En el marco del Jubileo de la Esperanza, el Papa León XIV se reunió en el Aula Pablo VI con religiosos llegados de todo el mundo para participar en el Jubileo de la Vida Consagrada. El encuentro estuvo marcado por la gratitud del Pontífice hacia los consagrados por su testimonio de fe, así como por una serie de exhortaciones sobre su misión en la Iglesia actual.
El Papa saludó a los participantes recordando que la Iglesia “necesita de ustedes y de toda la diversidad y la riqueza de las formas de consagración y ministerio que representan”. Con palabras que retomaron citas de Francisco, los animó a no caer en el cansancio espiritual y a vivir su vocación arraigados en Cristo, “pues solo así podrán cumplir su misión de manera fecunda”.
Llamado a la sinodalidad y a la reconciliación
Uno de los ejes de su intervención fue la insistencia en la sinodalidad como estilo eclesial, exhortando a los consagrados a ser “expertos en sinodalidad” y “profetas al servicio del pueblo de Dios”. Señaló que su vida comunitaria, marcada por la diversidad cultural e internacional de los institutos, les coloca en una condición privilegiada para practicar la escucha, el discernimiento y la construcción de puentes.
El Papa presentó esta visión como la mejor respuesta a los desafíos de nuestro tiempo, aunque no dejó de generar cierta inquietud: la insistencia en la sinodalidad se percibe en algunos sectores como un riesgo de reducir la identidad de la vida consagrada a un instrumento de la agenda institucional del Vaticano, más que al seguimiento radical de Cristo.
La misión de “despertar al mundo”
León XIV retomó expresiones de san Juan Pablo II y de Francisco para pedir a los consagrados “despertar al mundo” con una vida centrada en Cristo y en el servicio a los más pobres. Los exhortó a vivir como “peregrinos de esperanza, en el camino de la paz”, siendo testigos de reconciliación y unidad en sociedades fracturadas.
También destacó la necesidad de dar atención prioritaria a la fraternidad universal, al cuidado de la creación y al compromiso con los pobres. Reconoció que se trata de campos donde la vida consagrada ya ha ofrecido un testimonio constante, pero pidió no caer en la rutina: “¡Sigan siendo guardianes y promotores de esta gran tradición, por el bien de los hermanos!”.
Una esperanza que no defrauda
En la parte final de su discurso, León XIV alentó a mirar el futuro con confianza y a no temer decisiones valientes, recordando que la esperanza no se basa en números ni en estrategias humanas, sino en Cristo. Insistió en que la vida consagrada debe renovarse continuamente para ser signo de fidelidad en la Iglesia y en el mundo.
Concluyó prometiendo su oración y bendición, invitando a cada consagrado a mantener la confianza en el Espíritu Santo, “que sigue haciendo grandes cosas con nosotros”.
A continuación, dejamos el mensaje íntegro de León XIV a los participantes en el Jubileo de la Vida Consagrada
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
¡La paz sea con ustedes!
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Me alegra estar con ustedes, que representan a todos los consagrados y consagradas del mundo, en esta semana de su Jubileo en Roma. Los recibo con un abrazo que sale del corazón y deseo que llegue hasta los rincones más lejanos de la tierra, donde sé que puedo encontrarlos. Particularmente, recordando lo que ya les dijo el Papa Francisco, quiero declarar a mi vez que la Iglesia necesita de ustedes y de toda la diversidad y la riqueza de las formas de consagración y ministerio que representan (cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, 2 febrero 2023).
Con su vitalidad y con el testimonio de una vida en la que Cristo es el centro y el Señor, pueden contribuir a «despertar al mundo» (cf. Francisco, Carta apost. a todos los consagrados con motivo del Año de la Vida Consagrada, 21 noviembre 2014, II, 2). Esto lo hemos escuchado esta mañana, que pueden hacer despertar al mundo. En este sentido, habría que reiterar siempre lo importante que es para todos ustedes estar arraigados en Cristo. Solo así, de hecho, podrán cumplir la misión de manera fecunda, viviendo la vocación como parte de la maravillosa aventura de seguir más de cerca a Jesús (cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. Perfectae caritatis, 1). Unidos a Él, y en Él entre ustedes, sus pequeñas luces se convierten en el trazado de un camino luminoso en el gran proyecto de paz y salvación que Dios tiene para la humanidad. Por eso, a ustedes, hijas e hijos de Fundadores y Fundadoras, les dirijo una cálida exhortación a “volver al corazón”, como el lugar en el cual redescubrir la chispa que anima los inicios de su historia, confiando en que, a fin de cuentas, encontrarán no misión específica ni proyecto aislado, sino el amor apasionado de Dios que los llamó a responder a la vocación de la radicalidad evangélica. En esto, en el corazón ardiente del amor de Dios, está la raíz de su misión y de su profecía hoy, en un mundo marcado por tensiones, polarizaciones y divisiones, que pide a gritos testigos creíbles de fraternidad y de comunión en Dios, donde florezca la armonía y la apertura universal de la caridad.
