Hay nombramientos que explican solos el concepto de “unidad” que maneja Roma. León XIV ha decidido confiar el diálogo con la Fraternidad San Pío X al cardenal Víctor Manuel Fernández, conocido universalmente como «Tucho». Y no, no es una broma ni una provocación irónica: es la decisión oficial en el momento más delicado de las relaciones con la FSSPX en décadas.
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Conviene detenerse un segundo y mirar el cuadro completo. La Fraternidad anuncia consagraciones episcopales por considerar bloqueada la continuidad sacramental. Roma responde designando como interlocutor único al prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe que ha pasado a la historia reciente por su teología creativa, su sensibilidad marcadamente luterana en materia moral y su firma en uno de los documentos marianos más desfigurados de los últimos tiempos, aquel Mater populi fidelis que logró convertir la devoción a la Virgen en un ejercicio sociológico.
Si alguien en la FSSPX se siente ofendido, no será por falta de sentido del humor. Porque si el objetivo era tranquilizar, generar confianza doctrinal y mostrar respeto por la sensibilidad teológica de la Fraternidad, cuesta imaginar una elección peor. Es como enviar a un activista vegano a negociar con una cofradía de carniceros y luego sorprenderse de que no haya química.
Roma insiste en la palabra “diálogo”, pero vuelve a confundir diálogo con pedagogía unilateral. La designación de Fernández no sugiere voluntad de entender, sino voluntad de reconducir. No suena a “vamos a escuchar”, sino a “vamos a explicarles, una vez más, por qué están equivocados”. Y todo ello, además, sin prisas. Treinta años negociando y ahora conviene ir despacio. La ironía se escribe sola.
Resulta particularmente llamativo que este diálogo se confíe al mismo personaje que encarna, para buena parte del mundo tradicional, exactamente aquello de lo que quieren ser protegidos: ambigüedad doctrinal, sentimentalismo pastoral y una alergia casi patológica a las definiciones claras. Luego se habla de unidad, como si la unidad se construyera colocando al frente de la negociación a quien simboliza la ruptura.
Dicho esto, conviene no absolutizar nada. La historia eclesial está llena de acuerdos improbables, giros inesperados y reconciliaciones que parecían imposibles el día anterior. Cosas más raras se han visto. No sería la primera vez que un proceso mal planteado acaba desembocando, por pura necesidad, en una solución razonable. La esperanza, aunque fatigada, no está formalmente prohibida.
Pero si este es el método, sería bueno aplicarlo con coherencia en otros frentes. Para negociar con el Partido Comunista Chino, nada más lógico que poner al cardenal Joseph Zen al frente de la mesa. Y para negociar con Pedro Sánchez sobre el Valle de los Caídos, esperamos que Roma envíe a los curas de sacristía de la Vendée, los mismos que saben lo que pasa cuando el poder decide reeducar a la Iglesia.
Luego no hablemos de incomprensión. A veces no es que el mensaje no llegue. Es que el mensajero lo hace imposible.