificación total. Y sobre todo no ayuda a pensar, porque sustituye el juicio por la etiqueta.

La banalización de la historia

La comparación con las persecuciones de la Roma antigua dice mucho de este estilo intelectual. Colocar en el mismo plano el martirio de los primeros cristianos y las políticas contemporáneas de inmigración no engrandece, es imprudente y confuso. Las persecuciones romanas fueron una represión religiosa sistemática, con sangre, coacción y muerte. Utilizarlas como recurso retórico para comentar decisiones gubernamentales actuales revela una tendencia muy extendida en cierto catolicismo progresista: usar la historia sagrada como depósito de imágenes impactantes al servicio de causas políticas del presente.

Cuando todo puede llamarse persecución, la persecución deja de significar algo preciso. Cuando toda discrepancia fuerte se convierte en un drama moral absoluto, el lenguaje pierde rigor y se vuelve propaganda.

La nostalgia de una vieja ruina italiana

Otra frase reveladora de la entrevista es la que dedica a la vieja Democracia Cristiana italiana. Ravasi la añora y la presenta como una tradición “muy benéfica”. Esa nostalgia retrata a toda una generación. Porque la Democracia Cristiana que algunos siguen evocando con sentimentalismo no fue solo el partido que dominó Italia durante décadas; fue también la democracia cristiana del divorcio, del aborto y de la corrupción.

Fue la democracia cristiana incapaz de ofrecer una resistencia política real y duradera a la secularización moral de Italia. Fue la democracia cristiana que administró el poder durante años mientras el país se deslizaba hacia una legislación cada vez más ajena a la ley natural. Fue también la democracia cristiana corroída por el clientelismo, los pactos de aparato y una corrupción tan extendida que terminó arrastrando por completo el sistema político italiano en los años noventa.

Presentar ese legado como una tradición benéfica sin añadir una sola sombra no es un descuido, es la memoria selectiva de quienes siguen identificando moderación política con virtud.

Una generación clave para entender la crisis

La entrevista de Ravasi sirve, en el fondo, para entender algo más amplio que sus propias palabras. Ayuda a reconocer la ideología de una generación de cardenales octogenarios formada en el clima cultural de la posguerra europea, fascinada por el diálogo con la modernidad y convencida de que la Iglesia debía traducirse continuamente al lenguaje del mundo para seguir siendo escuchada.

De esa operación salió una síntesis inestable. En lugar de convertir al mundo, muchos de ellos acabaron adoptando sus categorías. En lugar de ofrecer una mirada cristiana sobre la política, terminaron ofreciendo una política con vocabulario cristiano. En lugar de custodiar con firmeza un juicio moral propio, asumieron como obvias muchas de las premisas del progresismo europeo, aunque ese mismo progresismo haya trabajado de forma sistemática contra pilares esenciales de la civilización cristiana.

Por eso estas declaraciones importan. No son una extravagancia aislada ni una simple salida de tono. Son el reflejo de una mentalidad que ha tenido peso real en la Iglesia y que todavía ayuda a explicar muchos de sus equívocos actuales. Una mentalidad que habla mucho de dignidad, de humanidad y de apertura, pero que con frecuencia ha sido incapaz de reconocer el precio doctrinal, moral y cultural de esa adaptación continua.

Entender a estos cardenales es entender una parte decisiva de la crisis eclesial contemporánea. Porque en ellos se ve con nitidez una forma de catolicismo envejecida, políticamente previsible, dócil ante los esquemas dominantes y sorprendentemente indulgente con los grandes fracasos históricos de la democracia cristiana europea. Y también porque, al oírlos hablar, se percibe hasta qué punto una parte de la jerarquía ha confundido durante demasiado tiempo el Evangelio con la sensibilidad ideológica de una época.

Ravasi no improvisa. Mantiene una línea.

En 2016 no negó la incompatibilidad formal entre Iglesia y masonería, pero la vació de contenido práctico. Habló de “valores comunes”, pidió superar prejuicios y se dirigió a los masones como “queridos hermanos”. El gesto no era inocuo. Introducía un marco: la verdad doctrinal queda en segundo plano frente al diálogo cultural.

Diez años después, ese marco se hace explícito en el lenguaje.

Primero, la frase: “Dios es humanista”. No es retórica periodística. Es una inversión conceptual. El cristianismo clásico es teocéntrico: Dios es el fin, el hombre está ordenado a Él. El humanismo moderno, en cambio, toma al hombre como medida. Si Dios es definido como “humanista”, deja de ser el absoluto trascendente y pasa a ser interpretado desde categorías humanas. Es la traducción teológica de aquel “valores comunes” de 2016: si el centro ya no es Dios sino el hombre, la distancia con sistemas como la masonería —que son explícitamente humanistas— se reduce hasta volverse irrelevante.

Segundo, la afirmación sobre María Magdalena: “discípula predilecta” y “sabía”. Aquí el problema no es frontal, sino más sutil.

El Evangelio no llama a Magdalena “predilecta”. Es testigo privilegiado de la Resurrección, sí, pero no ocupa ese lugar afectivo-teológico que la tradición ha reservado al discípulo amado. Introducir esa categoría altera la jerarquía interna del relato evangélico sin base textual.

La coletilla “y sabía” añade otra capa. No define qué sabía. Sugiere un conocimiento especial. Ese lenguaje encaja con lecturas gnósticas donde Magdalena posee una revelación superior frente a los apóstoles. La Iglesia ha rechazado sistemáticamente esas interpretaciones. Ravasi no las afirma, pero abre la puerta.

La conexión con 2016 es directa. Entonces proponía diálogo con la masonería sobre la base de “valores comunes”. Hoy utiliza categorías —humanismo teológico, ambigüedad sobre conocimiento reservado— que son compatibles con ese terreno común. No niega la doctrina. La rodea, la diluye y la reinterpreta.

El patrón es estable: desplazamiento del lenguaje preciso hacia fórmulas abiertas que permiten convergencias donde antes había incompatibilidad.

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