TRIBUNA: La Iglesia Católica y el culto a la juventud, “influencers” y dejación de funciones episcopales

TRIBUNA: La Iglesia Católica y el culto a la juventud, “influencers” y dejación de funciones episcopales

Por: Una católica (ex) perpleja

El pasado domingo 7 de septiembre la Iglesia canonizó a Carlo Acutis, un adolescente italiano que falleció hace 20 años, a los 15 años de edad. Se le promueve como un santo joven en calzado deportivo, camisetas, que jugaba a vídeo-juegos. Un “santo en jeans”, un santo cotidiano, uno como el que podemos llegar a ser cualquiera de nosotros, de manera ordinaria. Y digo ordinaria como algo opuesto a lo extraordinario de la santidad, por gracia de Dios.

Pero como de Dios no se ríe nadie, detrás de la caricatura simplista emerge la realidad de la vida de este muchacho santo. Un niño que, desde el momento de recibir la Primera Comunión, asistió cada día a Misa (por el rito ambrosiano), rezaba el rosario diariamente, adoraba al Santísimo Sacramento cotidianamente, creó una página web donde recogía milagros eucarísticos y fue un verdadero apóstol de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Con su fervor, convirtió a su madre a la fe católica, a un cuidador hindú que tuvo en su niñez y a otras muchas personas. Son cada vez más los testimonios que aparecen cuestionando esa imagen de la exposición de su cuerpo con sudadera y deportivas, puesto que, al parecer, su vestimenta para asistir a la Misa era digna de tal ocasión.

¿Qué mejor retrato de este joven santo que el lamento del modernista profesor Andrea Grillo, ideólogo de la persecución litúrgica tradicional, sobre su concepción de la Eucaristía? Grillo, apunta un artículo en este portal, “se escandaliza de que Carlo no desarrollara una ´teología eucarística moderna´ y le acusa de una obsesión por lo que no es esencial (´lo inessenziale´) porque se centró en los milagros eucarísticos”. Lo que viene siendo un católico muy joven con una profunda comprensión de la presencia real de Cristo vivo en la Eucaristía, uno de los escollos principales del actual liturgismo ecumenista. Con enemigos como estos del nuevo santo, podemos estar más seguros de su santidad.

Sin embargo, esta profundización no alcanzará a todos los ámbitos y podemos sospechar que, en la mayoría de parroquias en que se instale una imagen de san Carlo Acutis se destacará de él los rasgos más superficiales: que jugaba a vídeo-juegos, era un joven normal y ha llegado a ser santo, así, grabando con su vídeo cámara, viajando. Por tanto, todos podemos ser santos así. Parte de esta instrumentalización banalizadora de la santidad de Carlo Acutis es el calificativo de “influencer de Dios”, de la misma manera en que ya el difunto papa Francisco se dirigió a la Santísima Virgen María.

Muy distinto este verdadero “influencer de Dios” de la banalidad y superficialidad de la mayoría de los llamados “influencers católicos” o “evangelizadores digitales” patrios que inundan desde hace un tiempo las redes sociales y copan los eventos diocesanos y parroquiales, convertidos en espectáculos musicales frívolos, aunque haya una agenda en la Iglesia que quiera hacer pasar a Acutis por uno de ellos. Sobre estos “influencers”, me gustaría hacer hincapié en tres aspectos concretos: 1) su formación en la fe, la doctrina y la moral católicas; 2) el hecho de que sean influencers full time, profesionales, que se ganen el pan ¿evangelizando?, sin otros trabajos remunerados; y 3) la dejación de funciones de los obispos, concretamente de la importante misión de enseñanza, al poner en manos de ciertas personas la “pastoral” y formación de los jóvenes.

Ya Romano Amerio notaba en Iota Unum, su estudio sistemático de las “variaciones de la Iglesia en el siglo XX”, escrito en 1985, una cuestión muy importante y pertinente al respecto del tema que tratamos: la “variación en la Iglesia postconciliar en cuanto a la juventud”, que en pleno siglo XXI podemos ver ya que se ha convertido en hipertrofiada y tóxica.

En el capítulo VIII de su libro, Amerio analiza la “novedosa consideración sobre la juventud”, y repasa cómo la concepción tradicional en la filosofía, la moral, el arte y el sentido común ab antiquo hasta nuestros tiempos consideraron la juventud como una edad de imperfección natural y de imperfección moral. Una edad de razón débil, aún no consolidada; una minoría que reclama un tutor, un consejero y un maestro. Esta idea fue colocada, indica Amerio, como fundamento de la pedagogía católica por todos los grandes educadores, desde San Benito de Nursia a San Ignacio de Loyola, desde San José de Calasanz hasta San Juan Bautista de La Salle o San Juan Bosco.

“La conducta de la Iglesia hacia la juventud – continúa Amerio – no puede por consiguiente prescindir de la oposición entre los siguientes elementos correlativos: quien es imperfecto ante quien es perfecto (relativamente, se entiende), y quien no sabe y por tanto aprende, ante quien sabe (relativamente, se entiende). No puede dejarse de lado la diferencia entre las cosas y tratar a los jóvenes como maduros, a los proficientes como perfectos, a los menores como mayores y, en último análisis, al dependiente como independiente”.

