Mare de Deu del Carme, en Tarrasa, un colegio que vuelve a ser católico a pesar de algunos padres

Mare de Deu del Carme, en Tarrasa, un colegio que vuelve a ser católico a pesar de algunos padres

El Departamento de Educación de la Generalitat de Cataluña ha abierto una investigación contra la escuela concertada Mare de Déu del Carme, en Tarrasa, regentada por los Carmelitas, por lo que algunos padres consideran un “viraje ideológico ultracatólico y de extrema derecha”.

¿El detonante? Desde la llegada de una nueva dirección en 2022, el centro ha incrementado el carácter confesional de su propuesta educativa. Se ha duplicado el número de horas de Religión, se reza en la iglesia cercana incluso fuera del horario lectivo, y se ha impregnado la actividad escolar de una visión explícitamente cristiana.

Las familias denuncian que la escuela ha dejado de ser “católica, catalana y progresista” —una descripción peculiar— para convertirse en una institución “evangelizadora”, donde incluso en la asignatura de Catalán se leen textos religiosos, y las excursiones escolares tienen dimensión espiritual. Algunas madres, visiblemente escandalizadas, han declarado que sus hijos reciben un mensaje “extremista” por el mero hecho de que todo se haga “a través del tamiz de la fe”.

La Generalitat, por su parte, ha tomado cartas en el asunto. Inspección educativa investiga si el centro ha vulnerado alguna normativa, y no se descarta que se adopten medidas si se comprueba que el colegio está, horror, enseñando el cristianismo con convicción.

Hasta aquí, los hechos. Ahora vamos con el problema de fondo: ¿cómo hemos llegado a que una escuela católica sea denunciada por ser… católica? La respuesta es simple: quien con niños se acuesta, se levanta meado.

Durante décadas, nuestros colegios “católicos” han vendido su alma al espíritu del mundo. Han querido agradar a todos: a la administración, a los padres progre, al obispo tibio, a la psicopedagoga con alergia al dogma. Han reemplazado el crucifijo por las competencias básicas, el catecismo por los valores de la Agenda 2030, y la moral por la afectividad. Se ha enseñado más a reciclar que a confesarse. Más a “ser uno mismo” que a seguir a Cristo.

¿Y ahora qué ocurre? Que cuando, milagrosamente, llega una dirección con fe, con claridad doctrinal, con deseo de formar a los alumnos en la Verdad —con mayúscula—, las familias se asustan. Han sido educadas durante años en un catolicismo de cartón piedra, decorativo, sentimental, irrelevante. Y de pronto descubren que el Cristianismo, el de verdad, no es eso. Que evangelizar no es “acompañar” en la confusión, sino anunciar con autoridad y amor que Jesucristo es el único Salvador. Que el pecado existe. Que el infierno también. Y que la fe no es un complemento opcional sino la columna vertebral de toda educación católica.

¿Aumentar las horas de Religión? ¡Delito de lesa pedagogía! ¿Rezar fuera del horario lectivo? ¡Adoctrinamiento intolerable! ¿Excursiones con dimensión religiosa? ¡Sacrilegio contra la diversidad!

Pero claro: si durante cincuenta años has convertido tus colegios en ONG’s sentimentaloides con incienso de vez en cuando, no puedes pedir ahora a los padres que entiendan qué es un colegio católico de verdad. No están preparados. Nadie se lo explicó. Nadie se atrevió.

Así que el problema no es solo la Generalitat, ni los padres indignados. El problema es que nosotros lo hemos permitido. Que los colegios “católicos” han sido cómplices de su propia secularización. Que muchos religiosos han preferido ser aceptados por el mundo antes que fieles al Evangelio.

Lo que está ocurriendo en Terrassa debería ser una llamada de atención para todos: no se puede servir a dos señores. O Cristo, o el mundo. O Evangelio, o pedagogía progre. No hay término medio.

¿Y la solución? Muy sencilla: resistir. Formar a los niños aunque se vayan familias. Enseñar la fe aunque haya inspecciones. Predicar a Cristo aunque te insulten. Y, si hace falta, hacer un colegio más pequeño, pero más santo.

Porque de nada sirve llenar las aulas si vaciamos las almas.

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