¿Instrumentum Laboris o Instrumentum Deceptionis?

Sínodo de la sinodalidad LGTB
|

(Gavin Ashenden/The Catholic Herald)-La Iglesia católica necesita seriamente renovarse. Pero, ¿cuándo no lo ha necesitado?

La tarea de cada generación es de discernimiento. El discernimiento es a la vez una faceta del sentido común, pero, como tantos otros aspectos de la vida de fe, tiene también una dimensión espiritual o sobrenatural. San Pablo nos recuerda que el discernimiento es también un don del Espíritu Santo. Necesitamos ver en dos dimensiones, tanto la material como la espiritual.

La impresión inmediata que ofrece el «Instrumentum Laboris» es que se trata ante todo de un documento político, que trata de dinámicas terapéuticas y progresistas; insensible (en el mejor de los casos) a la dimensión del alma y del espíritu, prefiriendo en cambio el ego y la reforma social.

La sinodalidad es, de hecho, un proceso continuo que se desarrolla con toda naturalidad al margen de cualquier planificación burocrática. Los católicos hablan y se consultan entre ellos. Miran, perciben, evalúan, se quejan y se felicitan. Nunca ha sido obvio que fuera necesario un proceso sinodal formal. Pero eso es en lo que ahora estamos.

¿Cuáles son las áreas de reforma que el proceso sinodal informal que no ha dejado de existir señala como las mayores preocupaciones?

Abarcan amplias y graves áreas de corrupción: abusos sexuales por parte del clero, encubrimiento y protección de los abusadores, corrupción financiera institucional, afirmación de una sexualidad desordenada fuera del matrimonio, cierto grado de autoritarismo clerical inflexible con algunos sectores, y pasividad y laxitud en la observancia y escaso entusiasmo por la evangelización entre demasiados laicos.

Entonces, ¿por qué estamos metidos en el camino sinodal? Está surgiendo la terrible sospecha de que se está usando como un medio para cambiar la naturaleza de la propia fe. En un reciente podcast del Catholic Herald, «Merely Catholic«, el experimentado corresponsal en Roma Edward Pentin rastreó esta estrategia a partir del Sínodo sobre la Familia. Y nada ha sucedido desde entonces para tranquilizar a quienes temen que la sinodalidad burocrática no sea más que un caballo de Troya para una revisión progresiva de la ética y la fe católicas.

Un proceso sinodal que examine nuestros defectos y fallos es de agradecer.

Pero al igual que los niños de la parábola que miraron hacia arriba y pidieron pan espiritual, en Instrumentum Laboris sus autores han dado a los hambrientos una piedra espiritual. Lo que nos ofrecen tiene una composición que podríamos llamar psicoterapéutica, pero que no es del Espíritu.

Instrumentum Laboris elige como causas principales de nuestra preocupación áreas de nuestra vida común diferentes a las de nuestras preocupaciones sinodales informales.

Demasiada guerra, demasiado cambio climático, economía injusta y alienación existencial de aquellos que se identifican a sí mismos y su valor según sus apetitos sexuales. Estas son, por supuesto, las huellas del izquierdismo progresista, ya sea en los círculos políticos, LGBTQ+ o del cambio climático.

“Por sus frutos”, pero también por su lenguaje, “los conoceréis”.

Por supuesto que hay demasiada guerra. Pero en el Instrumentum Laboris no se reconoce que el pecado original sea la raíz de tanta guerra, ni que el arrepentimiento y la conversión sean los remedios. Los remedios que se proponen son, por el contrario, el recurso a “la escucha, la inclusión y la afirmación”, esto es, la constante reiteración de ese “caminar juntos” que supuestamente proporcionará el remedio que necesitamos. Esto es, por supuesto, profundamente subcristiano, y tal vez algo peor.

De hecho, el lenguaje y la terminología del documento están prescribiendo de antemano sus conclusiones.

Y es que su enfoque principal gira en torno a la escucha y la alienación. Esto significa que sus prescripciones se expresarán en las categorías de terapia y justicia política y psico-sexual. Más aún. La alienación de la que habla el documento es específicamente la de aquellos que se autoidentifican por medio de sus apetitos eróticos, conocidos por algunos pintorescamente como el “pueblo del alfabeto”, LGBTQIA++ etc.

Con independencia de que todo esto tenga muy poco que ver con la fe, la teoría que asume el Instrumentum Laboris es mala incluso desde el punto de vista terapéutico.

