(Stefano Fontana/La nuova bussola quotidiana)-La teología se sirve de la filosofía y esto ocurre también cuando la teología tropieza con alguna ambigüedad o error al no utilizar la razón como debiera.
Ni siquiera la Declaración Fiducia supplicans del Dicasterio para la Doctrina de la Fe puede escapar a esta regla. Sus planteamientos, nada convincentes en el plano teológico y doctrinal, dependen también de planteamientos nada convincentes en el plano natural y filosófico. Ocurre así que los efectos negativos de la nueva bendición de parejas homosexuales y transexuales se extienden no sólo a nivel espiritual, sino también moral y social, socavando principios como el origen de la sociedad y de la familia a partir de una pareja o el significado social de la sexualidad.
Una pareja no es la mera yuxtaposición de dos individuos cualesquiera. Ciertamente, uno puede tener en la mano una “pareja de ases”, puedo tener una pareja de manzanas o poseer una pareja de perros. Pero no hablamos de esto cuando utilizamos el término «pareja» para referirnos a las personas. Una pareja se constituye cuando dos personas se unen de forma complementaria, no en función de sus impulsos o sentimientos individuales, sino en obediencia a una vocación que comporta una regla que les es indisponible. Existe pareja cuando las razones para constituirla y vivirla son también indisponibles para los dos que entran en ella, por eso puede decirse que es la situación de pareja la que constituye a sus dos componentes y no al revés. Es la familia -como se oye a menudo- la que constituye al padre, a la madre y a los hijos, y no al revés. La pareja es siempre mayor que las dos personas que la componen y no resulta de su suma. En la pareja no hay agregación, ni mucho menos yuxtaposición, sino integración complementaria en un todo nuevo, que posee una lógica orgánica y una vida propias, independientes y superiores a las partes. Por la misma razón, la pareja o es indisoluble o no es pareja, o está abierta a la vida o no es pareja. A partir de ella, de hecho, comienza una vida que ya no depende de los dos componentes. Los componentes son dos, pero la pareja es más que dos.
Una pareja requiere complementariedad entre las dos partes, de modo que sólo es posible entre un hombre y una mujer. En otros casos, la palabra pareja se utiliza en sentido analógico, como entre dos amigos, o en sentido equívoco. La complementariedad, es decir, el encuentro de dos diferencias personales para completarse mutuamente, expresa el carácter natural de la pareja, su ser «según la naturaleza». Si falta la complementariedad, como en el caso de dos personas del mismo sexo, falta la dimensión natural, por lo que falta en consecuencia la indisponibilidad y la vocación, es decir, vivir según una regla que no es la propia sino la de la pareja. En este caso, no hay pareja, sino acoplamiento instrumental y violencia recíproca.
Hemos utilizado argumentos de sola razón y nos hemos movido en un plano meramente natural. El plano sobrenatural de la gracia nunca niega la verdad natural de las cosas, si acaso la perfecciona. Si la negara, se volvería poco fiable porque contrapondría a Dios creador y a Dios redentor. Esto debe aplicarse también a los sacramentales en general y a las bendiciones en particular. Ahora bien, ¿qué le dice la razón natural al Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe a este respecto? Le dice que la pareja a la que la Declaración dice que se debe dar la bendición no existe, no es una pareja real, sino un mero agregado sociológico inventado y fruto de deseos desordenados. Les dice que son dos individuos que no se complementan y que en su unión se instrumentalizan e incluso se violentan. El que da la bendición ve a los dos frente a él, ve a dos de ellos, pero no ve a la pareja, no ve su unidad, que, si deriva de intereses irregulares, no constituye unidad alguna.
Aquí radica el gran error natural, que no sobrenatural, en la bendición de una pareja homosexual. Se trata como una pareja lo que no es una pareja. Nadie puede hacer que sea lo que no es, pero el sacerdote que bendice a una pareja homosexual pretendería hacer que sea lo que no es, cayendo en el absurdo de contradecir, a la vez que bendice, la creación y el orden finalista que contiene.
Resulta inconsistente hasta el ridículo afirmar que no obstante no lo tratamos como si fuera un matrimonio. La pareja en el verdadero sentido de la palabra existe, al menos en principio, incluso en el matrimonio natural, de modo que cuando el sacerdote, en la bendición, trata como pareja a una pareja que no existe, es como si la transformara de pareja-que-no-existe en pareja-que-es, y por tanto en matrimonio (natural).
Por lo tanto, a la Declaración Fiducia supplicans debemos oponernos también en el plano de la razón natural.