Recibido entre canciones de tango y sonrisas en la Sala Clementina, el Papa Francisco respondió con benevolencia y humor a la peculiar bienvenida del grupo de «iglesias-hospitales de campaña» liderado por los siempre presentes sor Lucía Caram, Peio Sánchez y el padre Ángel.
En medio de la parafernalia, Francisco soltó una frase que no pasó desapercibida: «Seguid, seguid, porque esa es una de las herencias que yo dejaré». Así, de un plumazo, convirtió la labor de estos voluntarios en parte de su «legado». ¡Qué generosidad!
La frase, por supuesto, tiene una buena dosis de presunción. No deja de ser sorprendente que Francisco, con esa humildad que lo caracteriza, considere que el trabajo de otros –de voluntarios que llevan años dándolo todo por los más pobres– sea algo que él, en su infinita bondad, «dejará». Claro, porque en su visión, esos hospitales de campaña, esos esfuerzos de acogida y alegría, no son tanto iniciativas de los propios implicados como parte del «legado Francisco». Al parecer, el trabajo de una multitud termina inscrito en el testamento del pontífice, como si fueran anotaciones en su diario personal.
Pero claro, ya que hablamos de «herencia», hay que reconocer que Francisco dejará otras marcas, menos alegres y tangibles. Porque cuando se cierra el telón de esta era papal, uno no puede evitar pensar en los «otros legados»: una Iglesia dividida como pocas veces antes, un rebaño cada vez más confundido por mensajes contradictorios y un Vaticano que va perdiendo relevancia en la esfera pública. A decir verdad, estos «legados» no tienen tanto glamour como los hospitales de campaña, pero, indudablemente, también quedarán para la posteridad.
Así, entre tangos y elogios, nos despedimos de la sesión. Los muros vaticanos presenciaron la promesa de un futuro «heredado», aunque probablemente los fieles no pidieran precisamente esta «herencia». Pero, bueno, Francisco adelante…