Para muchos, la gran sorpresa fue la experiencia de ser escuchados por la comunidad, en algunos casos por primera vez, recibiendo así un reconocimiento de su valor humano único que atestigua el amor del Padre por cada uno de sus hijos e hijas. La experiencia de escuchar y ser escuchado de este modo no sólo cumple una función práctica, sino que también tiene una profundidad teológica y eclesial, porque sigue el ejemplo de cómo Jesús escuchaba a las personas con las que se encontraba”.

Pero los profesionales de la psicoterapia saben muy bien que no del mero acto de escuchar por sí solo no se consigue gran cosa. Las distintas escuelas terapéuticas discuten largo y tendido sobre qué tipo de escucha y qué tipo de respuesta son necesarias para lograr cambios efectivos. E incluso ahí, las modas y los remedios cambian constantemente.

La idea de que la escucha per se logrará algo es simplista e incluso profesionalmente inconsistente. San Pablo dirige a la Iglesia por un camino diferente de percepción y compromiso, y nos advierte de que nuestra experiencia del valor humano es el don del Espíritu Santo que forja una relación con el Creador como Abba, nuestro íntimo Padre.  Es esto lo que nos proporciona el reconocimiento y la profundidad existencial que el corazón humano anhela. San Agustín lo expresó en su breve pero potente y célebre aforismo:

«Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»

El Instrumentum Laboris sustituye a San Agustín por “experimentamos alienación y falta de autoestima y sólo descubrimos nuestro valor humano cuando alguien nos escucha, nos incluye y nos acompaña en un caminar juntos”.

Esto ni es ni católico ni es cristiano. Y los autores parecen confundir al Jesús Mesías de los Evangelios con un “Jesús terapeuta no directivo, discípulo de Karl Rogers y Gustav Jung” producto de su imaginación.

El Jesús que encontramos en este documento no es el Jesús de los Evangelios.

“Se trata de la profunda necesidad de imitar al Maestro y Señor también en la capacidad de vivir una aparente paradoja: «proclamar con audacia la propia enseñanza auténtica y, al mismo tiempo, ofrecer un testimonio de inclusión y aceptación radicales» (DEC 30)”.

La conversión y el arrepentimiento radicales de los Evangelios han sido sustituidos por la “inclusión y aceptación radicales” en el texto del Instrumentum Laboris.

Es por supuesto cierto que la inclusión y la aceptación desempeñan un papel importante en los Evangelios si se definen cuidadosamente y se sitúan en su contexto adecuado. Pero si se sacan del contexto específico y se convierten en una regla generalizada, se altera su significado y su sentido. En ninguna parte ofrece Jesús la aceptación y la inclusión terapéuticas sin acompañarlas de la invitación a un cambio de corazón, de prioridad o de acción dentro de un marco ético más exigente.

A veces, el texto cae en la psicocháchara, como si los autores quisieran tranquilizarse a sí mismos y apuntalar sus convicciones pseudoterapéuticas:

“La escucha auténtica y la capacidad de encontrar modos para seguir caminando juntos más allá de la fragmentación y la polarización son indispensables para que la Iglesia permanezca viva y vital y sea un signo poderoso para las culturas de nuestro tiempo”.

En el momento en que intentamos definir lo que significa aquí auténtico, descubrimos que las palabras tienen muy poco peso. Y la constante referencia al “caminar juntos” se vuelve cada vez más vacua y de poca ayuda. ¿Caminar hacia dónde? ¿Juntos en qué sentido? Como tantas veces en esta cultura progresista, el proceso prima sobre la sustancia, la apariencia sobre la realidad, el eufemismo sobre el análisis.

La fragmentación y la polarización (como quiera que se midan) se han entendido desde hace mucho tiempo como síntomas de estar distanciados de Dios, de estar alejados del sacramento de la confesión y no haber recibido la absolución.  También pueden ser síntomas de las turbulencias provocadas por energías psíquicas y espirituales incontroladas. ¿En qué cosmovisión uno puede superarlas simplemente viajando, siendo incluido y acompañado?

Sería interesante saber en qué modelo terapéutico se basan los autores y si son capaces de definir en qué consiste una escucha “auténtica”. ¿Es inconcebible que constituya la terapia de grupo amateur y de estar por casa para trastornados de un grupo de progresistas católicos reunidos en el marco del proceso sinodal?

