Las congregaciones generales que preceden al cónclave están mostrando un tono inédito, distinto al de hace doce años. En 2013, los cardenales eligieron a Jorge Mario Bergoglio tras una intervención breve, directa, bien estructurada, que captó la atención del aula y se convirtió en el detonante de su elección. La famosa anécdota de la “Iglesia en salida” dio la vuelta al mundo y, casi de inmediato, consolidó apoyos decisivos.
Pero con el paso del tiempo, y tras doce años de pontificado, el Colegio Cardenalicio ha aprendido una lección amarga: una intervención brillante no garantiza un gobierno equilibrado. No se trata solo de ideas atractivas o de diagnósticos acertados. El peso de la Cátedra de Pedro lo lleva una persona concreta, con su carácter, su psicología, su modo de ejercer la autoridad y de relacionarse con la Curia, con los obispos, con los fieles.
Sin entrar en juicios personales, es innegable que el pontificado de Francisco ha estado marcado por tensiones, decisiones imprevisibles y una gestión a menudo opaca y personalista. La Iglesia ha vivido momentos de desconcierto, de ambigüedad doctrinal, de reformas que han desbordado los cauces habituales. Lo hemos visto en los nombramientos, en las intervenciones públicas, en las prioridades marcadas desde Roma. Una forma de gobierno que muchos han percibido como imprevisible, centralizadora y difícil de encajar dentro de la tradición de la Iglesia.
Por eso, hoy, en estas congregaciones generales, los cardenales están adoptando otra actitud. No buscan al orador más brillante, al autor de la frase que arranque aplausos o titulares. Buscan conocer a las personas. Quieren asegurarse de que no eligen a alguien cuya psicología sea inadecuada para el peso del ministerio petrino. No quieren otro pontificado marcado por la inestabilidad.
Los cardenales conversan, preguntan, se observan mutuamente. Ya no basta con hablar bien: hay que dar muestras de equilibrio, de serenidad, de capacidad de gobierno. Por eso se miran mucho a los ojos. La experiencia reciente les ha vacunado contra el entusiasmo fácil. La Iglesia necesita claridad, pero también solidez interior y previsibilidad.
El Espíritu Santo sopla donde quiere, pero los hombres deben poner de su parte. Este cónclave, más que nunca, será también un examen de las almas y de los temperamentos. Oremos para que la elección sea sabia, por el bien de toda la Iglesia.