(John M. Grondelski/The Catolic Thing)-La breve homilía del Papa Francisco en el funeral de Benedicto XVI ha generado cierta controversia. Quienes la critican se quejan de que fue escueta e impersonal, carente de referencias significativas a su predecesor. La única frase del último párrafo que mencionaba explícitamente a Benedicto podría referirse prácticamente a cualquier católico.
En defensa de Francisco, algunos comentaristas sostienen que la homilía fue cristocéntrica, otros han afirmado que tal perspectiva habría encajado tanto con el propio enfoque teológico de Benedicto como con su humildad. Uno de quienes la han defendido añadió que “las comparaciones con 2005 [es decir, con el funeral de Juan Pablo II]… no son justas, ya que las circunstancias eran diferentes” porque Benedicto no era entonces el Papa en ejercicio. Otros han señalado que las homilías fúnebres no son panegíricos. Así que el enfoque de Francisco fue litúrgicamente correcto. El cardenal jesuita Michael Czerny caracterizó la homilía como pastoral, un “tributo espiritual”, explicando que el “elogio o panegírico” pertenecen a “otro tiempo y lugar”.
¿Y hasta qué punto el Papa estaba simplemente aplicando su «regla de los diez minutos o menos» de que las homilías deben ser breves y concisas?
Así pues, ¿es la reacción a la homilía papal una especie de test teológico de Rorschach?
Parte del problema puede ser que los católicos ya no saben lo que hay que esperar de un funeral.
El eslogan “los funerales son para los vivos” es común pero es erróneo: los funerales no tratan principalmente de ti, a menos que estés dispuesto a cambiar tu lugar por el del cadáver. Por eso los funerales interrumpen los horarios de la gente: son para el descanso del difunto, no para la comodidad de los que quedan vivos. Desde una perspectiva verdaderamente católica, los funerales tienen que ver con el difunto y con la necesidad de rezar por él, porque todo el mundo necesita “trabajar por su salvación con temor y temblor” (Flp 2, 12) ante Dios santísimo.
La teología protestante rechazó la idea de la oración por los difuntos; este rechazo era un componente integral de su concepción no sacrificial de la Eucaristía. Difícilmente podía centrarse en “llevarles con nuestras oraciones a la casa del Señor”, como recomendaba San Ambrosio.
Desde este punto de vista, parece haber dos opciones posibles para el predicador de un funeral: o hablar del fuego del infierno y la condenación o realizar un elogio centrado en las cualidades buenas y memorables del difunto.
El fuego del infierno y la condenación están pasados de moda para los deístas moralistas de hoy en día, que no pueden imaginar a un “Dios enfadado”, por lo que los funerales protestantes y laicos se caracterizan por un viaje eulogístico por el camino de los recuerdos.
Dado que en los últimos años la predicación católica también ha dado poca importancia al purgatorio y evita mencionar el infierno, en la práctica nuestra teología se ha vuelto «disneyesca»: “todos los perros van al cielo”. En su mayor parte, los funerales católicos se adhieren a las normas diocesanas contra los panegíricos centrados en los muertos antes que en Cristo. La típica homilía fúnebre católica de hoy se ha convertido en una especie de pastiche de universalismo optimista, atreviéndose a esperar que todos los hombres se salven (y de hecho sin expresar la más mínima duda), débilmente combinado con unos pocos textos bíblicos.
Visto esto, los defensores de Francisco tienen razón: un funeral es un lugar para rezar por el difunto y ver la vida de Benedicto a la luz de Cristo crucificado y resucitado. Desde ese punto de vista, la liturgia funeraria -incluida la homilía- debe centrarse en Cristo y en nuestra inserción en la realidad escatológica.
Pero los profesionales de la liturgia suelen pensar en rígidas categorías de blanco y negro. Para el resto de nosotros, está claro que, aunque las homilías fúnebres no deben ser panegíricos, tampoco tienen que ser fríamente impersonales.
La homilía de Joseph Ratzinger en el funeral de San Juan Pablo II fue una homilía, no un panegírico, pero no fue para nada impersonal. Según el cardenal Czerny, el cardenal Ratzinger reflexionó “sobre la misión de un pastor, en estrecha imitación de Cristo”, pero lo hizo de un modo que también expresó cómo Cristo actuó en la vida de Karol Wojtyła/Juan Pablo II: desde el joven de veintitantos años que siguió a Cristo en el seminario en medio de la ocupación nazi y luego rusa hasta el hombre de ochenta y tantos años incapaz de hablar, que se esforzaba por bendecir a la multitud de Pascua desde la ventana del apartamento papal seis días antes de morir.
Una homilía fúnebre no tiene por qué cruzar la frontera del “panegírico” porque sea personal. La vida cristiana ofrece un lienzo común, pero Cristo, el pintor, emplea diferentes estilos artísticos en cada una de las vidas individuales. Un predicador que puede hablar de cómo el difunto trató de vivir cristianamente no lo está elogiando, sino participando en un tipo de discernimiento que reconoce que la vida cristiana no se vive en abstracto, sino a través de las circunstancias existenciales de una vida. Esto no debería ser especialmente difícil en el caso de alguien que vivió esa vida públicamente, como Papa.
Tras el Concilio Vaticano II persiste la idea de que el minimalismo es la forma más “auténtica” de celebrar la liturgia y de honrar a Dios y al hombre. Ésta sigue siendo una de las principales razones por las que en las iglesias contemporáneas se da más importancia a la función que a la belleza y por las que dar importancia a las cuestiones de culto no se ve como generosidad, sino como una especie de despilfarro y, por tanto, de injusticia (olvidando que la religión es una parte esencial de la justicia). Uno sospecha que esa actitud tuvo cierto peso en la configuración del funeral sin precedentes de un Papa emérito.