Ustedes se han preparado para estos días con un largo camino, en sus países, dentro de sus Institutos, Sociedades y Asociaciones, dentro de las diversas Conferencias, inspirados por el lema: «Peregrinos de esperanza, en el camino de la paz». Hay una profunda necesidad de esperanza y paz que habita en el corazón de cada hombre y mujer de nuestro tiempo, y ustedes, consagradas y consagrados, quieren ser portadores y testigos de ello con su vida, como divulgadores de la concordia a través de la palabra y el ejemplo, y antes aún como personas que llevan en sí mismas, por la gracia de Dios, la huella de la reconciliación y la unidad. Solo así podrán ser, en los diversos ambientes en los que viven y trabajan, constructores de puentes y difusores de una cultura del encuentro (cf. Francisco, Fratelli tutti, 215), en el diálogo, en el conocimiento recíproco, en el respeto por las diferencias, con esa fe que les hace reconocer en cada ser humano un único rostro sagrado y maravilloso: el de Cristo.
Ayer por la noche, muchos de ustedes entablaron diálogo con la ciudad de Roma en algunas plazas, con momentos de intercambio, de fraternidad y de testimonio en torno a temas importantes, como el compromiso por construir una fraternidad universal, la atención a las personas más pobres y el cuidado de la creación. Son puntos focales que hablan de su esfuerzo constante por establecer y promover ambientes y estructuras de fraternidad, donde se venza la pobreza, se ponga en el centro la dignidad de la persona humana y se escuche el clamor de la «casa común». Se trata de ámbitos de servicio por los que, a lo largo de los siglos, la vida consagrada siempre ha mostrado un interés y un cuidado especiales y hacia los que, aún hoy, su actuar cotidiano y oculto da testimonio de una atención privilegiada. ¡Sigan haciéndolo así! ¡Sigan siendo guardianes y promotores de esta gran tradición, por el bien de los hermanos!
Sin embargo, me gustaría invitarles a reflexionar sobre otro tema importante para la Iglesia de nuestro tiempo: el de la sinodalidad, exhortándoles a permanecer fieles al camino que juntos estamos recorriendo. Como decía san Pablo VI hablando de la misión de los consagrados: «¡Cómo podría el hombre de hoy comprender a los religiosos, si no es mediante la prueba de las obras de su caridad y de su fidelidad!» (Ecclesiam suam, 6 agosto 1964, 117). Es la descripción de una misión apasionante: un “diálogo doméstico” que hoy se confía también a ustedes, es más, a ustedes de manera especial, para una continua renovación del Cuerpo de Cristo en las relaciones, en los procesos, en los métodos. Su vida, la forma misma en que están organizados, el carácter frecuentemente internacional e intercultural de sus Institutos, los colocan de hecho en una condición privilegiada para poder vivir cotidianamente valores como la escucha recíproca, la participación, el intercambio de opiniones y capacidades, la búsqueda común de caminos según la voz del Espíritu.
De todo esto, la Iglesia les pide hoy que sean testigos especiales en las diferentes dimensiones de su vida, en primer lugar, caminando en comunión con toda la gran familia de Dios, sintiéndola como Madre y Maestra, compartiendo con ella la alegría de su vocación y también, cuando sea necesario, superando divisiones, perdonando injusticias sufridas, disponiéndose al perdón de las cerraduras provocadas por la autorreferencialidad. Trabajen para convertirse, día a día, cada vez más en “expertos en sinodalidad”, para ser profetas al servicio del pueblo de Dios.
Para terminar, me gustaría hacerles una invitación a ver el mañana con serenidad y confianza, y a no tener miedo de tomar decisiones valientes. Quisiera, a este respecto, recordar lo que el Papa Francisco escribió en la Carta apostólica a los consagrados con motivo del Año de la Vida Consagrada. Nuestra esperanza, escribía, «no se basa en los números ni en las obras, sino en Aquel en quien hemos puesto nuestra confianza (cf. 2Tm 1,12) y para quien “nada es imposible” (Lc 1,37)». Esta es la esperanza que no defrauda y que permitirá a la vida consagrada seguir escribiendo una gran historia en el futuro, hacia el cual debemos mantener nuestra mirada, conscientes de que es hacia Él hacia donde nos impulsa el Espíritu Santo para seguir haciendo grandes cosas con nosotros (n. 3). Y añadía: «Escudriñen los horizontes de su vida y del momento actual con vigilante atención».
Queridas hermanas y hermanos, sigan con esta confianza su camino. Les agradezco su fidelidad y el gran bien que hacen en la Iglesia y en el mundo. Les prometo un recuerdo especial en mi oración y los bendigo de corazón.
Gracias.