Parolin no tiene los votos. Ya les gustaría a los italianos

Parolin no tiene los votos. Ya les gustaría a los italianos

En los pasillos del Vaticano corre el rumor, impulsado por algunos cardenales italianos: Parolin ya tiene los votos. “La cosa está hecha”, dicen. “No hay rival”. La maquinaria mediática romana quiere vender la imagen de un cónclave cerrado antes de abrirse, de una elección inevitable.

Pero no. No tiene los votos. Y si los tuviera, sería todavía peor. Porque Pietro Parolin no es el hombre del consenso, sino el hombre del callejón sin salida.

Han conseguido “centrarlo” con ataques desde la derecha y la izquierda. Y pretenden hacernos creer que eso es buena señal. Como si recibir palos de todos los bandos lo convirtiera automáticamente en un justo, en un equilibrio perfecto. Pero no. Que te ataquen de izquierda y derecha no significa que seas bueno. Puede significar que eres el peor. Que no convences a nadie. Que decepcionas a todos.

Y luego está lo que nadie menciona abiertamente, pero que flota en el aire: su relación con Lelle Mora, esa amistad incómoda y sin explicar. ¿Alguien se cree que ningún periodista va a hurgar ahí si sale elegido? ¿De verdad algún cardenal quiere un escándalo explotando al día siguiente del Habemus Papam? Si algún purpurado quiere más detalles, que pregunte: hay información.

Por si fuera poco, está el elefante chino en la sala. El acuerdo con Pekín es su obra maestra… y su cruz. Mientras algunos cardenales occidentales, que se creen intocables en sus diócesis, desprecian las lágrimas de una católica en Wenzhou, hay quien no olvida que se vendieron obispos fieles al Partido Comunista. Que se entregó la Iglesia subterránea a cambio de un papel sin garantías. Esa traición no es un rumor: está documentada. Y pesa.

Parolin no tiene los votos. Lo saben hasta sus propios valedores. Están vendiendo la piel del oso antes de cazarlo, intentando fabricar una candidatura de inevitabilidad porque no tienen mejor opción. Pero el próximo Papa no puede ser el tapón de un sistema agotado. Ni el rostro amable de la rendición diplomática. Ni el escándalo en potencia.

Y si alguien cree que eligieron ya… que espere al humo blanco. El humo no siempre huele a incienso. A veces huele a pólvora.

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