Conviene dejarse de fingimientos piadosos. Lo que ha pasado con la Fraternidad San Pío X no es un accidente, ni un arrebato repentino, ni una “huida hacia adelante”. Es el desenlace lógico de una estrategia romana perfectamente reconocible: ganar tiempo, estirar las conversaciones, posponer decisiones y confiar en que la biología hiciera el trabajo sucio. Cuatro obispos consagrados por Lefebvre, cada vez más ancianos. Un cálculo sencillo: esperar a que mueran y, muerto el perro, se acabó la rabia.
Durante treinta años se ha negociado sin negociar. Reuniones, cartas, comisiones, gestos amables, declaraciones ambiguas, silencios prolongados. Mucho movimiento, ningún avance estructural. Ni una solución canónica estable. Ni una garantía sacramental sólida. Ni un marco jurídico que no pudiera ser revertido por el siguiente burócrata con firma delegada. Todo provisional, todo condicionado, todo reveconsagraciones episcopales de 1988rsible. La especialidad de la casa.
Roma no quería resolver el “problema FSSPX”; quería administrarlo hasta su extinción natural. Y eso explica la paciencia infinita, la cordialidad sin frutos y la negativa sistemática a afrontar el núcleo real del asunto: la continuidad objetiva del ministerio episcopal y sacramental para una realidad viva, creciente y con vocaciones reales. Mientras tanto, se repetía el mantra de siempre: esperen, confíen, ya veremos, ahora no es el momento.
El problema de los trucos dilatorios es que funcionan solo mientras el otro no los detecta. Y la Fraternidad, con razón o sin ella, ha terminado por ver la trampa. Ha entendido que no había horizonte, solo aplazamiento. Que no había voluntad de integración real, sino gestión burocrática del desgaste. Que la mesa de diálogo era una cinta de correr: mucho esfuerzo, ningún desplazamiento.
Llegados a ese punto, la decisión de ir “por la calle de en medio” no es heroica ni ejemplar, pero sí comprensible. Cuando llevas tres décadas esperando una solución que nunca llega, cuando ves cerrar cauces, bloquearse sacramentos y depender todo de permisos revocables, la apelación abstracta a la paciencia empieza a sonar a burla. Nadie está obligado a colaborar indefinidamente en su propia asfixia.
No me gusta la decisión. Tiene riesgos objetivos y consecuencias serias. Pero tampoco me siento con autoridad moral para juzgar a quienes han negociado durante treinta años sin obtener nada sustancial a cambio. Al otro lado no había pastores con visión, sino trileros administrativos: mover el cubilete, distraer la mirada, prometer que la bolita sigue ahí mientras nunca aparece.
La Fraternidad ha dejado de creer en el juego. Y cuando alguien abandona una partida amañada, el problema no es que se levante de la mesa, sino que la mesa llevaba décadas preparada para que nadie ganara nunca.