¡Qué barbaridad! ¡Cuánta gente! ¡Qué emoción, qué marea humana desbordando Roma!
Oh, wait.
La realidad es que, pese a los coros de triunfo que algunos se apresuran a entonar, el funeral de Francisco fue más bien modesto si lo comparamos con el de su antecesor san Juan Pablo II.
Recordemos: en 2005, durante el velatorio de Juan Pablo II, entre 3 y 4 millones de personas inundaron Roma. Se formaron colas de hasta 24 horas solo para poder entrar unos instantes a la Basílica de San Pedro a rezar ante su cuerpo. Para el funeral, cerca de 2 millones de personas se agolparon en Roma. De ellas, unos 300.000 en la Plaza de San Pedro y calles aledañas, mientras el resto seguía la ceremonia en pantallas gigantes por toda la ciudad. 200 delegaciones oficiales del mundo entero, incluyendo prácticamente a todos los jefes de Estado y de Gobierno, acudieron a despedir al papa polaco.
¿Y ahora?
El funeral de Francisco, celebrado el 26 de abril de 2025, reunió aproximadamente a 250.000 personas en la Plaza de San Pedro. Durante el traslado posterior del féretro a la Basílica de Santa María la Mayor, se sumaron 150.000 más, alcanzando un total de 400.000 asistentes.
Acudieron 130 delegaciones oficiales, entre ellas 50 jefes de Estado y 10 monarcas. Una cifra respetable, sí, pero lejísimos de aquel tsunami humano que despidió a Juan Pablo II.
Resumen comparativo:
¿De dónde viene entonces tanto triunfalismo?
Quizá de la necesidad desesperada de pintar normalidad donde hay decadencia. Porque las cifras hablan por sí solas. El mundo entero se paralizó ante la muerte de Juan Pablo II. Ante la de Francisco… se limitó a tomar nota.
Y lo más revelador: ningún gran medio ha querido hacer esta comparación. Ni una mención. Nada. Como si destacar esta diferencia de cinco a uno fuese un acto de mala educación.
Pero ignorarlo no lo hace menos real: la Iglesia que quiso congraciarse con el mundo hoy ni llena plazas ni mueve multitudes.
Porque una Iglesia que no ofrece al mundo la Verdad, tampoco le interesa al mundo.
La historia juzgará. Pero los números ya han hablado. Y no mienten.