Cómo prohibir a la FSSPX lo que se permite al Partido Comunista Chino: doctrina de la tolerancia selectiva

Cómo prohibir a la FSSPX lo que se permite al Partido Comunista Chino: doctrina de la tolerancia selectiva

Mientras se lamenta que una fraternidad sacerdotal católica consagre obispos para garantizar sacramentos a fieles católicos, el Partido Comunista Chino —ateo, materialista y oficialmente hostil a la fe— lleva años ordenando obispos a su conveniencia, saltándose incluso el ya de por sí lamentable acuerdo firmado con Roma. Y no pasa nada. O, mejor dicho, pasa exactamente lo contrario: se sonríe, se dialoga, se renueva la confianza y se amplía el margen de tolerancia.

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La pregunta no es retórica, es jurídica y moral. Si el régimen comunista puede imponer obispos sin mandato pontificio y seguir siendo tratado como interlocutor válido, ¿con qué lógica se aplicará un criterio más severo a una fraternidad que no niega dogmas, no predica sedevacantismo y no responde a un comité central marxista, sino a una concepción —discutible, sí— de necesidad sacramental objetiva?

La Iglesia contemporánea ha desarrollado una teología práctica curiosa: la desobediencia se tolera cuando viene acompañada de poder político y se sanciona cuando procede de una estructura eclesial incómoda. El problema no es la consagración sin mandato; el problema es quién la hace. Cuando el que ordena es el Partido Comunista, se habla de “contexto complejo”. Cuando el que ordena es la FSSPX, se habla de “ruptura”. La diferencia no es teológica: es geopolítica.

Resulta difícil explicar a un fiel por qué Pekín puede producir obispos funcionales al régimen y seguir en diálogo privilegiado con Roma, mientras que una fraternidad nacida precisamente por el colapso doctrinal y litúrgico posterior al Concilio es tratada como una amenaza al orden eclesial. Más difícil aún cuando esos fieles ven cerrarse parroquias tradicionales, prohibirse confirmaciones, bloquearse ordenaciones y suspenderse apostolados enteros por simple decisión administrativa.

La Fraternidad no ha actuado en el vacío. Ha actuado en un contexto donde Roma escucha mucho, promete poco y garantiza casi nada. Y cuando el acceso estable a los sacramentos depende del humor del obispo de turno, las decisiones dejan de ser ideológicas para convertirse en decisiones de supervivencia pastoral. No es bonito. No es ideal. Pero tampoco es incomprensible.

Si el criterio último es la tolerancia pragmática para evitar males mayores, entonces conviene aplicarlo con coherencia. Si se acepta que el Partido Comunista Chino nombre obispos para no perder un canal de diálogo, resulta intelectualmente deshonesto escandalizarse porque una fraternidad católica consagre obispos para no dejar a sus fieles sin confirmaciones ni ordenaciones. La vara de medir no puede depender del color de la bandera.

Quizá el problema no sea la FSSPX. Quizá el problema sea haber enseñado, con hechos reiterados, que la autoridad ya no se ejerce gobernando, sino administrando excepciones. Y cuando las excepciones se convierten en norma, otros aprenden la lección. Algunos con carné del Partido. Otros con sotana.

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