Por: Una católica (ex) perpleja
El domingo 5 de octubre la Iglesia celebra la Jornada mundial del migrante y del refugiado, que la Conferencia Episcopal Española presenta así en su página web, y que tiene por lema este año “Migrantes, misioneros de esperanza”.
Seré yo muy ignorante, pero estaba convencida de que éste era un invento francisquista; hasta que me informé y resulta que no, que la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado fue instaurada por San Pío X en 1914 como “el Día del Migrante”, en respuesta a la tragedia de millones de italianos emigrando al extranjero en plena guerra mundial, para poder ganarse el pan, pidiendo a los cristianos orar por ellos. Muerto San Pío X ese mismo año, su sucesor, Benedicto XV, consolidó esta Jornada anual.
Décadas y pontífices después, en 2004, San Juan Pablo II erigió el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes y extendió la Jornada también a los refugiados. Y, finalmente, desde 2018, el Papa Francisco trasladó la Jornada al último domingo de septiembre (si bien este año se celebra el 5 de octubre). “Cada año – podemos leer en la web de la CEE -, el Vaticano publica un mensaje del Papa para esta jornada, invitando a la reflexión sobre la humanidad de los migrantes y refugiados, promoviendo el amor, la fraternidad y la inclusión, y llamando a la acción para la caridad y la justicia”.
Hemos visto cuál es el origen de esta jornada, la de italianos católicos que tenían que emigrar en plena guerra mundial a ganarse el pan a otros países, y el papa invitaba a la Iglesia a orar por ellos. Por eso vamos a ver en qué se ha convertido ahora esta Jornada, para comprender el montaje de la fotografía que ilustra este texto porque, efectivamente, hemos sido engañados; o, en palabras de Gonzalo J. Cabrera, “nos han cambiado la fe”, en una serie de textos que recomiendo que comienza aquí.
Desde su web, la Conferencia Episcopal Española pone al servicio de las parroquias materiales para la celebración de esta jornada del migrante y refugiado. La fecha de celebración, podemos leer en la web, se ha buscado para hacerla coincidir con el Jubileo de los migrantes en Roma. Y podemos leer textualmente: “Los obispos de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana invitan a poner de relieve que las personas migrantes son portadoras de esperanza en un doble sentido para las comunidades que los acogen. En primer lugar, son un ejemplo porque vienen con ´la esperanza de conseguir la felicidad y el bienestar más allá de sus propios confines, que los lleva a confiarse totalmente en Dios´. Los migrantes nos muestran y enseñan el coraje de la vida desde la certeza de que Dios los acompaña en sus tribulaciones y duelo para alcanzar un futuro mejor. Por otra parte, los migrantes y refugiados son portadores de esperanza también porque ´están revitalizando, con su juventud, sus valores, su trabajo, sus vidas, sus familias, su fe, sus ideales, la realidad social y eclesial de nuestro país”.
Me pregunto muy en serio en qué mundo viven quienes han redactado esto. ¿A qué inmigrantes y refugiados se refieren? Por lo menos, que hablen con propiedad si hemos de creernos algo de lo que dicen y no engloben aquí indistintamente a inmigrantes legales e ilegales, iberoamericanos cristianos y magrebíes y subsaharianos musulmanes.
Lo que parece claro es que, especialmente con el pontificado de Francisco, la Jornada ha dado un giro de 180º, para conservar el nombre y cambiar el contenido. Y de paso, adoctrinar a los pocos fieles que aún asisten a Misa en un mensaje que nada tiene que ver con la fe católica, sino que es todo su contrario. El mensaje de los obispos españoles para la jornada de este año afirma que “la Jornada de este año viene marcada por la clave de esperanza a la que nos convocó el Papa Francisco en la apertura del año jubilar. Nuestro primer recuerdo agradecido es precisamente para él que, desde su sensibilidad especial y desde sus gestos y magisterio, dio un nuevo impuso en nuestra Iglesia en la clave de acoger, proteger, promover e integrar a las personas migrantes y refugiadas” (…) “En primer lugar, se nos invita a fijarnos en los migrantes, hombres y mujeres concretos, con rostros e historias particulares” (…). “Sólo cuando nos acercamos desde esta clave personal se nos permite abrir el horizonte y atinar mejor en nuestro juicio y percepción del fenómeno. Es cierto que las migraciones constituyen un hecho estructural de esta época nueva que vivimos” (…). “La palabra ´misioneros´ nos habla positivamente de la presencia de los migrantes entre nosotros” (…). “En nuestro contexto, los misioneros tienen una repercusión muy positiva que embellece la tarea de la Iglesia. Reconocer que los migrantes son también misioneros nos ayuda a descubrirlos como portadores de una buena noticia, como algo positivo. En efecto, ellos pueden ser presencia oculta del misterio de Dios (cf. Gen 18, 1- 14)”.
