En Afganistán, el gobierno talibán ha implementado una nueva medida que prohíbe a las mujeres hablar y cantar en público, lo que representa una violación más de los derechos fundamentales de las mujeres en el país. Esta decisión se produce exactamente tres años después de la retirada de las tropas estadounidenses del territorio afgano, lo que marcó el regreso al poder de los talibanes y el inicio de una era de represión creciente para las mujeres afganas.
La situación actual en Afganistán es comparable a un escenario distópico: las voces femeninas han sido silenciadas en las calles, en los hogares y en los espacios públicos. Las mujeres, presentes en el día a día, ya no pueden expresar su voz en público, ni siquiera para cantar una nana a sus hijos. Este acto de represión no solo afecta la presencia física de las mujeres en la vida social, sino también su capacidad de expresión, reduciéndolas a un estado de invisibilidad total.
A pesar de la gravedad de esta medida, la noticia no ha recibido la atención ni la indignación masiva que merece a nivel internacional. Este silencio global ante la mutilación de las voces femeninas en Afganistán contrasta con la movilización que generan otras causas civiles. Sin embargo, esta decisión talibana representa un acto de violencia que afecta a toda la humanidad, trascendiendo fronteras religiosas, étnicas y culturales.
Hace tres años, el 31 de agosto, la retirada de las tropas estadounidenses dejó a Afganistán en manos de los talibanes, iniciando una pesadilla para las mujeres afganas que ha ido en aumento. Desde la exclusión de las niñas mayores de 12 años de las escuelas hasta la progresiva eliminación de todos los derechos fundamentales de las mujeres, ahora se suma la prohibición de su voz en público. En un mundo mediático donde las noticias pueden ser efímeras, es crucial recordar que en 2024 hay millones de mujeres afganas a quienes se les ha negado no solo la palabra, sino también la esperanza de un futuro mejor.