“La vida es difícil, seria – afirma Amerio-; el hombre es una naturaleza débil, en combate con su finitud; el hombre está corrompido y tiende al mal. El hombre no debe ´realizarse´, sino realizar los valores para los cuales ha sido creado y que exigen su transformación”. Frente a esta concepción tradicional de la juventud en la Iglesia y la sociedad occidental, Romano Amerio constata cómo “hoy se presenta la vida a los jóvenes, de un modo no realista, como alegría, sustituyendo la alegría de la esperanza que serena el ánimo in via por la alegría plena que lo apaga solamente in termino. Se niega o disimula la dureza del humano vivir, descrita en tiempos como valle de lágrimas en las oraciones más frecuentadas. Y con ese cambio, indica Amerio, “se presenta la felicidad como el estado propio del hombre. Los adultos han abandonado el ejercicio de la autoridad para de ese modo agradar a los jóvenes, porque creen que no podrán ser amados si no se comportan con suavidad y no se les conceden sus caprichos”.

Romano Amerio considera en su obra paradigmático el discurso de abril de 1971 de Pablo VI a un grupo de hippies reunidos en Roma para manifestarse por la paz, en los que el papa señala los “valores” de la juventud: la espontaneidad, “la liberación de ciertos vínculos formales y convencionales”, el “impulso a vivir e interpretar su propia época”. Un discurso sin ninguna explicitación religiosa que, junto con su discurso del 3 de enero de 1972, si bien son opiniones y no magisterio, se muestran antitéticos a la semiología de la juventud católica tradicional, describiendo como cualidades positivas el natural desinterés por el pasado, el fácil genio crítico y la previsión intuitiva. Concluye Pablo VI proclamando que “vosotros podéis estar en la vanguardia profética de la causa conjunta de la justicia y de la paz, porque vosotros, antes y más que los demás, tenéis el sentido de la justicia” y todos (los no jóvenes) están a favor vuestro”. No es difícil, comenta Amerio, descubrir en el discurso juvenilizante de Pablo VI a la Ciudad de los Muchachos una singular inversión de las naturalezas, por la cual quien debe guiar es guiado y el inmaduro es ejemplo para el maduro. La atribución de un sentido innato de la justicia no tiene fundamento ninguno en la semiología católica anterior.

Demuestra además Romano Amerio cómo “el culto de Hebe no es solamente algo propio del papa, sino que está difundido en todos los órdenes de la Iglesia”, y pone como ejemplo un documento de la Conferencia Episcopal suiza para la fiesta nacional de 1969, donde puede leerse que “la protesta juvenil lleva consigo valores de autenticidad, de disponibilidad, de respeto del hombre, de rechazo de la mediocridad, de renuncia de la opresión; valores que, bien mirados, se encuentran en el Evangelio”.

Podría pensarse que la jerarquía católica cayó en esta exaltación de la juventud arrastrados por la corriente de finales de los años 1960. Sin embargo, ha continuado en este enfoque, que se ha hipertrofiado por completo. Los “adultos” y “maestros”, que son los pastores de la Iglesia, han hecho progresivamente y actualmente de manera clarísima dejación de su misión de enseñanza en manos de jóvenes de cuya formación no se han ocupado previamente, poniendo en riesgo a las almas.

Se trata del fenómeno que hemos mencionado más arriba de los influencers católicos y del formato de eventos eclesiales convertidos en espectáculos de estética y dinámica protestantizante que parece haber institucionalizado la Iglesia en España, caso concreto al que voy a referirme.

Aquí, en España, creo que el fenómeno de los influencers digitales está alcanzando otro nivel, que va a peor: de jóvenes sin formación sólida que por su fama ganada en las redes sociales están generando nuevos movimientos eclesiales de dudosa ortodoxia, con el beneplácito de la jerarquía. El fenómeno parecía inocuo, inicialmente, incluso positivo: la gran capacidad de las redes sociales, por su alcance y uso entre los jóvenes, de lanzar las redes, de hacer presente el Evangelio de Cristo en el mundo digital. De esta manera, algunos influencers católicos comenzaron – imagino y espero – con la ilusión de compartir el descubrimiento de Jesucristo y el cambio que ello supuso en sus vidas. Cuentas de Instagram y tiktok, sobre todo, basado en sus testimonios experienciales, más que en ningún tipo de formación reglada, y temas atractivos para jóvenes: conversión, noviazgo… y poco más, si nos fijamos bien.

