En la catequesis de este miércoles, el Papa reflexionó sobre la situación de los niños, especialmente aquellos que sufren explotación, abusos y marginación, centrándose en la lacra del trabajo infantil.
Destacó cómo, a pesar de los avances tecnológicos y sociales, la humanidad aún no ha enfrentado la llaga de la infancia humillada y explotada. Recordó que los niños son un don de Dios, pero con frecuencia no se les trata con el respeto que merecen, y mencionó ejemplos de la Biblia que ilustran tanto la alegría como el sufrimiento de los pequeños. Subrayó que Jesús valoraba especialmente a los niños, presentándolos como modelos para los adultos y advirtiendo severamente contra quienes los dañan.
El Papa instó a los cristianos a proteger a los niños, prevenir los abusos y condenar las injusticias que los afectan. Enfatizó que un niño privado de amor, sueños y protección no puede desarrollar sus talentos, y que quienes los explotan están destruyendo la mayor fuente de esperanza y amor en el mundo. Finalmente, pidió a los fieles abrir sus corazones a la ternura y el cuidado, para garantizar que cada niño crezca rodeado de amor y dignidad.
Les ofrecemos la catequesis completa pronunciada por el Papa Francisco:
Catequesis. Los más amados por el Padre.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Quiero dedicar esta y la próxima catequesis a los niños y reflexionar sobre la lacra del trabajo infantil.
Hoy sabemos dirigir nuestra mirada hacia Marte o hacia mundos virtuales, pero nos cuesta mirar a los ojos a un niño que ha sido marginado y que es explotado y abusado. El siglo que genera inteligencia artificial y planea vidas multiplanetarias todavía no ha enfrentado la llaga de la infancia humillada, explotada y herida de muerte. Pensemos en esto.
Primero, nos preguntamos: ¿qué mensaje nos da la Sagrada Escritura sobre los niños? Es curioso notar cómo la palabra que más se repite en el Antiguo Testamento, después del nombre divino de Yahvé, es el término *ben*, es decir, “hijo”: casi cinco mil veces. «He aquí, herencia del Señor son los hijos (*ben*), recompensa suya es el fruto del vientre» (Sal 127,3). Los hijos son un don de Dios. Desgraciadamente, este don no siempre es tratado con respeto. La misma Biblia nos conduce por los caminos de la historia donde resuenan cantos de alegría, pero también se levantan los gritos de las víctimas. Por ejemplo, en el libro de las Lamentaciones leemos: «La lengua del niño de pecho se pegó a su paladar por la sed; los niños pedían pan y no había quien se lo diera» (4,4); y el profeta Nahum, recordando lo ocurrido en las antiguas ciudades de Tebas y Nínive, escribe: «En las esquinas de todas las calles los niños fueron destrozados» (3,10). Pensemos en cuántos niños, hoy en día, están muriendo de hambre, de miseria o despedazados por las bombas.
Incluso sobre el recién nacido Jesús irrumpe de inmediato la violencia de Herodes, que ordena la matanza de los niños de Belén. Un drama oscuro que se repite de otras maneras en la historia. Y entonces, para Jesús y sus padres, llega la pesadilla de convertirse en refugiados en un país extranjero, como sucede hoy a tantas personas (cfr Mt 2,13-18), a tantos niños. Pasada la tormenta, Jesús crece en un pueblo nunca mencionado en el Antiguo Testamento, Nazaret; aprende el oficio de carpintero de su padre legal, José (cfr Mc 6,3; Mt 13,55). Así, «el niño crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él» (Lc 2,40).
En su vida pública, Jesús iba predicando por los pueblos junto con sus discípulos. Un día se acercan a Él unas madres y le presentan a sus hijos para que los bendiga; pero los discípulos las reprenden. Entonces Jesús, rompiendo la tradición que consideraba al niño solo como un objeto pasivo, llama a sus discípulos y dice: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan; porque de los que son como ellos es el Reino de Dios». Y así presenta a los pequeños como modelo para los adultos. Y añade solemnemente: «En verdad les digo: quien no reciba el Reino de Dios como lo recibe un niño, no entrará en él» (Lc 18,16-17).
En un pasaje similar, Jesús llama a un niño, lo pone en medio de los discípulos y dice: «Si no se convierten y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3). Y luego advierte: «Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar» (Mt 18,6).
Hermanos y hermanas, los discípulos de Jesucristo no deberían permitir nunca que los niños sean descuidados o maltratados, que se les priven de sus derechos, que no sean amados y protegidos. Los cristianos tienen el deber de prevenir con dedicación y de condenar con firmeza las violencias o los abusos contra los menores.
Aún hoy, en particular, son demasiados los pequeños obligados a trabajar. Pero un niño que no sonríe, un niño que no sueña, no podrá conocer ni hacer florecer sus talentos. En cada rincón del mundo hay niños explotados por una economía que no respeta la vida; una economía que, al proceder así, quema nuestro mayor yacimiento de esperanza y amor. Pero los niños ocupan un lugar especial en el corazón de Dios, y quien daña a un niño tendrá que rendir cuentas a Él.
Queridos hermanos y hermanas, quien se reconoce hijo de Dios, y especialmente quien es enviado a llevar a los demás la buena nueva del Evangelio, no puede permanecer indiferente; no puede aceptar que hermanitas y hermanitos, en lugar de ser amados y protegidos, sean despojados de su infancia, de sus sueños, víctimas de la explotación y la marginación.
Pidamos al Señor que nos abra la mente y el corazón a la ternura y el cuidado, y que cada niño y niña pueda crecer en edad, sabiduría y gracia (cfr Lc 2,52), recibiendo y dando amor. Gracias.