María Jesús Montero, vicepresidenta del Gobierno y ministra de Hacienda, se ha sincerado. En el programa Lo de Évole, esa versión televisiva de la terapia de grupo progresista, Montero ha hecho su ‘confesión de fe’. Y, sin quererlo, ha descrito el patético estado al que la Iglesia se ha autoconducido durante los últimos 50 años.
La historia tiene todos los ingredientes del naufragio eclesial postconciliar: curas que dejan la sotana por la pancarta, fe diluida en justicia social, comunidades cristianas hippies y eucaristías que acaban con el «Pueblo unido jamás será vencido». Si alguien quiere entender por qué la Iglesia ha pasado de ser sal y luz a ser irrelevante y rancia, que escuche a Montero.
A los 20 años, se fue de casa para vivir con amigos en una “comunidad cristiana”, donde todos aportaban lo que les daban sus padres. Ni votos, ni pobreza evangélica. Economía de papá. La parroquia de Nuestra Señora de la O, en Triana, fue el nido. Y el mentor espiritual, Manolo Mallofret, conocido como «el cura rojo». Sí, el mismo que acabó teniendo una plaza a su nombre por petición del PSOE, porque cuando Cristo desaparece del centro, los homenajes los pone el mundo.
Montero cuenta que su compromiso político nació en la Iglesia, en las manos de un cura que “había optado por los pobres”. No por Cristo. Por los pobres. La justicia social, la libertad, la dignidad de la persona, el compromiso… todo menos el Evangelio. No cita a Jesús ni una vez, pero sí deja claro que la fe que le transmitieron era poco más que una versión con incienso de la izquierda de los años 80.
La eucaristía dominical era la guinda. Y su boda, el colmo: su esposo, no creyente, terminó la ceremonia cantando el himno comunista mientras los que se quedaban fuera “porque no compartían la ceremonia” entraban emocionados. ¿Y Cristo? Fuera del templo. Había entrado la revolución.
El testimonio de Montero no es solo una anécdota personal. Es un espejo: refleja cómo una generación de curas decidió sustituir a Cristo por Marx, el Evangelio por la ideología, y la Iglesia por una ONG perezosa y estéril. Y ahora, 50 años después, esos curas se lamentan porque no hay vocaciones, las iglesias están vacías y la Iglesia ya no pinta nada en la vida pública. ¿De verdad esperaban otro resultado?
La Iglesia que “se abre al mundo” termina siendo devorada por él. La Iglesia que se hace ONG deja de ser necesaria. Y la fe que se convierte en activismo político acaba en la irrelevancia. Montero es el fruto de esa Iglesia: poderosa, socialista, y sin fe. ¿Hace falta más prueba de fracaso?
Cristo no vino a hacernos sentir cómodos en asambleas de justicia social. Vino a salvarnos. Cuando se olvida eso, todo lo demás –sacristías, cánticos, comunidades hippies– se convierte en polvo.