Los materiales para la celebración litúrgica de la jornada incluyen moniciones a las lecturas de la Misa en clave inmigracionista. Veamos el ejemplo de la primera lectura, para la cual la monición indica que “Habacuc nos habla del clamor del pueblo oprimido, del grito de tantos migrantes y refugiados”. Recurriendo a técnicas de burda manipulación psicológica y emotiva, se emplea en las moniciones un lenguaje que apela puramente a los sentimientos: “Es conmovedor escuchar relatos en los que la centralidad de sus motivaciones no está directamente en ellos mismos, sino en su entorno familiar. Es la esperanza de conseguir la felicidad y el bienestar más allá de sus propios confines, la esperanza que los lleva a confiarse totalmente en Dios”. Pero, ¿cuál es el “dios” de quienes “cruzan desiertos y mares”? No es el Dios verdadero. Entonces, ¿cómo van a ser estos inmigrantes misioneros de esperanza cristiana para nosotros? Es un lenguaje no sólo manipulador por emotivo, sino mentiroso, olvidando a Dios y apelando a “valores” puramente humanos obviando las estadísticas, el peligro para el bien común y la doctrina social de la Iglesia. El resto es igual, así que no vale la pena hacerse mala sangre repasando todas las moniciones. Las podrán ver ustedes mismos en los materiales que sus respectivas diócesis enviarán a las parroquias.
¿De dónde sacan los obispos que “(los migrantes y refugiados) contribuyen a revitalizar la fe y promueven un diálogo interreligioso basado en valores comunes? ¿Que, “en definitiva, ellos están revitalizando con su juventud, sus valores, su trabajo, sus vidas, sus familias, su fe, sus ideales, la realidad social y eclesial de nuestro país y de nuestras comunidades parroquiales, además de hacerlo en sus propios países de origen?”. Los pastores están engañando a las almas que les han sido encomendadas con estas palabras. ¿Con qué finalidad?, ¿quién es el padre de la mentira?
Subyace en todo ello la idea masónica de la religión universal de Fratelli Tutti en que la se trabaja para diluir el catolicismo, la única religión verdadera, cuando, manipulando de nuevo el lenguaje de la Iglesia, se afirma: “Sintiéndonos todos peregrinos hacia la patria definitiva donde Dios nos abrace, acogemos en los migrantes y refugiados un valioso testimonio de esperanza que nos empuja en nuestras vidas”. ¿Dónde quedó la necesaria conversión a Cristo y el mandato del bautismo como condición para la salvación de las almas?
Tremendos elementos metidos con calzador también en las preces compuestas para la Jornada, como la primera que dice “por el papa León y por todos los obispos: para que profundicen en el proceso sinodal promoviendo comunidades acogedoras y misioneras desde su acción pastoral. Roguemos al Señor”. Y la cuarta: “Por las personas migrantes y refugiadas: para que sea respetada en todo momento su dignidad y libertad, y para que los derechos humanos inspiren las políticas que pretenden regular la movilidad humana. Roguemos al Señor”. Entre libertad y derechos humanos, uno no sabe ya si está en la Iglesia Católica o dando una charla en las Naciones Unidas. Las preces van rematadas con una quinta que subliminalmente introduce el protestantismo en nuestras almas con esta definición de la Misa: “Por todos nosotros, para que escuchar la Palabra y compartir la mesa de la eucaristía nos mueva a vivir una auténtica fraternidad en nuestro día a día, especialmente en el encuentro con los más frágiles y vulnerables de nuestra sociedad. Roguemos al Señor”.