Pero, dependiendo de su “éxito” en términos de seguimiento cuantitativo, sus caminos se diversificaron: algunos influencers católicos contrataron, como un influencer pagano cualquiera, a empresas de representación que les gestionaran las cuentas de manera más profesional y les pusieran en contacto con marcas, para poder anunciar o hacer sorteos, y generar unos ingresos extra y/o pagos en especias.  Los influencers católicos, además, han evolucionado al ritmo frenético del mundo, no al ritmo más prudente que caracteriza a la Iglesia. En muy poco tiempo, los nuevos influencers católicos, auténticos profesionales desde bien jóvenes, debiendo ser discípulos, se han convertido en maestros: peregrinaciones guiadas por influencers, charlas en parroquias y eventos diocesanos varios, marcas de ropa, retiros. Todo lo que ocurre en la vida de un influencer es “contenido”: sus bodas y las de sus amigos, sus vacaciones, sus estudios; y sus ingresos mediante invitaciones a charlas y eventos y colaboraciones varias con marcas para ganar comisión. Personalmente, veo poca diferencia entre la mayoría de influencers llamados católicos y los influencers del mundo, y tal vez más honestidad en los segundos, que no necesitan poner a Dios como excusa para vivir de mostrar en redes todo cuanto hacen.

Me perturba el hecho de que algunos de estos influencers, que cobran por enseñar a rezar, escriben libros a sus veintipocos que pretenden influenciar a muchos, estén generando incipientes movimientos eclesiales laicales, cada vez más alejados de la fe católica apostólica y más parecidos a las sectas evangélicas, sin presencia de sacerdotes que guíen el desarrollo del grupo. El caso es que ser influencer católico en España se ha convertido para unos cuantos en un modus vivendi estupendo (agasajados invitados arriba y abajo) y en un negocio.

Pero lo que me parece importante mencionar, por su gravedad, es que de la práctica inocente de llamar a las parroquias y eventos a influencers católicos de toda España, porque el público joven los conoce y garantiza asistencia, han pasado a reconvertirse recientemente en “evangelizadores digitales” y los obispos, empezando por el meteorito de Madrid, ya cuenten oficialmente con ellos para delegar su misión de enseñanza. Esto es gravísimo. Puede ser simpático que una mamá primeriza católica cuente su experiencia y hasta escriba un libro y se lo publique Albada, marca blanca de Rialp que publica libros de influencers católicos prologados y presentados por otros influencers católicos. Todos, neoconservadores; liberales. Puede ser edificante escuchar a una pareja de novios católicos que vive la castidad y a un odontólogo maduro contar las claves de un matrimonio sano. PERO ¿cuál es la formación doctrinal y moral de estos influencers y cuál es su autoridad sobre nosotros?

El problema aparece cuando un obispo le ha otorgado a alguien una suerte de carnet oficial de evangelizador digital EN NOMBRE DE LA IGLESIA. En primer lugar, vuelvo al tema de la formación: ¿se proporciona una formación sólida antes de enviarlos a predicar en el mundo digital, como hacía santo Domingo de Guzmán con sus frailes? Es mucho lo que está en juego. Es la proclamación de la Verdad. ¿O no se mira qué enseñan, siempre que tengan miles de seguidores y congreguen multitudes? O, aún peor, ¿son meros altavoces, con los miles de seguidores en sus cuentas en redes sociales, de la neolengua y neocontenido de la neo iglesia: migrantes, ecologismo, sinodalidad y poco más? Y cero crítica, cero mención, a los desvaríos doctrinales y morales que durante el pontificado de Francisco se han lanzado desde Roma; cero crítica a los silencios de los obispos en cuestiones como el aborto o sus posturas equivocadas ante la masiva inmigración ilegal musulmana. Los influencers católicos necesitan estar a buenas con la jerarquía y se ponen de lado ante cualquier tema peliagudo, algo que se entiende mejor cuando se contempla la posibilidad de que están cobrando por hacer un trabajo para los obispos, que dictan el mensaje que deben replicar.

En los últimos días me he quedado en shock con declaraciones de influencers con decenas de miles de seguidores celebrando la formación teológica de los laicos para poder ofrecer una enseñanza teológica más “experiencial” y menos rígida, o de celebración de la primavera eclesial actual (sic), viva y alegre, frente a la rigidez del pasado, una fe más pesada, “de pecado, de miedo y tradición”. A eso vamos: a tele-predicadores ¿católicos?, cada uno con su versión y su movimiento – círculo de influencia creciente; cada vez, por cierto, con menor presencia de sacerdotes entre un grupo de jóvenes recientemente convertidos que van por libre en su formación y en su predicación.

Tampoco los sacerdotes se libran de la tentación de querer ser influencers, como mencionaba recientemente el portal La nuova bussola quotidiana: “Por cada sacerdote que abandona la barca de Pedro en medio de la tormenta, hay otros que, como en el Titanic, cantan y bailan, perfectamente cómodos en la situación actual”. Y esta reflexión, que la Nuova Bussola refiere a sacerdotes influencers, puede aplicarse también a laicos que en medio de estas aguas revueltas se dedican a pescar su fama e ingresos.

Está en juego hacer perder la fe a los pequeños, confundirlos. Está también en juego que el Señor pedirá cuentas a los obispos de haber cumplido o no con su fundamental misión de enseñanza. Y está en juego la conciencia de cada cual para dedicarse a la enorme responsabilidad de influenciar a los demás, aunque sea bajo el calificativo de católico; si lo mueve el celo evangelizador o el ego y la búsqueda de fama y una vida fácil a costa de sus followers, eso sólo Dios puede verlo y juzgarlo.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando