El protocolo de dimisión

El último Papa Malchi Martin
|

InfoVaticana les ofrece algunos de los mejores extractos de los libros de la editorial Homo Legens. Puede comprar todos los libros en www.homolegens.com

Hoy les ofrecemos este extracto del libro El último Papa, de Malachi Martin. Año 1963. Satanás es entronizado en la capilla paulina del Vaticano en una terrible ceremonia secreta en la que participan varios cardenales y obispos. Treinta años después, una conspiración de eclesiásticos, políticos y empresarios, unidos por su pertenencia a la masonería, su delirio globalista y su sumisión al diablo, trata de implantar un gobierno mundial, en el que la Iglesia Católica abandone su papel de Esposa de Cristo para servir al poder global.

A punto de lograr su objetivo, los integrantes de este complot tratan de vencer un último obstáculo: ‘el Papa eslavo’, un hombre profundamente espiritual en la cátedra de San Pedro. Sitiado dentro de la propia estructura del Vaticano y presionado por sus enemigos para presentar su dimisión, el Papa confía en un joven sacerdote estadounidense para jugar una partida definitiva en la guerra contra el Mal.

El protocolo de dimisión

En cierto modo, la geopolítica era lo único que existía para el papa eslavo. A no ser que uno estuviera sintonizado con él a nivel geopolítico, no podía adquirir una verdadera comprensión de su conducta eclesiástica, sus juicios morales, su política de relaciones públicas, su devoción y su religiosidad, o sus interpretaciones de la historia contemporánea.

Más concretamente, a no ser que uno percibiera la compleja interrelación entre el crepúsculo de aquel papado y el crepúsculo del sistema internacional conocido como guerra fría, tampoco podía apreciar la visión del papa de la presteza con que el viejo sistema se había transformado en noche y la destreza con que otro lo reemplazaba, cuyo paisaje discernía con la claridad de un faro que iluminara todos y cada uno de sus detalles.

Durante las semanas de su recuperación en Castel Gandolfo, a unos treinta kilómetros del centro de Roma, su santidad obedeció inusualmente al doctor Fanarote y descansó de la habitual intensidad de su trabajo. En su soledad y tranquilidad relativas, tuvo tiempo y motivación para revisar el cambio, la aparente evolución iniciada en 1989, encaminado a fijar un rumbo nuevo y definitivo para el mundo.

Nunca en la historia de la humanidad dos enemigos tan acérrimos como las ex superpotencias rivales de la guerra fría se habían reconciliado y ganado su mutua confianza en tan poco tiempo, y con tan escasa ceremonia, como el Oeste capitalista y el Este recientemente desarticulado. El sumo pontífice era demasiado consciente de sus obligaciones como pastor para que le pasara desapercibido el significado religioso evidente de dicha transformación geopolítica. Y era también demasiado experto como geopolítico para dudar de que los años transcurridos desde 1989 habían sido un periodo de gestación para lo que ahora estaba a punto de envolverse alrededor de la sociedad de las naciones y de la Iglesia católica como institución universal.

De no haber sido por su trágica muerte, el padre Aldo Carnesecca abría sido el confidente de muchos de aquellos pensamientos del Santo Padre, en las últimas semanas de verano. Sólo Carnesecca parecía poseer una especie de visión sobrenatural de la Iglesia y de la vicaría de Cristo. Su pérdida en aquel momento crítico del pontificado de su santidad no era sólo profundamente lamentable. Era irreparable.

Monseñor Daniel Sadowski sabía que no era Aldo Carnesecca. Pero con su fidelidad, su amor y su preocupación por el papa eslavo, él era quien compartía los pensamientos del sumo pontífice en el estudio papal, y quien llegó a comprender íntimamente la creciente urgencia con que el sumo pontífice consideraba las consecuencias futuras del acuerdo definitivo entre Oriente y Occidente, producto de dos importantes sucesos del pasado reciente.

El primero de dichos sucesos había sido la firma en París, el 19 de noviembre de 1990, de la Declaración conjunta de veintidós estados. Dicha Declaración anunciada a la URSS de Mijaíl Gorbachov que el Este y el Oeste habían dejado de ser adversarios. El principal estratega del propio Gorbachov, Georgy Arbatov, lo expresó en términos más contundentes y más útiles en la opinión del papa, cuando declaró solemnemente que «el comunismo ha muerto». La guerra fría había terminado. El segundo suceso, mucho más espectacular, había sido el golpe de Estado en Moscú durante agosto del año siguiente, cuando el régimen soviético de Mijaíl Gorbachov estaba prácticamente acabado. Acto seguido había dimitido Gorbachov el día de Navidad y había llegado al poder el nuevo régimen de Boris Yeltsin.

Era un elemento significativo del nuevo acercamiento entre Este y Oeste, el hecho de que tanto Gorbachov como Yeltsin insistieran en que había tenido lugar una ruptura total con el pasado soviético, que no había continuidad alguna entre el régimen actual y el antiguo régimen soviético.

─Claro está ─subrayó el papa, cuando hablaba con monseñor Daniel─, que era preciso convencer a Occidente de que era cierto.

Era imprescindible como base de la ayuda económica y financiera que esperaban de Occidente. Y también imprescindible para la inclusión de Rusia como miembro de las instituciones que se crearían para el nuevo orden mundial. Pero imprescindible sobre todo para la unidad y estabilidad de lo que Gorbachov había denominado «el espacio europeo del Atlántico a los Urales y hasta la costa del Pacífico», y lo que Eduard Shevardnadze, dictador de Georgia, describía como «la gran Europa, Europa unida, del Atlántico a Vladivostok, el espacio euroasiático…».

Con bastante antelación al golpe de agosto, y como cualquier otro líder mundial bien informado, el papa eslavo sabía que se había preparado el terreno tanto para Yeltsin como para Gorbachov en sus nuevos papeles. En 1991, Yeltsin había abandonado ya públicamente el partido comunista y retado públicamente a Mijaíl Gorbachov. Era un espectáculo de primera magnitud y, como tal, lo presenciaron los soviéticos y los occidentales en sus pantallas de televisión. Fue entonces cuando Yeltsin disfrutó del primero de una serie de viajes privados por Estados Unidos, en los que se incluyó su estancia en el Instituto Esalen, donde se le imbuyeron los principios básicos del método Esalen de programación, consistentes en «desmenuzarlo todo y reconstruir de nuevo». Durante dichos viajes, conoció también a numerosos legisladores, banqueros, gerentes industriales y presidentes de fundaciones estadounidenses.

Se allanó asimismo el futuro camino de Gorbachov. Incluso antes del golpe de agosto, conocía ya su próximo cargo y ubicación. El suyo sería un papel global con base transatlántica. Acabaría en el centro de la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa. Pero de forma más inmediata su base de operaciones sería la Fundación Gorbachov. Y el lema de la FG, elegido por el propio Gorbachov, «avanzando hacia una nueva civilización».

***

Este fragmento ha sido extraído del libro John Senior y la restauración del realismo (2022) de Dom Francis Bethel OSB, publicado por Bibliotheca Homo Legens.

Este título y muchos más pueden adquirirse a un precio especial como parte de las ventajas exclusivas del Club del Libro, un servicio de suscripción por el que podrá conseguir hasta veinticuatro libros del catálogo de Bibliotheca Homo Legens —valorados hasta en 500 euros— al año, sin gastos de envío. Puede encontrar más información en https://homolegens.com/club-del-libro/.

      

Ayuda a Infovaticana a seguir informando

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 caracteres disponibles