¿Abismo, paracetamol o Cristo?

¿Abismo, paracetamol o Cristo?

Dentro de pocos días, los cardenales se encerrarán en la Capilla Sixtina para elegir al nuevo Papa. La Iglesia se asoma una vez más a una encrucijada. Y aunque el humo blanco suba una sola vez, lo cierto es que ante nosotros se dibujan claramente tres caminos.

El primero es el más evidente, el que muchos quieren imponer desde hace tiempo: el camino hacia el abismo. Es la senda del “progreso” incondicional, del aggiornamento permanente, de la fe mutante. Es el camino de Hollerich, de Czerny, de los ideólogos del Sínodo. Un cristianismo sin dogma, sin moral, sin Cruz. Una Iglesia que se arrodilla ante el mundo para que el mundo no tenga que arrodillarse ante Dios. Si este camino triunfa, muchos no verán ya en Roma un ancla, sino una carga. Muchos dejarán de mirar a Roma para buscar a Cristo en otro sitio, o se perderán para siempre. Es el camino de la apostasía silenciosa, de la traición envuelta en sonrisas.

El segundo camino es el de la tibieza, el del “ni fu ni fa”. Elegir a alguien que no incomode demasiado, que no cambie nada esencial… pero que tampoco lo corrija. Un Papa que beatifique a Francisco, que sonría a todos, que hable de misericordia mientras el rebaño sigue dispersándose. Es la tentación del continuismo anestesiado: curar la metástasis con paracetamol. Un pontificado gris, insípido, que prolongue la decadencia sin escándalos, sin gritos, pero también sin verdad.

Pero hay un tercer camino. Y cada día que pasa, se hace más posible. Es la vía de la enmienda a la totalidad. De parar, de mirar con dolor pero sin miedo lo que hemos hecho, lo que hemos consentido. De dejar de actuar como si el Espíritu Santo bendijera cada paso de los hombres, y empezar a pedirle luz para desandar el camino equivocado. Este tercer camino no exige un Papa perfecto, ni un ángel bajado del cielo, sino un hombre que tenga el valor de mirar a Cristo y decir: “Señor, hemos pecado. Perdónanos. Y muéstranos de nuevo el camino”.

Ese camino existe. Es el que eligieron los santos cuando todo parecía perdido. Es el camino del arrepentimiento, de la reforma auténtica, la que comienza por dentro. Es el camino de Pedro cuando llora después de negar a Jesús. El camino del hijo pródigo que vuelve a casa. Es el único camino que lleva a la vida.

Oremos por un Papa que tenga el valor de elegir ese tercer camino. No será fácil. No será cómodo. Pero será santo. Y de su mano, podremos volver a respirar el aire limpio de la fe católica, sin adulteraciones ni cobardías.

El cónclave está a punto de comenzar. Y con él, una nueva posibilidad.

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