Por Robert Royal
En su discurso a los obispos estadounidenses durante su reunión anual en Baltimore la semana pasada, el cardenal Christophe Pierre, nuncio apostólico en Estados Unidos, sostuvo —casi hasta la obsesión— que el Concilio Vaticano II debe considerarse la guía para el presente y el futuro de la Iglesia. Y el Concilio, dejó claro, tal como ha sido interpretado recientemente por el Papa Francisco. (“El Papa Leo también está convencido de esto”). Fue una afirmación audaz, aunque dudosa, dada la bien documentada capacidad de los teólogos para discrepar. Incluso los más progresistas de entre ellos podrían encontrar razones para cuestionar cualquier intento de “controlar el relato”. De hecho, el cardenal fue más allá, entrando en un terreno aún más difícil —Roma debió haber aprobado todo esto de antemano— al afirmar que “ahora habitamos el mundo que el Concilio previó.” Es revelador —volveremos sobre ello— que Pierre sintiera que tenía que insistir tan fuertemente ante los obispos estadounidenses, lo que implica que sabe que no están tan de acuerdo.
Ahora bien, muchos católicos comprometidos hoy tienden a prestar demasiada atención a declaraciones pasajeras del Papa o de la curia. (Mea culpa…) Y, tristemente, a veces “cancelan” a otros igual que los maníacos de las redes sociales. Sin embargo, lo más importante que ocurre en la superficie de la Tierra cualquier día puede no ser un gran asunto político o eclesial, sino un sacerdote ayudando a alguien a morir reconciliado con Dios y la familia. O quizá una persona humilde y desconocida entrando en el camino de convertirse en el ser humano que Dios quiso que fuéramos, alguien que realmente hará una diferencia en el mundo, es decir, un santo.
Aun así, las verdades menores también importan porque la verdad es uno de los nombres divinos. Como podría decirle cualquier observador imparcial al cardenal, nadie en los años sesenta —y mucho menos los obispos reunidos en Roma— tenía una idea clara del mundo que actualmente “habitámos”. No beneficia en nada los logros reales de los Padres conciliares de entonces, ni a nuestra Iglesia confundida de hoy, hacer afirmaciones que probablemente ninguno de ellos habría hecho. No es sólo cuestión de nuestro valiente mundo nuevo de smartphones, Internet e IA, aunque ya son lo bastante significativos y amenazantes. Vivimos en medio de confusiones sin precedentes sobre el valor de la vida humana y la naturaleza de las sociedades humanas, por encima de los problemas antiguos del pecado y la incredulidad.
En los años sesenta, por poner un ejemplo crucial, Paul Ehrlich publicó un libro de enorme influencia, The Population Bomb, que predecía con total seguridad:
La batalla por alimentar a toda la humanidad ha terminado. En la década de 1970, cientos de millones morirán de hambre a pesar de cualquier programa de emergencia que se emprenda ahora. A estas alturas nada puede impedir un aumento sustancial en la tasa de mortalidad mundial.
Esto nunca ocurrió, por supuesto, pero muchos (incluyendo incluso a algunos en la Iglesia) que creían estar “siguiendo la Ciencia” exhortaron a adoptar programas radicales para reducir la tasa de natalidad (la anticoncepción parecía buena por múltiples razones en aquel tiempo) y, supuestamente, proteger el planeta… de la gente.
Aún escuchamos ecos de todo aquello, incluso ahora, en debates sobre si es moral tener hijos dado el impacto humano en la Tierra. Y Paul Ehrlich, para asombro de muchos, ha seguido siendo invitado en años recientes como “experto” a conferencias de entidades como la Pontificia Academia de Ciencias Sociales.
Hoy, por el contrario —inesperado para cualquiera en tiempos del Concilio— todos los países desarrollados del mundo están al borde de un acantilado demográfico. La gente, particularmente en Occidente, no está teniendo suficientes hijos para reemplazarse. Y los diversos sistemas que dependen de un número suficiente de trabajadores —la Seguridad Social, de modo destacado— afrontan futuros inciertos. Este es, dicho sea de paso, uno de los factores que impulsa la apertura de fronteras a una inmigración masiva, lo que puede o no ayudar, dependiendo de si los inmigrantes aportan a su nueva patria o se suman a las listas de dependientes —por no hablar de la perturbación social— como está ocurriendo con la inmigración masiva musulmana en el Reino Unido, Francia, Alemania y otros lugares.