Para concluir, los materiales para la celebración litúrgica de la Jornada proponen una oración a la Santísima Trinidad que comienza diciendo: “Dios Padre y Madre, tú que estás tan cerca…”. Y después de orar a Jesucristo, que fue perseguido y no tuvo techo, invoca al Espíritu Santo, “aliento de justicia y consuelo, abre nuestros corazones a la acogida, a romper muros y construir puentes, a ver tu imagen en cada persona, sea de donde sea, venga de donde venga. Te rogamos por los migrantes, por quienes cruzan mares y desiertos buscando vida (…). Señor, que nuestra fe no sea indiferente. Que luchemos por un mundo donde la dignidad no se negocie, donde cada vida sea reconocida (para sorpresa de nadie, no se menciona la vida de los niños por nacer; solamente se hace mención explícita, como “vulnerables”, de los niños solos, ancianos olvidados, mujeres heridas y hombres desesperados). Haznos instrumentos de tu amor y de tu reino, donde nadie sea extranjero y todos seamos hermanos. Amén”.
El Santo Padre León XIV remata el despropósito afirmando en su mensaje para la jornada que “en un mundo oscurecido por guerras e injusticias, incluso allí donde todo parece perdido, los migrantes y refugiados se erigen como mensajeros de esperanza. Su valentía y tenacidad son un testimonio heroico de una fe que ve más allá de lo que nuestros ojos pueden ver y que les da la fuerza para desafiar la muerte en las diferentes rutas migratorias contemporáneas”. “En efecto, con su entusiasmo espiritual y su dinamismo, -añade el Santo Padre- pueden contribuir a revitalizar comunidades eclesiales rígidas y cansadas, en las que avanza amenazadoramente el desierto espiritual. Su presencia debe ser reconocida y apreciada como una verdadera bendición divina, una oportunidad para abrirse a la gracia de Dios, que da nueva energía y esperanza a su Iglesia”.
Podríamos decir muchas más cosas, pero, para no alargarme, referiré a un artículo sobre el tema de la inmigración en el que Julien Langella demuestra cómo la postura actual de la Iglesia se aparta de la doctrina social y ha olvidado el bien común. Tampoco parece interesar a nuestros obispos ver las estadísticas de robos y agresiones sexuales por procedencia y la degradación de la convivencia social.
No voy a ir a Misa este domingo a escuchar estas barbaridades escandalosas que nada tienen que ver con la fe católica, que son un engaño a los fieles y ponen en peligro nuestra fe. Y puesto que son instrucciones que vienen del gobierno de la Iglesia Universal, lo más probable es que las encontremos en cualquier parroquia a la que intentemos ir. Considero totalmente justificada esta actitud de no asistir a Misa el domingo 5 de octubre, para no acercarme a una ocasión de peligro para mi fe, de acuerdo con los números 384 a 386 del Compendio de la Fe Católica de Monseñor Athanasius Schneider, que dicen así:
- 384: ¿Debemos evitar una Misa en la que previsiblemente se producirán abusos litúrgicos? Sí. Aun cuando se trate de una Eucaristía válida, las ceremonias con abusos litúrgicos son objetivamente contrarias a la Tradición divina y apostólica, desagradables a Dios, escandalosas y, a menudo, peligrosas para la fe.
- 385: ¿Debemos asistir a una Misa con abusos litúrgicos para cumplir con nuestra obligación dominical? Eso depende de la gravedad de tales abusos en cada lugar. Si una Misa dominical incluye prácticas como danzas, herejías en la predicación u otros abusos litúrgicos graves, es posible que no estemos obligados a asistir a dicha Misa, incluso si fuera la única disponible en nuestra vecindad, porque no podemos estar obligados a ponernos a nosotros mismos o a nuestras familias en una ocasión de peligro para la fe.
- 386: En este caso concreto, ¿violaríamos el tercer mandamiento? No. La obligación de asistir a la Misa dominical es una ley eclesiástica y no divina y, por tanto, está sujeta a exención y dispensa. Si una Misa dominical con abusos litúrgicos fuera la única opción disponible, deberíamos santificar el domingo de alguna otra manera y, de esta forma, estaríamos guardando el tercer mandamiento.