Envalentonados por su propio entusiasmo, el texto continúa:

“Escuchando atentamente la experiencia vivida por los demás, crecemos en el respeto mutuo y comenzamos a discernir las mociones del Espíritu de Dios en la vida de los otros y en la nuestra”.

“La conversación en el Espíritu se inscribe en la larga tradición del discernimiento eclesial”.

Algo que, por supuesto, es parcialmente cierto. Pero a quienes han entregado realmente sus vidas a la oración, la disciplina y la mortificación, decirles que los autores saben que conversar sin prejuicios produce una poderosa evocación del Espíritu Santo, les parecerá un sinsentido superficial.

¿Es esto todo lo que se necesita? Si fuera cierto, la renovación de la Iglesia sería un ejercicio mucho más rápido y menos costoso de lo que ha resultado ser a lo largo de los siglos. Pero, por supuesto, no es cierto.

Que conste que el texto dice centrarse en las tres importantes áreas de la “comunión, la misión y la participación”.

Pero cada una de estas importantes tareas teológicas se ve coloreada y distorsionada por los aforismos repetidos sin cesar de un relativismo subjetivo inmerso en constantes obviedades terapéuticas. Y, en consecuencia, empiezan a adquirir un significado y un propósito diferentes.

Puede que hayas pensado que la misión tiene algo que ver con anunciar a Jesús a la gente, ofrecer el bautismo para el perdón de los pecados y una vida de creciente santificación en la Iglesia. Pero no es así para los autores de este texto.

“Una Iglesia sinodal misionera tiene el deber de preguntarse cómo puede reconocer y valorar la aportación que cada bautizado puede ofrecer a la misión, saliendo de sí mismo y participando junto con otros en algo más grande”.

La clave está en gran medida en lo que sea ese “algo más grande”. Aparentemente, es más un proceso que una sustancia, más un camino que una llegada:

“Todos los puntos de vista tienen algo que aportar a este discernimiento, empezando por el de los pobres y excluidos: caminar junto a ellos no significa sólo asumir sus necesidades y sufrimientos, sino también aprender de ellos”.

Así que para los autores del Instrumentum Laboris no importa en qué sistema de valores crea o practique ese “protagonista”, sólo que lo respetes y aprendas de él. Esto es superficialidad relativista del tipo más desarrollado.

Por si pensabas que todo esto era verborrea utópica dislocada, los autores tienen aún mayores ambiciones. En sus mentes piensan que están formando algo tan radicalmente diferente de la práctica católica que tiene un nombre y una aspiración. El nombre es Catolicismo Sinodal y la aspiración es la conquista de los seminarios y del clero.

“Los candidatos al ministerio ordenado deben formarse en un estilo y mentalidad sinodales. La promoción de una cultura de la sinodalidad implica la renovación del actual currículo de los seminarios y de la formación de los formadores y de los profesores de teología, de manera que exista una orientación más clara y decidida hacia la formación a una vida de comunión, misión y participación. La formación para una espiritualidad sinodal está en el corazón de la renovación de la Iglesia”.

Para los que tienen oídos sensibles, la “espiritualidad sinodal” empieza a sugerir matices de un concepto orwelliano del catolicismo, lo que de hecho estaría en consonancia con el orwelliano inclusivismo secular que excluye a todos los conservadores y tradicionalistas. Parece que el proceso sinodal va en esa línea.

Las cuestiones que se someten a consideración en el trabajo de grupo traen consigo sus propios presupuestos teológicos. Mientras que Jesús habla de una dicotomía de lucha entre la Iglesia o el Reino y el Mundo, el cristianismo sinodal no ve dicha dicotomía. Sólo la “unidad de toda la humanidad”.

“¿Cómo podemos ser más plenamente signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad del género humano?”

Hay formas de hablar de la unidad de la humanidad. Biológicamente, sin duda. Pero teológicamente sólo hasta cierto punto. El Padre distingue claramente entre toda la humanidad que está hecha a imagen de Dios; pero la semejanza con Dios es algo que se desarrolla como parte del proceso de conversión y santificación. La afirmación del valor universal es algo que sólo puede hacerse en un contexto particular.

Es importante que los católicos lean el Instrumentum Laboris y se pregunten hasta qué punto la rehabilitación terapéutica sin una crítica ética de quienes viven una sexualidad desordenada constituye una renovación de la vida espiritual de toda la Iglesia. ¿Y hasta qué punto una mayor conciencia del cambio climático y de la justicia o no de las estructuras económicas y de los conflictos geopolíticos renovará la Iglesia?

¿Son la “inclusión, el diálogo y la escucha, el acompañamiento a través del caminar juntos” recursos probados y reconocidos por el Espíritu Santo en diferentes culturas, épocas y lugares?

¿O constituyen quizás una equivocación temporal característica de una rendición puntual a una moda secular pasajera tal y como encontramos con bastante frecuencia en la historia de la Iglesia?

¿O constituye más inquietantemente un plan para un tipo diferente de catolicismo, un “catolicismo sinodal” que de hecho no es ni genuinamente sinodal ni católico, sino un medio para el fin de cambiar la comprensión católica de la sexualidad, la espiritualidad y la ética?

Ayuda a Infovaticana a seguir informando

Comentarios
14 comentarios en “¿Instrumentum Laboris o Instrumentum Deceptionis?
  1. Muy buen análisis. Lo menos malo que se puede decir del texto base del próximo sínodo es que es vacuo y evanescente. Lo peor, y más probable por desgracia, es que está, en su relativismo, que reduce todo a proceso y «encuentro» bajo la supuesta inspiración de un Espíritu que se parece poco al Espíritu Santo del Evangelio, perfectamente diseñado para dar lugar a cambios doctrinales muy profundos que harían que la Iglesia dejara de ser lo que siempre ha sido y se diluyera en el mundo en lugar de transformar este.

  2. Todo es criticar y criticar en esta P…ta página y qué pestilencia leer las toneladas de m…da, frustración y amargura de los comentaristas. Definitivamente, Infovaticana no es una página católica.

    1. Ya está el troll masoquista quejándose de una página en la que nadie le obliga a estar. Le iría mejor en Herejía Digital, donde son tan «católicos» como usted.

    2. ¿Criticar? ¡Pero si he dicho que el análisis que hace el autor del texto en el que usted ha entrado, se suponía que para comentarlo, es muy bueno! El que no hace otra cosa que criticar y demuestra estar muy, pero que muy amargado (la prueba más evidente es cómo se expresa) es usted, amigo Kiko.

    1. ¿Y a subversivos masoquistas no? Porque tanta queja sobre la página y esa resistencia abandonarla, si no es masoquismo, ¿qué es? Quizás usted sí esté aquí porque alguien le paga. Desde luego, a los demás comentaristas no nos paga nadie, por lo que es bastante difícil que alguien nos despida (y a los trolls vocacionales, que son quienes insultan, menos).

  3. Jesús sinodal, le preguntaría cómo ve la cosa a, Pilatos, Caífas, y a todo pagano suelto. Después no iría a la cruz, total para qué, si vida hay una sola, y podría seguir con sinodales pensamientos.

  4. Si la Iglesia jamás tuvo
    tantos obipos al frente,
    me conmueve enormemente
    que los achique un besugo.
    Pues su historia milenaria
    constatadamente esseña
    la libertad de esa peña,
    que jamás era gregaria.
    Qué tiempos!…Ahora,sí el jefe,
    indigesto, tiene un flato…
    aquí se caga hasta el gato,
    al compás del mequetrefe…
    Los obispos hodiernos
    no llegan ni a monaguillos.
    Son sólo un club de membrillos
    (que,por solteros,i ni cuernos !)
    Ni creen en Dios,ni en Su Hijo;
    ni en su Madre Inmaculada.
    -«Entonces… qué creen?»…-«En nada!.
    En tener su culo fijo…»

  5. No coincido en descalificar a todo el Sínodo, pero en el artículo está bien observada, la insistencia en pretender la inclusión de grupos ‘formales’ con distintas características, al estilo de LGTBxx o la comunidad de adúlteras/os. Lo correcto es recibir a todas las personas con sincero propósito de conversión.

    1. «Lo correcto es recibir a todas las personas con sincero propósito de conversión»

      Tras diez años de b e r g o g l i a t o y por el «Instrumentum laboris» del sínodo sinodal sinodalísticoespialidoso, ya debería saber que éste no va por ahí.

      1. Tras todo el fervor creativo, será el Papa Francisco quien reiterá la Doctrina definitiva en cada caso (sacerdocio mujeres) y aceptará eventualmente el desarrollo de la Doctrina todavía pasible de mayor interpretación. Desde ya que el Papa no aprobará el ridículo aluvión de cuestiones sexuales.

  6. Quiero creer que la amplitud de la invitación sinodal ha incluido al mismo demonio? O lo han discrimado? Que poco terapéutico sería…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 caracteres disponibles