Un cínico podría argumentar también que quizá los obispos estadounidenses esperan que la inmigración, especialmente desde la mayoritariamente cristiana América Latina, vuelva a llenar las bancas.
Más allá de todo esto, sin embargo, vale la pena observar que el cardenal Pierre sintió la necesidad de impulsar el Vaticano II, al estilo Francisco, ante nuestros obispos. Los obispos estadounidenses, salvo alguna excepción aislada, siguen siendo, en su gran mayoría, herederos de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Y aunque uno desearía más energía evangelizadora de ellos, como grupo están básicamente comprometidos a mantener la línea en temas de vida, matrimonio, familia y libertad religiosa. Esto no puede decirse de todas las conferencias episcopales, incluidas notablemente las italianas y alemanas.
Mientras tanto, el Papa Leo —al menos hasta ahora— parece haber tomado sus referencias de figuras como el cardenal Cupich de Chicago, quien representa una clara minoría entre la jerarquía estadounidense. El Papa incluso ha hablado de “problemas” entre los obispos americanos.
Y tiene razón, aunque quizá no en el sentido que él quiere decir. El pobre obispo Strickland, por ejemplo, el destituido obispo de Tyler, Texas, se levantó durante una sesión la semana pasada y señaló que el P. James Martin S.J. había recibido recientemente en la Iglesia y dado la Comunión a una prominente figura mediática masculina de Nueva York “casada” con otro hombre. Él pidió con toda razón que los obispos respondieran, como casi dos docenas hicieron públicamente cuando el cardenal Cupich trató de conceder un premio vitalicio al senador Dick Durbin, promotor del aborto y del “matrimonio homosexual”, porque era “bueno” en inmigración. Y respondieron —ignorándolo.
Varias cosas buenas salieron de la reunión de Baltimore. El arzobispo Paul Coakley de Oklahoma City fue elegido presidente. Como ha documentado nuestro amigo Phil Lawler, varias organizaciones de noticias lo han llamado un “guerrero cultural conservador”, algo que debería llevar como una insignia de honor, porque es firmemente provida, al igual que el arzobispo Sample de Portland, elegido para dirigir el Comité de Libertad Religiosa.
El obispo Daniel Flores de Brownsville fue elegido vicepresidente. Flores es básicamente una persona sólida —al menos eso es lo que se oye— aunque fue colocado en la difícil posición de ser el responsable estadounidense de la sinodalidad. También ha expresado opiniones algo extrañas sobre inmigración, diciendo en 2017 que detener a ilegales era “cooperación formal con un mal intrínseco”, como llevar a una persona a una clínica abortista.
Esto es simplemente falso. El aborto es un malum in se, un mal intrínseco. Hacer cumplir la ley de inmigración no lo es y, al contrario, bien hecho, es un bien social. Por supuesto que hay casos de abusos por parte de agentes del ICE u otros, y deben abordarse. Y hay demasiado lenguaje hostil sobre los ilegales hoy día. Pero nada de eso desacredita la aplicación de la ley fronteriza, del mismo modo que la brutalidad policial ocasional no significa que el trabajo policial como tal sea incorrecto. Uno espera que el obispo Flores sólo haya hablado en un momento emocional.
De hecho, nuestra jerarquía estadounidense necesita un lenguaje moral más rico sobre la inmigración. Puede gustarle o no lo que intenta hacer la administración actual. Aun así, lo que está ocurriendo no es sólo cuestión de respetar la “dignidad humana” o de considerar el apoyo a la inmigración parte de la cultura de la vida. Como he dicho públicamente durante años, Estados Unidos tiene cierta responsabilidad moral hacia las personas que ha permitido entrar en el país, especialmente si han vivido aquí pacíficamente durante años. Los ilegales recientes, me parece, especialmente el considerable elemento criminal, son otra cosa completamente distinta.
Lo que deba hacerse con estas distintas categorías de personas debe resolverse por medios democráticos. Tomar partido de antemano en esa discusión, con sólo concesiones superficiales sobre el derecho de un país a controlar sus fronteras, no es algo que nuestros obispos ni nuestro Papa nacido en Estados Unidos deban estar haciendo. Hay varias dimensiones morales en competencia. La Iglesia Católica, con su sofisticada doctrina social moderna, debería ser sensible a todas ellas. Nada más tiene probabilidad de funcionar.
Y además, este es realmente el mundo en el que vivimos ahora, no uno supuestamente previsto hace 60 años.
Sobre el autor
Robert Royal es editor en jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más recientes son The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First Century, Columbus and the Crisis of the West y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.