López quiere la Iglesia al servicio del mundo y desprecia las vocaciones y el derecho

López quiere la Iglesia al servicio del mundo y desprecia las vocaciones y el derecho

 


El cardenal Cristóbal López, salesiano y arzobispo de Rabat, no calla. Esta entrevista en El País es ya la tercera en dos días. Habla en todas partes, concede titulares, se explica, se promociona. Es evidente: no está guardando discreción, está de campaña. En vísperas de un cónclave, este despliegue mediático solo tiene un objetivo: hacerse notar. Y vaya si lo está consiguiendo.

 

Pero más preocupante que su omnipresencia es lo que dice. Porque López no se esconde: afirma sin ambages que la Iglesia debe estar al servicio del mundo. No al servicio de Cristo, no al servicio de la salvación de las almas, no al servicio de la Verdad… al servicio del mundo. Es decir, una Iglesia sometida, funcional, adaptada a las exigencias del mundo. La Iglesia del aplauso fácil, de la irrelevancia garantizada, de la renuncia programada.

 

Su modelo de Iglesia es “inclusiva”, “abierta”, “en diálogo”, “flechada hacia la paz, la justicia, la libertad, la vida, la verdad y el amor” (según sus propias palabras). Una cascada de términos tan genéricos que podría recitarla cualquier burócrata de Bruselas o cualquier portavoz de Naciones Unidas. Pero no oímos hablar de la Cruz, ni del pecado, ni de la conversión, ni de la salvación. Porque su Iglesia no es la Iglesia de Cristo: es la Iglesia del mundo, al servicio del mundo.

 

Y que nadie se engañe con tanta inclusividad. López dice querer una Iglesia donde “nadie se sienta rechazado de entrada” —refiriéndose, claro, a homosexuales, feministas, inmigrantes— pero excluye de entrada a los católicos fieles a la Tradición, a los que aman la doctrina y la liturgia de siempre. Para esos solo tiene desprecio: son “los que pisan el freno”, “los que quieren dar marcha atrás”. Su inclusividad es un engaño: solo incluye a quienes piensan como él.

 

Tan inclusivo es que hasta aprovecha para atacarnos directamente a InfoVaticana, metiéndonos en el saco de “ciertos blogs que llevan el nombre de Vaticano y prácticamente insultan al Papa”. No aclara qué insulto hemos proferido: basta con no aplaudir para ser condenado. Para López, la libertad de expresión termina donde empieza la crítica al pontífice de su devoción.

 

Pero su desprecio por la Tradición no acaba ahí. Preguntado por qué cuestiones le parecen “periféricas”, responde que “el respeto a las normas del Derecho Canónico” le parece secundario, y que “no le preocupa tanto que haya más o menos sacerdotes”. Es decir, relativiza la ley de la Iglesia y desprecia las vocaciones sacerdotales. Para López, parece que basta con que “todo cristiano se sienta llamado y enviado”. ¿Enviado a qué, si no hay sacerdotes que celebren sacramentos? ¿Llamado a qué, si no hay un sacerdocio ministerial que actúe en persona Christi?

 

Pero el colmo llega cuando arremete contra las políticas migratorias de Europa, España e Italia, que califica de “egoístas, mezquinas y raquíticas”. Con estas palabras niega, en la práctica, la doctrina del Catecismo de la Iglesia Católica, que reconoce expresamente el derecho de las naciones a regular su propia inmigración (Catecismo, nº 2241). Para López, al parecer, ni la ley civil ni la moral católica importan: todo debe someterse al imperativo ideológico de la inmigración sin límites.

 

En definitiva: un cardenal parlanchín, en campaña, que predica una Iglesia al servicio del mundo, no de Cristo; una Iglesia sin sacerdotes, sin ley, sin doctrina; una Iglesia que excluye a sus propios fieles mientras se humilla ante el mundo; una Iglesia que niega su derecho a gobernarse, su derecho a defenderse, su derecho a existir.

 

Cristóbal López representa el modelo perfecto de la Iglesia que desean los poderosos de este mundo: una Iglesia sumisa, silenciada, secularizada, adaptada, dispuesta a decir “sí” a todo menos a la Verdad.

 

Que San Juan Bosco, verdadero padre y maestro de la juventud, que enseñó a amar a Cristo, a la Iglesia y al Papa cuando el Papa era perseguido por el mundo, no aplaudido por él, interceda para que la rama salesiana no sea arrastrada por estas corrientes. Y que, si no quiere predicar a Cristo y a su Iglesia, al menos tenga la decencia de quitarse el nombre de salesiano.

 

Que Dios guarde a su Iglesia.

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