León XIV: «La Iglesia es el pueblo de Dios reunido por la fe en Cristo»

León XIV: «La Iglesia es el pueblo de Dios reunido por la fe en Cristo»

El papa León XIV centró la audiencia general de este miércoles en la identidad de la Iglesia como “pueblo de Dios”, retomando su ciclo de catequesis dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II y, en particular, a la constitución dogmática Lumen gentium.

Ante miles de peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, el Pontífice explicó que la Iglesia nace de la iniciativa salvadora de Dios en la historia y se fundamenta en la fe en Cristo, que reúne a hombres y mujeres de todas las naciones en un único pueblo.

Durante la audiencia, el Papa también lanzó un llamamiento a rezar por la paz en Irán y en todo Oriente Medio, recordando especialmente a las numerosas víctimas civiles, entre ellas muchos niños.

Dejamos a continuación el mensaje completo de León XIV:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuando la reflexión sobre la Constitución dogmática Lumen gentium (LG), hoy nos detenemos en el segundo capítulo, dedicado al Pueblo de Dios.

Dios, que ha creado el mundo y a la humanidad y que desea salvar a cada hombre, realiza su obra de salvación en la historia eligiendo un pueblo concreto y habitando en él. Por eso, llama a Abraham y le promete una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar (cf. Gen 22,17-18). Con los hijos de Abraham, después de haberlos liberado de la condición de esclavitud, Dios establece una alianza, los acompaña, cuida de ellos y los reúne cada vez que se extravían. Por tanto, la identidad de este pueblo está dada por la acción de Dios y por la fe en Él. Está llamado a convertirse en luz para las demás naciones, como un faro que atraerá hacia sí a todos los pueblos, a toda la humanidad (cf. Is 2,1-5).

El Concilio afirma que «todo esto sucedió en preparación y figura de aquella nueva y perfecta alianza que debía concluirse en Cristo, y de aquella revelación más plena que debía ser transmitida por el mismo Verbo de Dios hecho hombre» (LG, 9). Es, en efecto, Cristo quien, en el don de su Cuerpo y de su Sangre, reúne en sí mismo y de manera definitiva a este pueblo. Este está formado ya por personas provenientes de cualquier nación; está unificado por la fe en Él, por la adhesión a Él, por vivir de su misma vida animados por el Espíritu del Resucitado. Esta es la Iglesia: el pueblo de Dios que obtiene su existencia del cuerpo de Cristo [1] y que es él mismo cuerpo de Cristo; [2] no un pueblo como los demás, sino el pueblo de Dios, convocado por Él y formado por mujeres y hombres provenientes de todos los pueblos de la Tierra. Su principio unificador no es una lengua, una cultura o una etnia, sino la fe en Cristo: la Iglesia es por tanto —según una hermosa expresión del Concilio— «la asamblea de aquellos que miran con fe a Jesús» (LG, 9).

Se trata de un pueblo mesiánico, precisamente porque tiene por cabeza a Cristo, el Mesías. Quienes forman parte de él no presumen de méritos o títulos, sino solo del don de ser, en Cristo y por medio de Él, hijas e hijos de Dios. Antes de cualquier tarea o función, por tanto, lo que realmente cuenta en la Iglesia es estar injertados en Cristo, ser por gracia hijos de Dios. Este es también el único título honorífico que deberíamos buscar como cristianos. Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y para vivir como sus hijos y como hermanos entre nosotros. En consecuencia, la ley que anima las relaciones en la Iglesia es el amor, tal como lo recibimos y lo experimentamos en Jesús; y su meta es el Reino de Dios, hacia el cual ella camina junto con toda la humanidad.

Unificada en Cristo, Señor y Salvador de todo hombre y mujer, la Iglesia nunca puede replegarse sobre sí misma, sino que está abierta a todos y es para todos. Si pertenecen a ella los creyentes en Cristo, el Concilio nos recuerda que «todos los hombres están llamados a formar el nuevo pueblo de Dios. Por tanto, este pueblo, permaneciendo uno y único, debe extenderse a todo el mundo y a todos los siglos, para que se cumpla el designio de la voluntad de Dios, que en el principio creó la naturaleza humana una, y quiere reunir a sus hijos, que estaban dispersos» (LG, 13). Incluso quienes aún no han recibido el Evangelio están, de algún modo, orientados hacia el pueblo de Dios y la Iglesia, cooperando con la misión de Cristo, está llamada a difundir el Evangelio en todas partes y a todos (cf. LG, 17), para que cada uno pueda entrar en contacto con Cristo. Esto significa que en la Iglesia hay y debe haber lugar para todos, y que cada cristiano está llamado a anunciar el Evangelio y a dar testimonio en cada ambiente en el que vive y trabaja. Así es como este pueblo manifiesta su catolicidad, acogiendo las riquezas y los recursos de las diversas culturas y, al mismo tiempo, ofreciéndoles la novedad del Evangelio para purificarlas y elevarlas (cf. LG, 13).

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[1] Cf. J. Ratzinger, El nuevo pueblo de Dios, Brescia 1992, 97.

[2] Cf. Y. M.-J. Congar, Un pueblo mesiánico, Brescia 1976, 75.

[3] Cf. H. de Lubac, Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, Milán 1992, 222.

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