Empieza el Cónclave. El mundo contiene la respiración.
Y cuando, tras horas (o días) de espera, veamos salir la fumata blanca y asomarse al balcón al cardenal protodiácono, habrá un momento crucial: el anuncio del nombre.
La fórmula es inmutable:
> «Annuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam! Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum [NOMBRE] Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem [APELLIDO], qui sibi nomen imposuit [NOMBRE PAPAL].»
Primero oímos el nombre en latín. Después, una pausa de tres segundos. Luego el apellido.
Tres segundos eternos, terribles, agónicos.
Porque algunos nombres de pila son compartidos por varios cardenales… ¡y no es lo mismo uno que otro!
Por ejemplo:
Si oímos «Robertum», puede ser:
Robert Francis Prevost, prefecto del clero, más “sinodal”.
Robert Sarah, el venerable defensor de la Tradición.
Robert Walter McElroy, conocido por su perfil más «progresista».
(En esos tres segundos, media Iglesia estará o rezando o desmayándose.)
Si oímos «Petrum», puede ser:
Pietro Parolin, el secretario de Estado.
Peter Turkson, el cardenal africano de rostro amable.
Peter Okpaleke, nigeriano reciente en el colegio cardenalicio.
Pierbattista Pizzaballa, el más probable.
Si anuncian «Josephum», será:
Joseph Coutts, el sabio cardenal paquistaní.
Joseph Tobin, de Estados Unidos, favorito del ala «inclusiva».
Si suena «Franciscum», podría ser:
Francis Leo, canadiense recién creado cardenal.
Francis Xavier Kriengsak Kovithavanij, arzobispo de Bangkok.
Y atención a los múltiples «Joannes» (Juanes):
João Braz de Aviz,
John Atcherley Dew,
John Ribat…
¡Habrá que esperar al apellido para saber qué Juan!
Lo mismo pasa con Philippus (Philippe Barbarin o Philippe Ouédraogo) y con Stephanus (Stephen Ameyu, Stephen Brislin o Stephen Chow).
—
Así que prepárate:
Cuando suene el nombre de pila, no te precipites.
Espera tres segundos.
Reza.
Y luego, cuando escuches el apellido, actúa en consecuencia: salta de alegría, suelta un suspiro de alivio, o apúntate directamente a una novena de súplica.