En el derecho laboral existe un principio que puede ser particularmente útil para entender la realidad política y espiritual de nuestros días: la irrelevancia del nomen iuris. En otras palabras, lo importante no es cómo se etiquetan las cosas, sino la sustancia que hay detrás.
En el terreno de la fe, esta máxima cobra aún más sentido, especialmente cuando observamos a quienes, ostentando títulos o etiquetas católicas, actúan de manera diametralmente opuesta a lo que predican.
El reciente panorama político en Estados Unidos nos ha ofrecido un contraste elocuente. Pasamos de un presidente, Joe Biden, que se identifica públicamente como católico, pero cuya agenda incluye políticas proabortistas, una fuerte promoción del lobby LGTB y medidas que, con toda claridad, corrompen la inocencia de los menores. Todo esto mientras ostenta su catolicismo de manera superficial, como un sello más en su currículum.
Y, de repente, aparece otro líder, uno que no presume ni alardea de ser católico, pero cuyas acciones invitan a una reflexión profunda. Hablamos de alguien que coloca la imagen de la Virgen de Guadalupe el 8 de septiembre, que reza la oración a San Miguel Arcángel y agradece a Dios haber sobrevivido a un atentado. No lo proclama a los cuatro vientos ni lo usa como bandera para sus campañas, es más, juega a la ambigüedad moral durante las campañas, pero ha sido el presidente más provida de la historia reciente de Estados Unidos.
El contraste no puede ser más claro. Como dijo Cristo de los fariseos: “No miréis lo que dicen, mirad lo que hacen”. La fe no se reduce a un título ni a una declaración pública; es un camino de obras y coherencia, de actos que hablan por sí solos. No basta con llamarse católico si en la práctica se promueven ideas y valores que contradicen los principios fundamentales de la fe.
Este momento, lejos de ser motivo de desaliento, nos ofrece una oportunidad para abrir los ojos. Los tiempos oscuros siempre han sido un terreno fértil para el florecimiento de testimonios auténticos, y hoy no es la excepción. Es una llamada a huir de quienes ostentan un nombre que no viven y, en cambio, a valorar a quienes, desde el silencio o la discreción, caminan de la mano de Dios con sinceridad.
El Espíritu sopla donde quiere, y muchas veces es en los lugares menos esperados donde encontramos los destellos más luminosos de la fe. Esto nos recuerda que hay esperanza. Que aún hay quienes, con humildad y devoción, muestran al mundo que la fe no es cuestión de apariencia, sino de corazón y de obras. Y eso, amigos, es motivo para seguir adelante con ilusión y confianza.