Pablo Virgilio David, el espantajo de última hora de la izquierda sin apoyos reales

Pablo Virgilio David, el espantajo de última hora de la izquierda sin apoyos reales

Mañana comienza el cónclave que elegirá al sucesor de Francisco, y, fiel a su estilo, la izquierda eclesial ha sacado de la chistera un espantajo de última hora: el carenal filipino Pablo Virgilio David, arzobispo de Kalookan. Presentado apresuradamente como la “gran sorpresa” del precónclave, lo cierto es que su nombre solo ha empezado a circular en las últimas horas, sin apoyos reales entre los electores ni trayectoria que lo respalde como papable serio.

David, nombrado cardenal por Francisco en 2024, es conocido por su activismo social y sus posiciones ideológicas más que por su solidez teológica o su capacidad de gobierno. En el Sínodo, se hizo célebre por declaraciones como: “Debemos abandonar la tendencia a discriminar a las personas debido a su orientación sexual”, mientras sus prioridades pastorales giran en torno a “migrantes, pueblos indígenas, género, mujeres, jóvenes, globalización, crisis climática y diálogo interreligioso”. Un listado que parece más propio de una ONG secular que de un sucesor de Pedro.

Pero más allá de los titulares y las loas de la prensa progresista, David no cuenta con una base real de apoyos en el colegio cardenalicio. Su candidatura es una maniobra mediática, lanzada a última hora como “hombre de Francisco” para intentar mantener viva la agenda sinodal y el giro ideológico del último pontificado. Una figura sin experiencia en la Curia, sin relevancia internacional y sin el perfil necesario para asumir el peso de la Iglesia universal.

Las mismas voces que impulsaron a Bergoglio en 2013 repiten ahora la jugada, pero sin un verdadero plan ni un candidato de consenso. David es el síntoma de una izquierda eclesial que ya no tiene un líder claro ni un proyecto coherente, solo la inercia de los eslóganes y el miedo a perder terreno.

El verdadero peligro no es que David sea elegido —porque no tiene los votos—, sino que su nombre sea utilizado para desplazar el centro de la balanza.

La Iglesia necesita claridad, doctrina y gobierno, no experimentos improvisados ni espantajos ideológicos. Los cardenales deben mirar más allá de las maniobras mediáticas y elegir al papa que la Iglesia necesita, no al que las redes sociales progresistas promocionan.

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