Una vez más, un curial -en este caso, ni más ni menos que el secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin- ha remachado la idea de que “las reformas de Francisco son irreversibles”. El propio Papa sugiere de continuo que no debemos temer los cambios, pero, al parecer, se refiere al cambio presente de lo que hay, no al cambio futuro de sus decisiones.
La cuadratura del círculo, el movimiento inmóvil, las cosas que no pueden ser. Como la desesperada y exasperante paradoja de los renovadores que hoy dominan la Iglesia, que quieren, como dice el refrán anglo, comerse la tarta y guardarla para luego o, en más castizo y clerical, estar en Misa y en la procesión.
Este es el pontificado de la paradoja, pero esta es quizá la que las une a todas, como el Anillo Único: no considerar (casi) nada de los siglos anteriores de la Iglesia como inmutable y, a la vez, decretar como irreversible hasta el menor comentario casual del pontífice reinante, que hasta sus expresiones favoritas (“Iglesia en salida”, “nuestra casa común”) se incorporan como obligadas en el discurso de los prelados. Es como si se hubiera proclamado un Año Cero a lo Pol Pot para la Iglesia con el advenimiento de Francisco, ahora sí entendemos de qué va la vaina.
Pero soplar y sorber, no puede ser.
No puede ser que lo que la Iglesia ha discernido (por usar uno de sus verbos favoritos) a lo largo de los siglos, de tumultuosos concilios y sucesiones de santos y doctores, de pontífices afinando y asentando doctrinas ya reveladas desde el principio, sea como los muebles de un desván, que se eligen o descartan a voluntad.
Y de ahí que tengan que hacer delicados equilibrios a cada momento. Porque para que juzguemos “irreversibles” las reformas francisquistas tienen que echar mano de una autoridad sacral de la que carecen sus homólogos políticos, y esa misma autoridad se asienta únicamente en esa Tradición que descuidan y parecen desdeñar.
¿Cómo van a hacer irreversibles sus reformas quienes insisten en que todas las anteriores son revisables, los que gustan de hablar de “la Iglesia de Francisco”, como si el pontífice reinante hubiera hecho nuevas todas las cosas?
Parolin recurre a una expresión muy amada por los políticos para insinuar que no es lo mismo lo que hacen ellos que lo que no van a poder hacer sus sucesores: que “no se puede dar marcha atrás”. Por supuesto, “atrás” y “adelante” son dos términos que solo tienen sentido si conocemos con certeza cuál es la meta y la dirección. Si estoy en Madrid y conduzco hacia el norte, estoy “avanzando” en el caso de que mi destino sea Burgos; si es Sevilla, voy “marcha atrás”.
Por lo demás, es el propio Francisco quien nos enseña que no solo se puede “dar marcha atrás”, sino que puede hacerse en el propio pontificado. Dio marcha atrás aboliendo Summorum pontificum y su liberación de la Misa de siempre a solo catorce años de su promulgación por un Papa, Benedicto XVI, que seguía vivo. Más rápido aún, sobre la licitud de las bendiciones a parejas homosexuales tuvo dos ‘doctrinas’ opuestas en apenas dos años, todo un récord pontificio.
Francisco está haciendo denodados esfuerzos por hacer irreversibles sus cambios, cambios incambiables, no solo instruyendo a sus adláteres para que machaque con la idea sino ocupándose de que el colegio cardenalicio, que ha de elegir a su sucesor, esté mayoritariamente elegido por él y entre los suyos y sean de su cuerda. Es en vano, porque el Papa que surja no va a considerarse atado a la voluntad de su predecesor después de que Francisco haya enseñado qué fácil es revertir lo irreversible.