No todos los problemas de la Iglesia se solucionan con sínodos, reformas o auditorías canónicas. Algunos empiezan antes… en el temperamento. Esa misteriosa “configuración de serie” que uno no elige, pero que marca cómo predica, cómo obedece y hasta cómo se confiesa.
Los antiguos hablaron de cuatro temperamentos: sanguíneo, colérico, nervioso (melancólico) y flemático. La Iglesia, que es maestra de humanidad, ha producido santos de todos los tipos. Lo malo es cuando en vez de santos, nos salen sinodales, autorreferenciales o discretamente dañinos.
El sanguíneo: entre el show pastoral y el fuego de la caridad
Sin encauzar: Es el obispo influencer. Le entusiasma todo: el sínodo, el diálogo, el yoga cristiano. Tiene una sonrisa para todos, pero cambia de ideas como de casulla. Lo suyo es más entusiasmo que profundidad. Vive “encendido”… hasta que se apaga.
Bien dirigido: Un sanguíneo enamorado de Dios puede incendiar el mundo. San Pedro lo fue, también San Francisco Javier. Cuando ese entusiasmo se une a la oración, es capaz de mover corazones, predicar con ardor, crear comunidad. Tiene don de gentes, calidez y alegría auténtica. Si tiene director espiritual… es dinamita para el Reino.
El colérico: entre el pequeño tirano y el gran apóstol
Sin encauzar: Es el prelado que convierte la diócesis en una maquinaria, con cronogramas, auditorías y reuniones eternas. Implacable en sus planes, tiene más visión que compasión. Si algo se interpone… lo arrolla.
Bien encauzado: San Pablo. San Ignacio. San Jerónimo. Cuando la voluntad férrea se somete a la gracia, el colérico es constructor de obras duraderas. Tiene empuje, claridad, capacidad de liderazgo, sabe sufrir por Cristo y afrontar conflictos. Es el tipo que no solo habla de reforma, sino que la hace. Con humildad, puede ser un padre formidable para su pueblo.
El melancólico: entre el alma herida y el corazón contemplativo
Sin dirección: Es la religiosa que vive sumida en tristezas, que sufre más de lo que puede expresar y termina rumiando agravios en su celda. Su timidez se confunde con humildad, pero es el orgullo herido el que la aísla. Se convierte en estatua de sal.
Bien formado: San Juan Evangelista. Santa Teresita. El melancólico es profundidad, ternura, fidelidad interior. Su oración es intensa, su amor auténtico, su entrega silenciosa. Tiene talento artístico, sensibilidad litúrgica y compasión verdadera. En un monasterio florece. En la vida activa, necesita cercanía y acompañamiento. Pero es un alma fina, capaz de ver lo invisible.
El flemático: entre la inercia inofensiva y la sabiduría perseverante
Mal gestionado: Es el funcionario eterno. El nuncio que no se inmuta ni ante herejías flagrantes. Le cuesta decidir, hablar, intervenir. Su lema es: “Ya se verá”. Nunca molesta, pero nunca reacciona.
Bien cultivado: Santo Tomás de Aquino. Sereno, reflexivo, metódico. El flemático llega tarde… pero llega lejos. Sabe juzgar sin prisas, actúa sin dramatismo. No es de entusiasmos, pero sí de fidelidades. Si se le exige un poco más, su constancia es oro puro. Puede gobernar con equilibrio, enseñar con claridad y vivir sin histrionismos la virtud más difícil: la perseverancia.
Epílogo: el temperamento no salva, pero tampoco es excusa
Dios no nos salva a pesar de nuestro temperamento, sino a través de él. Cada uno tiene una belleza propia, una cruz particular y un camino de santidad. Lo grave no es ser colérico o flemático. Lo grave es no querer ser mejor.
La Iglesia no necesita clones, sino santos. Y eso pasa por conocerse, dejarse formar y ponerse en manos del Espíritu. El temperamento explica mucho… pero no justifica nada. Que no nos pase como al clérigo melancólico que se excusa diciendo: “No es pereza, es mi linfa”. No, hermano. Es falta de dirección.